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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

La causa por la que me llamo Pepe

José García Pérez
martes, 15 de marzo de 2016, 01:06 h (CET)
No me negarán que la política se está poniendo pesada al máximo por aquello de que la ya famosa pareja, Pedro y Albert, parece atada y bien atada por el Pacto de El Abrazo; y ello a pesar, les agrade o no, que el citado pacto haya sido rechazado en dos ocasiones por una gran mayoría del Congreso durante las dos sesiones de investidura. En fin, que uno tiene que ir buscando temas extraños a la política para ir rellenando de palabras estos insulsos “copos” hasta que llegue la Semana Mayor, la del ajusticiamiento del “nacido en Belén”.

Ciertamente que hoy podría escribir sobre toros bravos y toreros de raza, de naturales y pases de pecho, de medias verónicas y derechazos, de banderillas, estocadas y puntillazos; mas si esto hiciera saliendo en defensa de la fiesta del toro sería humillado por los antitaurinos como persona cruel e inhumana, por lo que, tras recoger capote y muleta, me encamino al ruedo familiar para intentar explicar la causa por la que los hombres me conocen por Pepe, las mujeres por José y las enamoradas, que las tuve, por Jóse, forma cursi de hacerlo pero que me encanta tanto como “Oh capitán, mi capitán”.

La señora Antonia, mi madre, tenía una hermana de nombre Virtudes que estaba casada con mi tío Pepe, brigada guarnicionero. Ambas hermanas dieron a este mundo cuatro hijos e hijas por cabeza y útero; los dos primeros murieron con un añito de edad, Antonio se llamaba el que pudo ser mi hermanito mayor al que nunca conocí, aunque una fotografía de él, con la pindolilla al aire, se encontraba en la entrada de la “casa verde”.

Mi tía Virtudes paría tres meses antes que mi hermana, de manera que nuestros primos nos llevaban noventa días de vida cuando nosotros, Fernando, Pepe y Nati ocupamos un lugar en este valle de lágrimas.

Mi tía parió un hijo al que bautizaron con el nombre de Pepe por aquello del brigada guarnicionero, en ese tiempo mi hermanillo Fernando gozaba de una triada de años y mi madre estaba embarazada de seis meses del que suscribe, con cierta vergüenza, este copo. Fernando, mi frater, más pesado que nadie, le decía a mi madre que él quería un Pepe como el de la tía Virtudes y, justamente, al nacer yo, la señora Antonia le dio ese gustazo a mi hermano del alma.

Es por eso que acudo al nombre de Pepe no por el brigada guarnicionero sino por el capricho de mi hermano Fernando que, listo él con tres añillos, se olió que yo siempre, salvo en muy contadas ocasiones, pasaría mi existencia en función de los demás.

Y en ello estoy y seguiré hasta que me encuentre con él en el paraíso de lo ignoto.
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