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Etiquetas:   Violencia   Sociedad   -   Sección:   Opinión

Violencia institucionalizada

En determinadas circunstancias todos somos capaces de cometer atrocidades porque el mal habita en nosotros. Sólo le falta la ocasión
Octavi Pereña
martes, 8 de marzo de 2016, 08:39 h (CET)
¿Somos una sociedad violenta?, es la pegunta que a menudo nos hacemos. ¿Puede prevenirse? ¿Son la televisión, los videojuegos y otros chismes electrónicos los que la fomentan? Estas y otras peguntas nos las hacemos en momentos puntuales que desgraciadamente abundan demasiado.

Las telenoticias nos saturan de violencia con los videos de decapitaciones realizadas por el Estado Islámico. Imágenes de los destrozos producidos por los bombardeos en la zona de Gaza. Los cuerpos dispersados y mutilados entre los escombros en done hay conflictos bélicos. Madres cadavéricas dando el pecho sin leche a niños escuálidos…

A todo ello hemos de añadir que los gobernantes en nombre de la paz se preparan para la guerra incrementando el presupuesto militar, con lo que servicios básicos como sanidad, educación, prestaciones sociales contemplan como se restringen las partidas presupuestarias destinadas a ellas. Con la paz conseguida con las armas se favorece la cultura de la brutalidad, se fomentan las mafias que trafican con el comercio ilegal de armas y de personas. ¿Existe alguna manera de poner fin a esta locura que fomenta el terror, la miseria y la desgracia? Se dice que si gobernasen las mujeres la política sería más humana y que se reducirían drásticamente las injusticias. Dudo que fuese así porque “del malvado brota la maldad” (1 Samuel 24:13). La mujer como el hombre son malvados. El resultado de un gobierno femenino no podría ser otro que el que denunciamos.

Se dice que el ser humano es bueno por naturaleza, si actúa injustamente se debe a que las circunstancias le obligan a ello. Es cierto que determinadas situaciones pueden ayudarnos a reaccionar furiosamente, pero no son las circunstancias las responsables de nuestro comportamiento violento, sino nuestra predisposición a hacerlo. Se dice que la ocasión hace al ladrón. Uno no manifiesta su predisposición a robar hasta que se le presenta la oportundad de hacerlo. En las empresas privadas, los pequeños hurtos que se dan en ellas ponen de manifiesto el espíritu delincuente que se esconde detrás de la careta de respetabilidad. Nos lamentamos de los escandalosos casos de corrupción que se dan en el gobierno, en las corporaciones estatales y municipales. La honorabilidad de las personas se pone de manifiesto cuando teniendo la oportunidad de untarse las manos de aceite no se mete la mano en la vasija. Por lo que respecta a la violencia ocurre algo parecido. Uno no se muestra violento hasta el momento en que se le presenta la oportunidad. Hay niños que maltratan a sus padres y abuelos, de hecho y con palabras. Se dan padres que ejercen violencia sobre sus hijos provocándolos a ira. Maridos que maltratan físicamente y psicológicamente a sus esposas, llegando incluso a matarlas. Se dan casos de esposas que matan a sus maridos. Hay personas que sin escrúpulos se aprovechan de los ancianos que cuidan, desposeyéndolos de sus ahorros. Podemos decir que estas cosas jamás las haremos. No olvidemos que no podemos decir que jamás haremos tal cosa ”quien se crea fuerte mire que no caiga”, es el consejo que encontramos en la Biblia.

El fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado le dice a la periodista Ima Sanchís: “Cuando usted y yo nos encontramos sentía una gran desilusión por nosotros los hombres. Yo creía que teníamos la capacidad de amarnos los unos a los otros como dijo Jesús y sostenían Sócrates y platón. Pero comprobé que somos una especie brutal, que quizás nuestra verdadera naturaleza es la violencia, somos un animal depredador, muy agresivo, no solamente con las otras especies, también contra nosotros mismos”.

La carta a los Romanos describe la naturaleza humana sin maquillaje fruto de la desobediencia de Adán, de quien descendemos: “Como está escrito: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios, su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre, quebranto y desventura hay en sus caminos, y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (3: 10-18). La descripción que hace el apóstol Pablo del ser humano es el resultado de que no existe en el hombre temor de Dios. Esta carencia favorece la expresión: no hay brida que lo frene. Negar a Dios el temor que se merece por ser el Creador permite que Satanás se convierta en el padre espiritual de los hombres, filiación que exige el cumplimiento de las órdenes que emanan de tan malvado padre. Jesús deja bien claro que quienes no son hijos del Padre celestial tienen al diablo por padre. El término medio no existe: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8:44). Un ejemplo de transformación de un carácter agresivo a pacífico lo tenemos en el endemoniado gadareno que “era tan violento que nadie podía pasar por aquel camino” (Mateo 8:28). Se encuentra con Jesús, cree en Él y aquel hombre terriblemente agresivo, los gadarenos lo encontraron “sentado, vestido y en su juicio cabal” (Marcos 5:15).

El problema de la violencia creciente no es una cuestión de moral y ética. Tampoco de educación. Ni de filosofía. La lectura de los filósofos clásicos grecorromanos no cambia la ferocidad humana porque deja intacta la naturaleza felina que se amaga en su corazón. Solamente la conversión en hijos de Dios por la fe en Cristo, al recibir una nueva naturaleza semejante a la de Dios se invierte la tendencia porque al ser receptor del amor de Dios empieza a amar con el amor de Dios. El amor de Dios no es agresivo. Todo lo contrario: es pacificador, busca resolver los problemas buscando el bien del otro, a veces en perjuicio propio, buscando la reconciliación. Esta es la gran necesidad de nuestro tiempo: Personas guiadas por Jesucristo que busquen la reconciliación.
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