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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las piquetas de la venganza y el odio

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 21 de febrero de 2009, 03:24 h (CET)
Me imagino que sería harto difícil a estos que, con tanto ahínco, se han dedicado a implantar la ley de la Memoria Histórica en España y que, con tanta premura, tan inconscientemente y con tanto ímpetu y afán de destrucción, se han esmerado en hacer desaparecer los “símbolos del franquismo” –como si, con ello, consiguieran borrar de la bibliografía y de las hemerotecas todo el periodo de la historia de España, desde el 1 de octubre de 1934, fecha de la revolución socialista de Asturias, hasta la fecha de la muerte del general Franco en el día 20 de noviembre de 1975 –; hacerles comprender que el pretender, mediante el uso indiscriminado de la piqueta demoledora, borrar de forma interesada y con fines inconfesables todo aquel periodo del acervo histórico de los españoles (aquel en el que queda documentado lo que constituye el fracaso más sonado y rotundo de la II República y del llamado Frente Popular), en el quedó patente el estropicio de los sistemas separatistas y comunistas y su nefasta influencia sobre el ejército profesional; junto a la evidencia de que, todo el poder de la República, con la gran parte del ejército a su favor, el 90% de las armas y todo el tesoro del Banco de España en sus manos; fuese incapaz de oponerse, con éxito, a un puñado de legionarios que, en número no superior a dos mi, cruzaron el estrecho en unos frágiles barquichuelos y con la protección de un destructor, el Churruca, frente al bloqueo de la marina roja, que disponía de los mejores barcos de la escuadra y de la casi totalidad de la unidades más importantes y mejor artilladas.

Desde que el señor Zapatero, vayan ustedes a saber por qué motivo y con qué intención, decidió que se tenía que convencer a las nuevas generaciones de que la guerra civil la “ganaron los republicanos” y que la razón estaba de su parte; no han cesado los intentos de desinformación, que se han extendido desde las aulas escolares hasta la contratación de un puñado de supuestos “sabios”, escogidos de entre los más destacados componentes del socialismo europeo (muchos de ellos genuinas muestras de los casposos representantes de las brigadas internacionales, que vinieron a apoyar el comunismo en España y otros, verdaderos chamanes de las cúpulas del partido, en los desprestigiados gobiernos de izquierdas de toda Europa, con el objetivo de que vinieran a enseñarnos historia de España a los españoles; como si no hubiéramos tenido ocasión de experimentar en nuestras propias carnes las consecuencias de la guerra y la obsesión del señor Negrín, comunista rematado, en alargarla todo lo posible aunque estuviera convencido de que la tenía perdida. No podía faltar el intento de borrar toda la documentación que hiciese referencia a la Guerra Civil y de ahí vino, con toda seguridad, el expolio de la biblioteca museo de Salamanca y el traslado de los originales a la Generalitat de Barcelona donde, no hay duda, que la suerte de los documentos que incriminan a Companys y al resto de separatistas y miembros del “Comité Antifascistas”, en cuanto a la pasividad con la que consintieron las acciones de las patrullas de la CNT y la FAI en Catalunya y los crímenes que se cometieron contra personas inocentes de la derecha y del clero, es posible que acabe siendo su desaparición de los archivos para ser quemados o destruidos.

Mientras, en Catalunya, surgen voces interesadas de ERC y de otros partidos separatistas pidiendo la revisión del juicio a Companys, ignorando su intervención en la famosa declaración del “Estat Catalá” y se pretende reivindicar su figura; observen ustedes como la implacable piqueta municipal se ha empezado a cebar con el monumento levantado a don José Antonio Primo de Rivera, seguramente por identificar a este señor, fusilado ignominiosamente por las hordas de la República en la prisión de Alicante, con la dictadura del general Franco. Sería curioso preguntarles, a estos vándalos de la historia, si sabían que el hijo del general Primo de Rivera, abogado, se propuso algo que, a todas luces, parecía imposible y una utopía: la nacionalización de la izquierda española. Supongo que también ignoraran que, cuando regresó del exilio de Francia (1934) el diputado monárquico, don José Calvo Sotelo, José Antonio se negó a admitirlo en la falange. Fue José Antonio Primo de Rivera quien le anticipó a Franco los sucesos de Asturias y la consecuente revolución en Catalunya. De hecho, José Antonio dio muestras siempre de recelos sobre el enfoque que se le quería dar al alzamiento y muchos están convencidos que, de haber sobrevivido, no se hubiera entendido bien con el general Franco, debido a su distinto criterio sobre el sistema de gobierno que debería implantarse cuando se consiguiese la paz.

Pero el pueblo español es incapaz de reaccionar ante muestras tan evidentes de imposición de unas ideas que, contra viento y marea, pretenden la desaparición de cualquier tipo de símbolo que pudiera recordar esta parte de nuestra historia en la que fue derrotado el comunismo; impidiéndose con ello que, la Unión Soviética, se hiciera dueña de España, con la repercusión que para toda Europa hubiera tenido tener en su flanco sur una nación sujeta a la égida de Moscú. Es evidente que existe un intento, apoyado por una parte de nuestra ciudadanía, que pretende resucitar doctrinas que, el tiempo se ha ocupado en desacreditar, y que parece que han resurgido, con todas sus consecuencias, en naciones sudamericanas que han venido girando tradicionalmente bajo la órbita de Fidel Castro y que, tomando ejemplo del dictador cubano, se han aprovechado de la pobreza endémica de sus pobladores y de un sentimiento atávico de las razas indígenas en contra de los que ellos tachan de ser sus “explotadores”: los colonizadores hispanos y su supeditación a la economía de sus protectores del norte, los norteamericanos; contra los cuales, con evidente sentido demagógico, lanza sus peores ataques el iluminado Hugo Chávez.

Ni la revolución rusa derruyó los signos de opulencia del Zar, sus palacios o sus obras de arte ni los franceses han abjurado de quien fue el mayor dictador que tuvo el país. Napoleón Bonaparte, de quien todavía conservan su Código y se muestran orgullosos de la herencia cultural que les dejó, tanto en el aspecto educativo como en lo referente a sus legados académicos y su fomento de las artes. Pero en España, será por nuestra condición de mediterráneos, por esta faceta de nuestro carácter que permite que los rencores se mantengan de generación en generación y que, nuestro afán de venganza, supere al sentido común y a la necesidad de adaptarse a las circunstancias de cada momento; pero el hecho es que, cuando España había entrado en una fase de prosperidad, orden, seguridad y bienestar, sin aparente motivo que lo justificase, entraron a saco los del PSOE y, vean ustedes la que han armado en sólo cuatro años y unos meses de gobierno. No vean lo que nos espera si, como parece que va a suceder, no sale nadie con suficiente valentía, preparación y carisma capaz de plantarles cara y rescatar a los españoles de esta especie de maldición o brujería que hace que permanezcamos indiferentes mientras, a nuestro alrededor, España cae hecha pedazos.

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