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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Años de enamorados y regalos (y II)

Nieves Fernandez
Nieves Fernández
domingo, 22 de febrero de 2009, 11:01 h (CET)
Seguir contando años en el amor pasados los doce años y medio de las bodas de niquel, incluso después de los siete años de las bodas de lana o cobre, que es cuando químicamente dicen acaba toda pasión por intensa que sea, no parece que sea muy común en las parejas, sin embargo hay que seguir contándolos con el fin de bajar las estadísticas de rupturas y divorcios y celebrar aniversarios menos tradicionales que los ya clásicos de las bodas de plata y oro.

Por ejemplo, sería original celebrar en Almagro, patria del encaje, las bodas de encaje comprando como poco un pañuelo con un número tan supersticioso como el trece; o las bodas de ágata de los catorce; o las bodas de cristal de los quince que es un número que ya empieza a ser redondo aunque a muchos enamorados les llega con la temida crisis de los cuarenta años. Algún cristal se habrá roto en alguna relación cuando no podemos dar nombre de joya a las bodas de dieciseis o diecisiete años.

Qué decir de las bodas turquesa de los dieciocho, o de las de porcelana de los veinte años. Aunque a decir verdad se puede decir mucho más de una de las más clásicas, las de plata, de veinticinco años. En la tradición rusa, en estas bodas, la pareja se intercambia nuevos anillos pero de plata, se regalan perlas en los treinta años, ámbar en los treinta y cuatro y coral a los treinta y cinco de matrimonio.

Ignoramos el secreto que deben tener los treinta y siete años y medio o bodas de aluminio. Pero se me antoja que puede ser una gran garantía, ya que al multiplicarlo por dos nos da setenta y cinco años que es una buena esperanza amorosa de vida.

Los rubíes llegarán a las bodas de cuarenta años en común y a los cuarenta y cinco se reconocen las bodas de zafiro. A los cuarenta y seis, las bodas de lavanda. A los cuarenta y siete, las de cachemira. Y a los cuarenta y ocho años de casados llegan las bodas de amatista para llegar a las bodas de cedro, antecesoras de las bodas de oro.

Los dorados cincuenta años de matrimonio son los de más valor social ya que la pareja hace cuentas del amor de su vida cuando se acompaña de sus nietos e incluso bisnietos. A veces, se repiten los votos y promesas dados hace medio siglo, pero en cualquier caso es una celebración que se agradece en cualquier ámbito feliz y familiar pues siempre es difícil llegar a esta cifra.

Claro, que más difícil será llegar a las bodas de esmeralda de los cincuenta y cinco años, o a las de diamante de los sesenta, un buen motivo de regalo pero que muchas personas pensarán que mejor no haya que esperar a los sesenta años para recibir un diamante aunque sea de menos quilates.

Tras el diamante de gran duración y dureza, llegan las bodas de hierro de los sesenta y cinco años, sólidas ellas, o las bodas de piedra de los sesenta y siete años y medio, con suficiente solidez como para no añadirle el medio año adicional. A los setenta años, que ya es una hermosa cantidad de años unidos, llegan las llamadas bodas de gracia para agradecer esa gran cantidad de años juntos.

No me pregunten por qué pero a los setenta y cinco años llegan las bodas de la corona, como si fueran reyes, supongo que para enzarzar todas las joyas y piedras preciosas recibidas a lo largo de la vida. A los setenta y seis, las bodas de platino. Y finalmente a los ochenta años son las bodas de roble que apelan a una madera noble que hace durar a sus muebles toda la vida.

Como ven, siempre y, salvo algunas excepciones relacionadas con el medio ambiente y la naturaleza, el amor y los regalos se relacionan con las joyas, claro que también puede ser que esta lista tradicional de aniversarios se la inventara un joyero.

Con que, hagan ustedes su lista de aniversario y a regalar amor, flores, joyas y preciosas piedras que relacionen el amor con el tiempo, dos valores actualmente poco reconocidos.

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