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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

A vueltas con el feminismo ridículo y contraproducente

“La lucha por los derechos de la mujer a menudo se convierte en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo que puedo decir con certeza es que esto tiene que parar.” Emma Watson
Miguel Massanet
miércoles, 9 de marzo de 2016, 08:39 h (CET)
Lo cierto es que hay mujeres que piensan que progresismo es feminismo y también que pasarse la vida reivindicando más derechos para las mujeres, es un signo evidente de su compromiso con la causa feminista y un modo específico de colocar al hombre por debajo de su nivel, en esta sociedad variante y algo dislocada en la que nos ha tocado vivir. A menudo, como suele suceder cuando las cosas se llevan a sus extremos, lo que sucede es que los métodos usados para reivindicar, aunque sean las causas más justas, pecan de desproporción, de falta de oportunidad, de malos planteamientos, de convertir la exigencia de igualdad de género en un ataque frontal, desmedido, injusto y violento en contra del género contrario, en este caso: el hombre. Claro que, como suele suceder con quienes encabezan determinadas reivindicaciones, el entrar en la exageración, el pretender desmontar de una tacada toda la cultura de muchos siglos y el exagerar las pretensiones de cambio, puede llegar a ser más que una demanda reivindicativa justa, una verdadera aberración, una absurda patochada o la más ridícula forma de meter la pata que, evidentemente, la sociedad no puede avalar.

Es posible que, en los últimos cincuenta años, se haya hecho más que en todos los siglos precedentes a favor de las mujeres. Incluso se ha llegado a implantar medidas de, la mal llamada, “discriminación positiva” por la que, en determinadas competiciones, en oposiciones para puestos de funcionario o en acceso a cargos ( políticos por ejemplo) se les ha concedido un plus o, lo que todavía resulta más incomprensible, si lo que se quiere es equiparar a mujeres y hombres, no por su sexo sino por sus calidades, su preparación, su aptitud para el trabajo y su inteligencia, se ha llegado a legislar para que por ser mujer se les concediera un plus, una puntuación adicional o medidas de paridad, por las que forzosamente se han de cubrir las vacantes que se pretendan ocupar con el mismo número de mujeres que de hombres aunque, en este caso, la paridad obligue a incluir a personas menos capacitadas, por el simple hecho de su sexo femenino. Algo que, curiosamente, resulta contradictorio con lo establecido en nuestra Constitución en su Art. 14, que impide discriminación alguna, entre otras razones, por causa del sexo de las personas.

Es evidente que, el giro experimentado por nuestra sociedad, la implantación de la filosofía relativista como norma de conducta de las nuevas generaciones, el auge de nuevas formas de entender las relaciones humanas, especialmente en el campo sexual, con la aceptación, potenciación e inclusión como formas normales de actividades sexuales permitidas, tanto la homosexualidad como el lesbianismo, con la aceptación de matrimonios gay y lesbianos y la posibilidad de que adopten hijos; estableciendo un choque frontal con las doctrinas que han estado vigentes durante siglos derivadas del cristianismo y el propio derecho romano, han contribuido a potenciar una nueva forma de feminismo, basado en la independencia sexual de la mujer del hombre, en ocasiones sustituida por una relación lésbica y en otras fundamentada en una especie de odio hacia el sexo contrario, al que se culpa de haber tenido a las mujeres sojuzgadas y postergadas durante siglos.

Por raro que pueda parecer, en este juego, también han entrado hombres, los sumisos que encuentran en su sometimiento al llamado “sexo débil” la forma de dar suelta a sus desviaciones sexuales, a modo de pasarse al bando feminista para practicar un tipo de humillación o sometimiento en el que algunos, a los que podríamos calificar como masoquistas, se encuentran cómodos y realizados en sus desviaciones sexuales. Claro que, el feminismo, tiene una contrapartida en aquellas mujeres que han optado por seguir utilizando sus atributos femeninos para conseguir triunfar en la vida. No es que renuncien al avance de las mujeres, a su camino hacia la emancipación y a la superación de sus limitaciones por el hecho de ser hembras; simplemente es que han decidido que, usando sus atributos femeninos con inteligencia, valiéndose de la debilidad de los hombres ante el sexo débil, se puede conseguir, con más eficiencia y rapidez, situarse en una situación privilegiada que les permita afrontar la vida desde una perspectiva más agradable y fructífera sin que, para ello, hayan de pasar por los métodos reivindicativos, forzosamente más lentos y, en ocasiones, menos lucrativos y compensatorios que los esgrimidos para aquellas.

Tampoco se puede decir que, por ahora, los ejemplos de las mujeres que han militado en el llamado progresismo feminista, nos hayan servido para adquirir confianza en lo que pudieran ser sus virtudes que las diferenciaran de sus oponentes los hombres. Ejemplos como los de Manuela Carmena, Ada Colau, Anna Gabriel o la misma señora Vilatoro, del PP, Celia Mayer de Podemos (la de los titiriteros de la ETA,) incluyendo a la stripper de la capilla de la universidad, portavoz del Ejecutivo madrileño, Rita Maestre; no son precisamente los que nos motivarían para que optáramos para depositar nuestra confianza y nuestros votos para que ocuparan puestos de responsabilidad ni, tan siquiera, al frente de una bolera. Está probado que todavía les queda mucho camino para recorrer, a estas improvisadas políticas, para llegar a tener la experiencia, la formación, la capacidad y el savoire fair precisos para que, el pueblo, les pueda encomendar misiones de responsabilidad, como sería ponerlas al frente de una autonomía o, ya no hablemos, del gobierno de la nación.

Las mujeres han de tener las mismas opciones de los varones para que, en igualdad de condiciones (preparación, estudios, inteligencia, solvencia moral y ética, esfuerzo, condición física y demás condiciones precisas para el trabajo al que aspiren), puedan pretender ocupar, con las mismas retribuciones, cualquier trabajo que se les pueda ofrecer, pero, eso sí, sin ninguna ventaja ni desventaja adicional que pudiera deberse a su condición femenina. Todo lo demás, todas las campañas en contra de los hombres, todas las preferencias que pretendan obtener o todas sus conocidas quejas por no estar a la altura de los hombres debidas a sus condiciones físicas o su especial constitución como mujer, si es que pretenden ser iguales que los del sexo contrario, han de saberlas compensar, porque lo contrario no hace más que dejar constancia de que, para determinados trabajos, no pueden alegar estar en las mismas condiciones para desempeñarlo, con el mismo rendimiento y efectividad, que sus oponentes masculinos.

Lo cierto es que, cuando se escuchan sus reivindicaciones respecto a horarios especiales, a permisos por maternidad, a trabajos que les permitan hacerlos desde casa o de las múltiples singularidades que afectan a su condición femenina, no podemos menos de pensar que lo que andan buscando son privilegios que, en el caso de los hombres ni se piden ni se les conceden. La triste experiencia es que, sean las causas que sean, las faltas al trabajo femeninas superan con creces a las de los hombres y conste que, en España, el absentismo es una de las lacras para la productividad de las empresas españolas. En la actualidad los trabajos domésticos se reparten con normalidad entre ambos miembros de la pareja, los permisos por maternidad ya los comparten ambos padres, en las empresas grandes ya existen guarderías y son muchos los municipios en los que los ayuntamientos disponen de guarderías públicas, atendidas por especialistas. No se puede insistir en pretender conservar privilegios cuando ya existen medios para evitar lo que, con anterioridad, constituían serios handicaps para las mujeres pero que, en la actualidad, el progreso y las mejoras sociales van eliminando.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, sentimos que, desde este feminismo trasnochado, beligerante, injusto en muchas ocasiones, y dominado por activistas de izquierdas, que lo utilizan como arma arrojadiza, indiscriminadamente, en contra del sexo contrario; con la evidente pretensión de descalificarlo, tensionarlo, desacreditarlo y convertirlo en enemigo natural de las mujeres, con la intención de inclinar a la opinión pública a favor de privilegios especiales para el sexo femenino, de establecer, como se viene haciendo, cuotas obligatorias en determinados puestos directivos , listas paritarias en los partidos políticos o en los mismos consejos de administración de las sociedades, cuando todo ello, no venga acompañado de las acreditaciones precisas para poder optar a tales puestos, al menos con los mismos méritos que aquellos con los que compiten para la plaza en cuestión. O esta es, señores, nuestra opinión al respecto.
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