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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Cuevas granadinas del Sacromonte

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 1 de marzo de 2009, 09:09 h (CET)
Decidimos subir a las Cuevas del Sacromonte, sin saber que era un día emblemático para ese lugar, era el día en el que se organizaba una gran romería por San Cecilio, Patrón de Granada, lástima que la lluvia desluciera las típicas viandas que en ese día se regala el paladar y el pueblo que sube hasta las cuevas, viandas como “salaíllas” o tortas “jayuyas”, habas y bacalao, aunque el guía del Museo de las Cuevas del Sacromonte nos dijo que también se iba a preparar una paella gigante para todo el que subiera por el Paseo de los Tristes, al borde del Río Darro, siguiendo por el camino del Monte y el Barranco de los Negros.

Ya en la cuesta pudimos escuchar cantos flamencos y niños que jugaban a la luz de la tarde antes de que se escondiera el sol, nos recordó la niñez y los días de juego, porque para jugar con los amigos no importaba el frío, la lluvia o la humedad. En el Sacromonte los turistas y visitantes suelen llegar andando, la estrechez de sus calles no permite ni aconseja que se suba en automóvil por lo que la paz, también la de la infancia, queda resguardada. Era como retraerse hasta varias décadas de sonidos infantiles y juegos apenas olvidados.

Ya en el Museo de las Cuevas, el rojo escenario instalado en invierno nos daba una idea del arte que sería capaz de dar en el verano, y así fue como nos enteramos que el típico flamenco era el rey del lugar, como no podía ser menos, pero también cine andaluz y español, y recitales de poesía y conciertos musicales de distinto género.

Antes de visitar a las cuevas-museo disfrutamos de las vistas de la otra Alhambra, la que se ve desde el Sacromonte, una vista muy distinta a la que estamos acostumbrados y muy especial, era la visión de la vieja ciudad de los pobres y desfavorecidos, y por supuesto no nos olvidamos de las estupendas vistas de la ciudad de Granada. Pero el paseo fue más que agradecido, pues todo el entorno se adorna con plantas y flores mediterráneas, lo que convierte al paraje en una ruta botánica adicional que complementa al museo etnográfico.

La estrechez de las cuevas sorprende, no es fácil imaginar como familias enteras podrían vivir así con esas condiciones de habitabilidad, estaban ocupadas por gitanos, exesclavos y nómadas, pobres todos que hacían la vida al aire libre, y que pese a ser casas muy pobres, las cuevas tendrían una peculiaridad, tenían una temperatura muy agradable tanto en verano como en invierno.

Hay varias cuevas-viviendas recreadas con mobiliario y enseres de la época, difícil instalar una cama y llegar a dormir hasta ella. También una cueva-cuadra: recreada con aperos de labranza. Una cueva-cocina con utensilios antiguos. Las blancas cuevas enjalbegadas, hoy en el siglo XXI hasta con luz eléctrica, nos dan una idea de cuevas de enanitos de cuento, aunque bien sabemos que las famosas cuevas del Sacromonte no son ninguna fantasía y que están ahí desde los siglos de los siglos. Concretamente desde el siglo XVI cuando los musulmanes y judiós son expulsados de sus viviendas hasta los extramuros y se unen a los gitanos. En su interior, indicios hay que estaban destinadas a vivir y a trabajar en esos pequeños habitáculos, pudimos ver la cueva-taller de cestería, la cueva- taller de fragua, o la cueva-taller de cerámica, o la cueva-telar, o la cueva- taller de grabado.

Son cuevas de museo de un gran valor, enclavadas en un conjunto histórico-natural que nos hacen recordar la historia y leyendas por las que se construyeron y habitaron, cuevas misteriosas las del Sacromonte en un lluvioso San Cecilio.

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