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Sangre Azul (El Club)

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
domingo, 1 de marzo de 2009, 09:09 h (CET)
Profético. Así podría tildarse la crónica con formato de novela “Sangre Azul (El Club)” que escribí en el 2000 y que lamentablemente tan poca repercusión tuvo. En ella relataba, sirviéndome de un prohombre que fue modelo social y luego había caído en desgracia, cómo la corrupción fue conquistando la sociedad hasta que aquellos polvos del principio nos han anegado de los lodos que hoy embadurnan a todas las clases del poder de miserias, trampas y chanchullos. Ahora, a la vista de esta sociedad construida sobre las tinieblas de los contratos oscuros, los favores a trasmano, los freakyes modelo-social y los nuevos ricos alumbrados en la falta de honradez, comprendo por qué fue ignorada por editoriales y críticos: no convenía.

Nada le molesta más a un padre que decirle a su hijo “¿Lo ves?...”, porque significa que éste se ha dado la gran morrada. El joven no quiso tener en cuenta la experiencia paterna, y cayó en el mismo error que posiblemente él cayera, con parecidas o peores consecuencias. Los autores —digo los autores, no los escribanos de tanto marketing y premio amañado—, en cierta forma tenemos el don de la profecía, no sólo por ser una condición natural con la que hemos nacido, sino, sobre todo, porque vemos la realidad desde una perspectiva independiente y tenemos el vicio de reparar en los sucesos y pensar sobre ellos. Los grandes hechos son colegibles por los pequeños detalles.

Entonces, cuando me animé a escribir “Sangre Azul (El Club)”, quise denunciar de un modo sencillo y coloquial la deriva que estaba conduciendo a España al despeñadero en que hoy se encuentra. “¿Lo ves?...”, digo ahora. Lo que está sucediendo con la corrupción en estos días tan ajetreados no comenzó ahora, sino cuando principiamos el camino de la democracia con un “vale todo” en el que se sacrificó la rectitud en beneficio de chanchullos y tejemanejes, algunos creían que para favorecer el establecimiento de cierto nuevo orden. Lo que se logró, sin embargo, no fue un proceso limpio, sino exactamente lo contrario: institucionalizar la corrupción. Amaneció la democracia, y cada partido que fue pasando por el poder fue colocando en la Administración a sus inútiles criaturas, a veces para controlar al Estado, y, otras veces, simplemente utilizándole como un negociete particular. Lo hizo la UCD, el PSOE y la AP primero y el PP después, allá donde fueron mandando, fueran simples ayuntamientos, Comunidades o el mismo Estado. Así se pasó de unos cientos de miles de funcionarios mal pagados a estos millones de insaciables súbditos que se beben la sangre del Erario.

La andadura que principiara con Aceites de Colza, Lookeeds, Flicks y Cortes Ingleses de la Defensa, ante la inoperancia, impotencia o incapacidad del castigo ejemplar de jueces, que probablemente estaban en la nómina de vaya usted a saber qué poderes, derivó enseguida en tan insoportables como tétricos años de bolsas de basura atestadas de billetes de curso legal, comisiones bajo cuerda por obras públicas, untes de guardas por licitaciones o información privilegiada, leyes a la medida, Times Sports, Kios, Altos Hornos del Mediterráneo, ventas de empresas bandera, Filesas, etcétera, etcétera, al mismo tiempo que comenzaban a arribar como cortina de humo que cegara las entendederas de Juan Pueblo la patética Movida, los freakyes televisivos, los realities shows y toda ese residuo excrementicio de literatura, cine y espectáculo que nos ha asolado y nos asola, y llegando por fin, en la precúspide de la locura, a bodas delirantes, soberbias filopatológicas, amoblamientos peliculeros, gastos de próceres en plan Onasis y este mangoneo generalizado que no deja Institución impoluta ni político con credibilidad. Incluso se dilapidaron cien años de honradez para seguir en la trampa, hasta sumergir a España en la cloaca en la que nos encontramos. Nada ni nadie quedó a salvo, y la corrupción, lejos de atenuarse, se fue institucionalizando, probablemente porque los mismos poderes estaban al servicio de intereses espúreos: lobys, grandes empresas que compraban voluntades a golpe de talonario, etcétera, que ha generado esta España de reyes de taifas que habitan superchalés y manejan coches de blindados de importación, servidos por hombres y mujeres que son poco más que esclavos: Juan Pueblo.

No; no me extraña en absoluto que se le diera tan poca difusión a esa crónica-novela. Ni era ni es políticamente correcta, porque descubre nuestras fealdades y el proceso de degeneración que hemos seguido para llegar adonde estamos; pero sigue siendo vigente en todos sus extremos, y más pronto que tarde alguien reparará en que merece la pena rescatarla y devolverla a los anaqueles en que debió estar mucho más tiempo, porque o nos regeneramos, o nos comen los gusanos. La carne podrida es azul. Sé que es un viaje a la realidad en crudo, una excursión a la verdad extremadamente dolorosa; la verdad siempre duele porque no es complaciente. Es un espejo que nos reflejaba tal cual somos y en el que se descubre el verdadero funcionamiento de la sociedad y el propósito último de ciertos personajes y ciertos poderes. Nada sólo de ayer, sino de ayer y de hoy y, lo que es peor, de mañana, si es que no detenemos ya y para siempre este despelote. No; la corrupción que hoy llena las páginas de los diarios no comenzó hace un rato, sino hace treinta años. Y lo peor es que criaturas azules y agusanadas son los acusadores de otras criaturas azules y agusanadas. Pongan el ayer sobre el hoy, y verán como el dibujo es clavadito: calcado. Vivir para ver: “¿Lo ves?...”

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