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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

“Busco una escritura correcta para que la gente la lea fácilmente”

Pablo Sebastiá, escritor
Redacción
sábado, 18 de abril de 2009, 11:13 h (CET)
Escritor diurno, matutino los fines de semana y vespertino los laborables, sesión continua. No hay tregua: trabajo intensivo, sistemático, espartano. Rodeado de un silencio "sepulcral", su despacho es testigo, mudo pero solidario, de su doble vida: el marketing y la ficción, el mundo real y el imaginario, la profesión y el anhelo. Todo ello reunido en una misma persona: Pablo Sebastiá Tirado (Castellón, 1973), que rebosa energía creadora, comunicativa y literaria por cada uno de sus poros y se asoma a la República de las Letras con chaqueta, camisa, corbata, barba y sonrisa sincera, dispuesto a sacrificarse para abrir un hueco suficiente para sus obras. Una novela le ocupa entre ocho y diez meses de trabajo y ya tiene tres en el mercado: ‘El jardín de los locos’, ‘El último proyecto del Doctor Broch’ y ‘La Agenda Bermeta’. Cuando no escribe narrativa, se ejercita con otros géneros: artículos para prensa, radio o su propia web. El caso es darle a la tecla. La cafetería del hotel Astoria de Valencia, lugar al que tuvo la gentileza de desplazarse, fue testigo una vez más de una conversación literaria. Éstas fueron mis preguntas y sus respuestas.




Pablo Sebastiá.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

¿Qué hace un profesor de la Escuela de Negocios metido a escritor?

Como todo el mundo — risas — yo tengo dos vidas: la profesional y la literaria. Mi gran deseo es que en el futuro las dos sean la misma, o sea, poder vivir de lo que escribo. Pero hoy por hoy todavía no es el caso. De momento, pago los recibos con lo que estudié en su día: negocios, finanzas, comunicación...

¿Desde cuándo arranca tu vocación escritora?

Desde siempre. Recuerdo que de pequeño recortaba las hojas de una libreta, las grapaba y escribía en ellas historias de piratas. Mis padres hacían como que las leían y les ilusionaban y ahí quedó la cosa. Escribí también relatos en el colegio hasta que en 1991, cuando entré en la universidad, dejé de hacerlo. Mucho tiempo después, un día le enseñé un breve ensayo a mi mujer, mi novia entonces, diciéndole que ojalá aquello fuera un escrito de doscientas páginas. Y ella me respondió: "pues conviértelo en ese escrito". Y así comenzó todo, porque aquel ensayo derivó en mi primera novela, ‘El concierto de los mentirosos’, que no ha visto la luz ni tampoco la verá. Más adelante escribí ‘El jardín de los locos’. La envié a varias editoriales y productoras y una de ellas me recomendó a Ellago Editores de Castellón, que no la publicó pero se comprometió a editar la siguiente que escribiese. Y así fue como surgió ‘El último proyecto del Doctor Broch’, mi primera novela que, en realidad, es la tercera que escribí. Eso fue en el 2007 y un año después, apareció mi última obra, ‘La agenda Bermeta’.

Pablo, ¿tienes agente literario?

Sí. Para conseguirlo envié mi novela a cinco agentes. Dos me la devolvieron, pero los otros tres me llamaron y el pasado mes de agosto firmé con Guillermo Schavelzon... Mi nueva obra, la que estoy escribiendo ahora, se la entregaré a él para que la mueva por donde estime conveniente.

¿Por qué te has decantado por la ficción y no por el ensayo que, a priori, parece estar más vinculado con tu trabajo actual?

Supongo que es por la ilusión y porque siempre me gustó contar mis propias historias. El ensayo queda demasiado cerca de mi profesión, mientras que en una novela mi imaginación vuela y me siento mucho más libre.

Pablo Sebastiá no deja nunca de escribir. Hay como un tiempo para la ficción y otro para el ensayo y los medios de comunicación, ¿no está excesivamente programado tu trabajo?

Sí, es un sistema muy germánico, pero si no lo tengo todo muy estructurado me resulta más difícil escribir.

Has tocado también el relato breve, ¿dónde te mueves más a gusto, en distancias largas o cortas?

En las largas sin duda, porque te permiten construir mucho mejor a los personajes y recrearte en las anécdotas que te hacen reír o asustar. El corto es un género mucho más complicado y con menos mercado.

¿Cuáles son tus escritores favoritos?

Mi preferido es Tom Sharpe, justamente un escritor que no tiene nada de policial y que, en ocasiones, me pone un poco nervioso. También me gustan Arthur C. Clarke o Boris Vian y, en el terreno de lo breve, Quim Monzó. Pero con los escritores me ocurre algo curioso y es que, a medida que voy escribiendo, algunos autores que antes me chiflaban ahora me gustan menos. Estoy en un momento en que lo que siempre me atrajo no me satisface, y eso me preocupa un poco porque cuando empecé a escribir precisamente mi meta eran estos autores. Quizá sea debido a que antes accedía a sus obras como puro lector y ahora lo veo todo con los ojos del escritor.

¿Hay que atrapar al lector desde la primera página o poco a poco?

En ‘La Agenda Bermeta’ intente atraparlo desde las primeras cinco páginas y en ‘El último grado’ me lo he tomado con más calma, pero creo que terminaré variándolo, aunque eso tiene el riesgo de que la primera página sea tan buena que el resto de la obra no alcance el mismo nivel.

‘La Agenda Bermeta’ es un thriller sin duda, donde las subtramas se concatenan una tras otra, ¿te interesa especialmente este género?

No, no, me interesan prácticamente todos los géneros. ‘El último grado’, que es la que estoy escribiendo ahora, aunque tiene un punto de acción, se encuentra mucho más cerca de la Ciencia Ficción, que del thriller, aunque no llega a ser Ciencia Ficción pura, un género particularmente difícil y que exige unos conocimientos muy especializados.

¿La novela está basada en hechos reales?

Todo lo que se refiere al coltán son hechos reales. El resto es puro trabajo de investigación al que se incorpora la parte de ficción.

En ‘La Agenda Bermeta’, Jon Beotegui, el mejor agente del espionaje español, es vasco, un buen golpe, ¿no?

Beotegui es un agente tremendo del CNI, un monstruo, una bestia parda. Me pareció una buena ironía introducir un agente vasco en el CNI español.

Vamos, Pablo, confiesa que, como Jaime Bermeta, tú también tienes un compinche en el CNI.

¿Yo? ¿En el CNI? – risas y sorpresa – No, no, qué va. Toda la información la he extraído de Internet, que para eso está. Mi novela es producto de la imaginación y de la investigación ‘on line’. Es alucinante los sitios a los que accedes a través de la red sin filtro de ningún tipo. He llegado a encontrar fotografías de cómo es el CNI por dentro.

¿El CNI es tan efectivo como lo pintas en tu obra?

Cuando lees una novela de los servicios secretos de Francia, de Inglaterra o de Israel te encuentras con la inteligencia de un país y sabes perfectamente que son profesionales. Sin embargo, cuando hablamos de los servicios secretos italianos o españoles, todo el mundo se va a Mussolini o a Franco. Y ha llovido mucho desde entonces. Nuestros servicios secretos actuales no pueden ser como los de los años setenta, ni los de la película ‘Lobo’, ni nada por el estilo. Vivimos otro mundo. Si somos capaces de trasladar soldados a Palestina, al Congo o a Serbia es porque tenemos que estar mínimamente preparados para ello y todo lo que he investigado sobre el CNI, me transmite sensaciones de una enorme profesionalidad.

¿Existen agentes libres que trabajan para los servicios secretos de cualquier país?

Sí, es una práctica común de todos ellos. Los espías, hasta la caída del muro de Berlín, trabajaban por dinero, pero ese dinero lo ponía una ideología, un partido político, un gobierno. Ahora se sigue trabajando igual, pero como la ideología se ha homogeneizado, el dinero lo proporcionan las empresas. El mundo ha cambiado por completo en ese sentido. Hay grandes empresas con gran capacidad de inversión, que tienen a los servicios secretos de su país trabajando para ellos, que velan por sus intereses y les da igual pagar a cualquier agente, no importa su nacionalidad.

¿Cómo te organizas para que la acción sea tan trepidante y los personajes caigan en una trampa tras otra?

Una buena novela tiene que ser como una buena película. Cuando tiene calidad, los ojos se te ponen como platos con la música y los créditos iniciales y al terminar dices ¿por qué se ha acabado tan pronto? Sin embargo, en una mala película bostezas mucho. Pues con las novelas ocurre igual. Escribo por pasajes y trato que cada tramo acabe en un pico y que el siguiente comience por un valle. Son subidas y bajadas, como dientes de sierra. Es una estrategia como otra cualquiera.

No hay lugar para las florituras en tu prosa, ¿te interesa más el fondo que la forma?

Sí, sí, busco una escritura correcta para que la gente la lea fácilmente. No necesito frases de tres líneas, siempre utilizo el mismo esquema: sujeto, verbo, predicado y punto y volvemos a comenzar. Cuanto más sencillo mejor.

En un momento dado, ‘La Agenda Bermeta’ desarrolla una persecución junto a tu propia casa, ¿tu tierra te resulta un territorio literario creíble?

Claro que sí, eso puede pasar en cualquier parte. Ubiqué esa escena en Benicàssim porque es zona tranquila. Si la hubiera colocado en Marbella o en Galicia hubiera pasado desapercibida, porque allí suceden muchas cosas, mientras que en Benicàssim nunca pasa nada. Y, además, me hacía ilusión ver a la protagonista junto a mi casa.

Aunque ‘La Agenda Bermeta’ no sea específicamente género negro, ¿la novela negra atraviesa un buen momento en España?

Si la comparas con otros géneros, yo creo que no, porque la novela histórica es la que más vende y con diferencia. Analizada por sí misma, la novela negra desde luego sí vive un buen momento.

Concluimos, Pablo, ¿tú ves ‘La Agenda Bermeta’ llevada al cine?

Sí que la veo y no me importaría participar en su guión, aunque de momento nadie me ha hecho ninguna proposición. Claro que ‘La Agenda Bermeta’ no ha llegado a todas partes y su difusión ha sido limitada. Ha tenido cierta resonancia en Galicia, Madrid y Castellón pero, por ejemplo, en Andalucía, no se ha distribuido. Francisco Villegas, el editor de Ellago, se ha movido mucho y estoy muy satisfecho con su trabajo. Donde sí ha tenido una buena repercusión es en Internet. Yo diría que un veinticinco por ciento de las ventas se ha producido en la red. Lo cual es mucho.

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