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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

A cara de perro, de espalda al ciudadano

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 2 de marzo de 2009, 04:45 h (CET)
Uno, en su ignorancia, se pregunta el porqué, en España, además de las elecciones legislativas de cada cuatro años, tienen que celebrarse otras elecciones para proveer de equipos de gobierno a determinadas autonomías; cuando todo se podría hacer al mismo tiempo, sin que por ello los ciudadanos dejaran de expresarse libremente y pudieran elegir, para la nación y para su comunidad, a aquellas personas que estimasen que mejor les pudieran representar, tanto en el gobierno de la nación como en el de su respectiva comunidad autonómica. Si hay algo en lo que , hoy en día, creo que existe unanimidad, es en la necesidad de que sea revisada la Ley Electoral. Es posible y, debo reconocerlo así, que entre aquellos grupos que han conseguido sacar tajada del sistema actual se produjeran algunas objeciones, se reviraran contra la posible pérdida de sus prerrogativas e intentasen demostrar su disgusto con algunas algaradas pasajeras y con algunos que otros actos vandálicos, de aquellos que, por cierto, ya nos dieron muestras en etapas anteriores de nuestra historia.

Nada comparable al coste que ha tenido para España, los españoles y las autonomías; la catástrofe que se ha derivado de los problemas planteados por emergentes nacionalismos y reivindicaciones separatistas; la situación que se ha creado, a causa de ellos, en toda la nación cuando se ha dado la circunstancia de que, partidos minoritarios, grupos de presión con apenas unos centenares de miles de votantes, en virtud de la actual Ley Electoral, han pasado a convertirse en los verdaderos dirigentes del país, haciendo valer sus pocos, pero determinantes escaños, para chantajear al Gobierno Central y obtener de él concesiones, traspasos de competencias y financiaciones especiales, con lo que, el principio de igualdad y solidaridad establecido en nuestra Constitución de 1978, ha quedado reducido a mera prosa sin efecto, para escarnio de aquellos que deberían haber expresado su oposición y que, sin embargo, han permanecido callados permitiendo que su silencio avalara la comisión de semejantes atropellos.

Prescindiendo del coste material que comporta el que, en lugar de unas solas elecciones, se tengan que celebrar varias de ellas ( coste que, a los españoles, nos gustaría conocer pero que siempre se nos ha venido hurtando), lo que es evidente es que, independientemente del desgaste que se produce en cada uno de los distintos partidos políticos que toman parte en la lid electoral – ninguno de ellos se libra de que, con razón o sin ella, se les imputen todo tipo de ilegalidades, irregularidades, omisiones y descalificaciones personales que, en la mayoría de ocasiones, sólo cuajan en detrimento del honor de los imputados que, sean o no inocentes, los juicios paralelos emitidos por la ciudadanía ya los dejan condenados antes de que,la autoridad competente, pueda dictar sentencia – tienen un componente añadido en las especiales tensiones que se producen entre la ciudadanía que no se dan, por cierto, en los periodos inter–electorales. Los ciudadanos de a pie no podemos entender que, apenas terminada una campaña electoral para unos determinados comicios, sin solución de continuidad, se comience otra en la que los mismos participantes se dicen las mismas cosas, se afean mutuamente sus mutuas conductas y piden que se les refrende, nuevamente, en los puestos que vienen ocupando o, por el contrario, desde la oposición, se les reclama que cambien de opinión para descabalgar, a quienes las ocupan, de sus poltronas.

Estamos hartos de que nos prometan cosas, que se nos ofrezcan soluciones, que se nos trate como a idiotas consumados, que se nos engañe como a niños y que se nos maneje como a un hatajo de corderos, por quienes han conseguido hacerse con el poder y, desde aquel momento, en lugar de gobernar como es su obligación, se dedican en cuerpo y alma a aposentarse en la mamandurria que les proporciona su puesto y, en consecuencia, en dedicarse a poner de chupa de domine a la oposición como si, por el hecho de no haber ganado las elecciones, nada de lo que digan o propongan sea válido ni sea de interés para la ciudadanía. Pero emplearse en gobernar la nación, nada de nada.

Estamos en plena crisis. España sufre, más que muchas otras naciones, los efectos de la recesión, venga de donde venga, y de lo que, verdaderamente, se trata es de buscar soluciones inteligentes para que esta sangría de parados, que cada día va creciendo más, deje de producirse y las empresas puedan cambiar el signo de sus cuentas de beneficios para, así, crear puestos en lugar de destruirlos. El que, mientras la gente está preocupada por su porvenir inmediato, mientras haya personas que se han quedado sin ninguna retribución y los comedores públicos (muchos de la Iglesia, por cierto, para que luego digan que no llevan a cabo una labor social ejemplar y abnegada) estén saturados de gente, pobres vergonzantes, a los que, lo que reciben de sus pensiones no les basta para atender sus compromisos; el hecho, inoportuno y descabellado, de que los políticos dejen el timón de la nave en manos de los grumetes para dedicarse a duelos verbales para ver cual es el más listo o el más simpático o el que más ofrece o el que mejor camela; es algo que, a la vista del pueblo llano, preocupado por sus urgencias inmediatas e inaplazables, le causa un sentimiento de estupefacción y desconfianza que hace que, como ya nos ha ocurrido a la mayoría de nosotros, consideremos que, sean quienes sean los vayan a ocupar la poltrona del poder, actuarán del mismo modo y pecarán de los mismos defectos que, por desgracia, siempre suelen ser la tendencia innata de los políticos, o sea, asegurarse su porvenir antes que preocuparse por las necesidades y apuros de aquellos a quienes representan.

Insisto, es urgente que, sea quien sea que gobierne, se acometa una inmediata reforma de la Ley Electoral, velando para que la voluntad popular llegue, desde los tramos más bajos de la pirámide social, a materializarse en aquellos que, en definitiva, están destinados a ocupar el vértice del mando; arbitrándose normas sensatas por las que, quienes han obtenido una mayoría clara de votos ciudadanos sean los que gobiernen y que sea imposible que, estas coaliciones contra natura que se están produciendo en la actualidad – para desposeer, a quienes se lo merecen, del gobierno de la nación o de las comunidades autónomas –; sean algo que ha pasado, por absurdo y antidemocrático, a la papelera de la historia.

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