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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Franco alcalde de Valencia

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 23 de febrero de 2009, 09:52 h (CET)
Pronto se cumplirán setenta años del final de la guerra incivil promovida por unos militares que habían jurado fidelidad a una bandera y a un Gobierno republicanos, mintieron como bellacos y se ciscaron en su honor militar, ese del que tanto presumieron durante tantos y tantos años donde el miedo y la dictadura gobernaron España. Al frente de todos ellos estuvo desde los primeros momentos aquel “comandantín”, como le llamaban familiarmente algunos de su conmilitones y la familia de los asturianos Polo, aquel general de voz aflautada, que de niños nos miraba desde la pared del aula junto al representante del fascismo y un crucifijo que nos recordaba a cada instante que el infierno estaba esperándonos a la vuelta de la esquina, fue amo y señor de estas tierras y con razón su hija, la Marquesa de Villaverde, cuando era niña se refería a España como “el cortijo de papá”.

Y aún hoy, setenta años después de aquella oprobiosa fecha la sombra del Caudillo de la Reconquista, como algunos ditirambos le motejaban por aquellos días, es alargada y todavía permanece entre nosotros. Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la gracia de Dios como decían las pesetas de la época, todavía ostenta el título de Alcalde Honorario de Valencia y tiene el honor de ostentar la Medalla de Oro de la ciudad. Justo un mes después de finalizada la guerra incivil y cuando miles de valencianos llenaban los presidios de La Modelo y San Miguel de los Reyes mientras centenares de ellos eran fusilados simplemente por sus ideas en los muros del cementerio de Paterna, el general sublevado acudió a Valencia para presidir el llamado Desfile de la Victoria. A toda prisa la comisión gestora del Ayuntamiento valenciano se reunió para en una corta sesión de nueve minutos conceder el título de Alcalde Honorario al dictador que al día siguiente fue recibido por las autoridades militares, civiles y, no podían faltar con su palio y todo, religiosas a las puertas de las Torres de Serrano donde 300 valencianas vestidas de falleras aclamaron a quien hasta el fin de sus días y durante años seguiría firmando penas de muerte para los disidentes de su régimen.

Entre las actuales filas del Partido Popular hay algunos apellidos que ya sonaban en pleno franquismo, sin ir más lejos algún que otro Manglano ha ocupado puestos importantes en las filas de la muchachada de la gaviota y el apellido Barberá es el de un periodista que fue fiel a las filas del dictador. Hoy su hija es alcaldesa de la ciudad, eso si, gracias a la democracia y a los votos, y se niega a aplicar la legislación vigente cuando se le solicita por la oposición y por algunas entidades cívicas que retire los honores que en su día se otorgaron a quien llenó España de sangre y miedo. La Ley de la Memoria Histórica en su artículo 15 obliga a las Administraciones Públicas a retirar “las menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”. Pero Doña Rita sigue erre que erre en sus trece y dice que “no quiero dedicar ni un segundo más de debate a esta cuestión”. Es de bien nacidos ser agradecidos.

Valencia que en tiempos fue capital de la República y que siempre había presumido de progresista hoy se mira en el engañoso espejo de los grandes fastos, que, por cierto, han hecho nuevos millonarios a base de comisiones, y sigue teniendo en la lista de sus Alcaldes de Honor al Dictador junto con el Jefe de Falange en 1939 Adolfo Rincón de Arellano, que también fue alcalde de la capital desde 1958 a 1969 y a la Virgen de los Desamparados. Aquí costó mucho quitar la estatua del dictador de la Plaza del Ayuntamiento, lo tuvieron que hacer unos encapuchados entre los gritos del fascismo y la ofrenda floral de alguien que posteriormente sería concejal “popular” en el ayuntamiento valenciano mientras que Milans del Bosch amenazaba con enviar un piquete de militares. Eso fue en Setiembre del 1983 pero todavía hoy quedan vestigios del franquismo, no solo en ese franquismo residual que se ampara en las alas de la gaviota, sino en las fachadas de algunos centros oficiales en las que el “aguilucho” franquista todavía aguanta el paso de los años y de la democracia.

La alcaldesa de Valencia no aplica la legislación vigente mientras se dedica a presidir procesiones, fiestas falleras y toda clase de saraos en los que lucir la vara de mando y los valencianos, muchos lo ignoran, siguen teniendo como Alcalde Honorario a un dictador cuando ni en Italia, incluso con Berlusconi al frente, ni en Alemania es posible encontrar vestigio alguno del Duce o de Hitler, y lo mismo ocurre en los antiguos feudos del comunismo donde las efigies de Stalin y Lenin pasaron a manos de los picapedreros. Pero Valencia es diferente. Franco sigue siendo alcalde de Valencia, menos mal que tan sólo lo es a titulo “honorario”, cosa extraña en alguien que hizo de su capa un sayo en materia de honor y que traicionó la bandera que había jurado defender.

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