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De Texas a Santiago

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 21 de febrero de 2009, 03:26 h (CET)
La administración regional de pequeños o grandes territorios no es, precisamente, un panorama que con el prodigioso catalejo de que dispone este columnista se distinga bien pese a la notable mejoría climatológica experimentada. En concreto, se distinguen, por su origen, de dos clase. Las primeras, son aquellas nacidas con el fin de gobernar inmensas extensiones partiendo de “cero”, es decir, teniendo que discurrir cómo arreglárselas para la producción, desarrollo y seguridad “económicas” del territorio hasta transformarlo en un auténtico y próspero país. Las segundas son las que ya “eran” país, pero, con la Administración del mismo un tanto alejada de los administrados. y con la sensación de que reproduciendo las instituciones del Estado central –desarrolladas a lo largo de siglos-, sólo que a escala reducida (o no tan reducida, ¿cómo se reduce un Audi?), redundaría en mayor prosperidad.

Enrique de Diego, desde su “Plataforma de las clases medias” ha señalado que el Estado de las autonomías Español en lugar de imitar al Estado central, según se menciona en el segundo de los ejemplos, podía haber seguido el modelo del Estado de Texas, y se habria evitado la pastosa complejidad burocrática de la España actual con sus “diecisiete” de todo. Texas tiene una extensión superior a la de España (700 x 500 mil kms. cuadrados, respectivamente), con algo más de la mitad de habitantes, y de difícil equiparación en lo demás, porque su PIB, como el del resto de EEUU, es el mayor del mundo; pero, lo que más le distingue es su sencillo modo de administrarse.

En síntesis, posee un gobernador y un vicegobernador del Estado, dos senadores y treinta representantes en las Cámaras de Washington. 31 senadores y 150 representantes de los distintos distritos del estado, que se reunen una vez cada dos años durante un par de meses, y algunas agencias permanentes en Austin, la capital. Y más nada, como quien dice. No hay lugar a comparaciones ni con el Estado español, ni con ninguna autonomía, solo es un ejemplo de como puede ser de exigua la administración de un territorio descomunal, que no es que sea ejemplar, posiblemente, en nada, salvo en el PIB, y en alguna otra cosa más, porque, por ejemplo, la pena de muerte sigue situándole, año tras año, en la vergonzosa lista de Amnistía Internacional.

Nuestras autonomías nacieron con una tara, la de imitar a escala regional al Estado central con el fin de calmar las ínfulas independentistas de las llamadas autonomía históricas, y en el “café para todos”, se generó el embrión de la deforme criatura que en los tiempos actuales da tanto que hablar, y que conlleva unos costes presupuestarios y otras clases de conflictos que oscurecen el futuro del estado de las autonomías. En las elecciones convocadas, se observa alguna situación rayana en el chascarrillo, como el deseado, pero no conseguido, intento en la televisión regional gallega de lograr un “cara a cara” entre los dos candidatos principales “al estilo” del que sostuvieron Obama y McCain (auténtico), o como los que el primero había ido teniendo con Hillary. ¿Y si se reúnen sobre un escenario, como para un concierto (con bombillas de las del Ministro), en la Plaza del Obradoiro, no sería más adecuado con arreglo a los tiempos de crisis que corren?

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