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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Comunicando la buena noticia

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 5 de marzo de 2009, 11:11 h (CET)
A Daniel Pennac, el escritor francés se le pregunta: “¿Habla usted con Dios?” La respuesta: “Eso es cosa mía, pero le explicaré la razón de mi silencio: la respuesta a esta pregunta, en la historia de la humanidad, ha provocado demasiadas muertes. Por esto no respondo nunca a esta pregunta”.

Pennac es una muestra de la multitud que no quiere hablar de Dios porque la fe debe mantenerse en el ámbito de la privacidad. A esta postura, el escritor francés le añade un detalle a tener en cuenta: Dios ha sido el culpable de haberse derramado mucha sangre. No puede negarse que en su nombre se haya vertido y se seguirá haciéndolo, mucha sangre. Esto no es motivo para que uno decida entrar en el numeroso partido de los enmordazados voluntarios.

Dios ha hablado por medio de los profetas y los apóstoles con el propósito de comunicar su mensaje de salvación. Este hablar lo sigue haciendo gracias a la Palabra escrita, al lector que es iluminado por el Espíritu Santo para que pueda entenderla. Pero la máxima expresión de su hablar Dios lo ha hecho por su Hijo que manifiesta al hombre el auténtico carácter de Dios: “El que me ha visto a mí (Jesús), ha visto al Padre” (Juan,14:9). Dios, desde el inicio de la Historia ha hablado al hombre. Nunca lo ha dejado en la ignorancia de lo que necesita saber para que le desaparezca la incógnita existencial que tanta angustia produce. “Pues la Escritura dice: Todo aquel que en Él creyere no será avergonzado……Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, se salvará” (Romanos,10:11,13). Ahora llega la declaración que invalida el silencio que invoca Daniel Pennac: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y como creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas noticias!” (Romanos, 10:14,15).

Se ha fijado el lector en: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas noticias!” ¿Debe silenciarse la buena noticia de que Dios quiere salvar al hombre no matando personas indiscriminadamente, sino al precio de su Hijo muriendo en la cruz?

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