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La maza frente al hacha y la serpiente

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 1 de marzo de 2009, 09:09 h (CET)
No cabe duda de que Emilio Gutiérrez hizo algo más que desahogar sus iras contra una tasca cerrada, una “taberna del pueblo” en lengua vasca. Durante muchos años, los crímenes –“actos violentos”, eufemísticamente- de los etarras, se han soportado con lágrimas e ira contenida y, todo lo más, con palabras musitadas en voz baja, pero nunca han experimentado algo tan humano como es el “desahogo”. Se han padecido ejemplarmente, y, es para pensar que, para asombro del mundo entero, sin exageración.

Desde ciudadanos de a pie que pasaban por allí, hasta generales del ejército con mando en plaza, incluido un presidente de gobierno, todos han sido víctimas, y no se trata de hacer una loa de las víctimas del terrorismo, que el tema ya ha sido suficientemente esparcido y públicamente reconocido como para que España entera se haya solidarizado e identificado con todas ellas. Sin embargo, las iras siempre se han contenido. Echando la vista atrás, sólo se recuerdan algunos miles de manos pintadas de blanco, y gritando, o mudas, ¡Basta ya!. ¿Qué pueblo en el globo, en toda la Aldea Mundial, puede presentar una ejecutoria equivalente?

Ante esta realidad, caben las preguntas: ¿es España el país más civilizado del orbe terráqueo, capaz de resistir este goteo de crímenes de manera impávida? ¿es el más ejemplarmente cristiano en lo de poner una mejilla, en lugar de seguir la máxima judaica del “ojo por ojo”? Es de temer que las respuestas no son fáciles, y, muy posiblemente, tan sólo con una sincera encuesta se obtendría un resultado que, seguro, daría mucho que pensar.

Buena prueba de ello la tenemos al contemplar la diferente reacción ante la “hazaña” de Emilio y su maza. Desde el Presidente del Gobierno hasta, posiblemente, el último afiliado o simpatizante del partido socialista, el rechazo a su “desahogo” ha sido rotundo. ¡Aquí no se toma nadie la justicia por su mano!... y, de hecho, Emilio ya ha sido castigado. Cerca de una docena de pintorescos agentes regionales lo rodearon, exhibieron su rostro ante las cámaras –cosa que ellos nunca hacen-, lo esposaron, y pusieron a buen recaudo adelantando los años de condena que podían caerle. Visto para sentencia. En cambio, la opinión pública, los comentarios a pie de calle, se han puesto claramente a su favor, la comprensión hacia su gesto ha sido manifiesta. Cualquiera se ha puesto en su lugar.

La “maza” de Emilio es el primer gesto contundente contra el hacha y la serpiente que tantos españoles conocen con terror como símbolo del anagrama de ETA. Es un hombre que se quitó el miedo, como lo perdieron aquellos agentes de la policía vasca el día en que el pueblo se puso en contra de los que habían asesinado a Miguel Ángel Blanco en Ermua, y sintiéndose respaldados, hasta se despojaron de los pasamontañas. Aquel día todo el pueblo perdió el miedo, aunque por poco tiempo. Sólo son dos gestos.

La fuerza de la maza, es evidente que simboliza la fuerza bruta, digamos, también, que a la coz. La reacción del noble bruto ante el picotazo del tábano. Si lo han calificado como enajenación no es justo el tratamiento recibido exponiendo su imagen públicamente a la venganza, y esa si que no será propia de airados, sino de fríos asesinos que le harán pagar su “culpa”. El miedo, incluso del Presidente y las fuerzas del orden del gobierno autónomo vasco, les ha hecho ser delatores.

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