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Cifras

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 20 de febrero de 2009, 06:05 h (CET)
Los aristotélicos procuraron entender la creación, la vida y el mundo a través de los números; a cada dígito le concedían no sólo un valor intrínseco, sino también un significado sublime y subyacente que se identificaba con un propósito divino o un aspecto de la creación. Los músicos —los que saben, no los pop—, basan sus composiciones en fórmulas o progresiones matemáticas que, un poco a imagen de los fractales, evolucionan binariamente, por triadas o por cuaternas, llegando incluso algunos maestros (especialmente los masones) a construir obras que, tal y como sucede con la Flauta Mágica, son capaces de alterar el estado de conciencia del oyente o incluso de incrementar su nivel de concentración o de inteligencia. Los arquitectos y escultores establecieron los cánones mismos de la belleza y la armonía física en función de la contención en sus estructuras del número áureo o la proporción divina, traducible en sublime beldad, ritmo pétreo y hasta en beneficios físicos para quienes están cerca o dentro de esas obras, debido a lo que hoy conocemos como resonancia morfogenética. Y la sociedad, en fin, ha hecho tal religión de las matemáticas en general y de los números en particular que no falta quién dice que el verdadero lenguaje universal son las cifras, que Dios mismo es número en esencia o que el hado se manifiesta a través de los guarismos. Cabalistas, matemáticos, músicos, pintores, arquitectos, escultores, estadísticos o simples ciudadanos que babean ante los dígitos extraídos del bombo en el sorteo de turno, todos se identifican en el mismo principio: Dios, la suerte y el éxito dependen de los números, están sometidos a ellos.

La política es el arte de hacer parecer bueno lo que no lo es. Su objetivo es destacar las fortalezas y esconder las debilidades de sus propuestas, subyugando al pueblo sometido con bellas palabras que tengan algunos visos de ser creíbles o estadísticamente demostrables, aunque la estadística sea la manera más artera de mentir. En política vale todo, lo mismo que en el amor y la guerra, porque al fin es las tres cosas al mismo tiempo: la trinidad de la seducción, la estrategia y la acción. Así, pues, la política, que siempre está a la busca y captura de nuevas fórmulas, aprendió hace ya mucho que tener de su parte a las cifras era como tener a Dios, la suerte y el éxito, y se afanaron desde entonces en retorcer la realidad para lograrlo, mostrando a sus pueblos los buenos números que les acompañan y los malos números que persiguen a sus opositores.

La presidenta Aguirre, por ejemplo, basa su divinidad en el número de inauguraciones que realiza (no importa de lo que sea ni en qué condiciones) y el número de veces que sale en su tele, endiosándose; y los ministros socialistas ponen el acento en los números que les dan ventaja sobre otros países extranjeros, o se ensalzan sobre sus rivales nacionales poniendo el énfasis en la aplicación de cupos para lo que sea, que ya puede ser traerse a miríadas de descamisados invocando la universalidad de la especie humana, distribuir porcentajes de los ilegales por toda la geografía patria para que se reparta equitativamente la miseria (excepto en las urbanizaciones o áreas de mucho lujo donde habitan los poderosos y los muy ricos) o exigiendo a las policías una cantidad óptima de persecuciones y detenciones de esos mismos ilegales que antes convenía tener y ahora estorban. Y ya que estamos en esto de las interpretaciones numéricas, esos treinta y cinco inmigrantes diarios a ser detenidos para ser repatriados al infierno que se ha sabido por los medios que es el objetivo marcado para cada comisaría de policía por sus superiores, según la numerología suma ocho, dígito que tumbado representa el lazo de Moebius, el infinito, la eterna repetición o el ciclo eterno. ¿A que encaja con la realidad?... Lo de ayer, mañana; lo de anteayer, hoy; y así con todo una vez y otra, y otra y otra, en un ciclo eterno. Nada nuevo bajo el sol, en fin.

Convenientemente presentado con esa rara habilidad de los políticos de salvar a Barrabás para condenar a Jesús y que todo parezca bueno y santo, la cosa no puede pintar mejor: inauguramos cosas inútiles y costosas para mayor pote de presidentas, por cuestiones emotivas repartimos el pan y la limosna con los desheredados y, luego, tanto lo uno como lo otro se devela más como un parche que, lejos de remediar ningún mal, produce un desastre mayor: lo uno hay que mantenerlo a un costo imposible y a los dos hay que devolverlos a la miseria y el hambre después de haber saboreado las mieles del paraíso. Un pan como unas hostias: ácimo. Hoy te doy lo que mañana te quitaré. Sin embargo, la estrategia del poder exige estos números: las estadísticas tienen que confesar lo que conviene, y esos inútiles centros inaugurados siempre serán mudos testigos de los afanes por un desarrollo moderno y los dígitos del desempleo, la delincuencia o la miseria se mantendrán en límites aceptables para el pueblo. Hay que mantener el paro en dígitos asumibles, la delincuencia dentro de los márgenes de esta cifra y la otra, y las inauguraciones al ritmo de tal cifra, que es la que conviene para que la carne mortal derive en divina.

Cifras, dígitos, números, cantidades y porcentajes cercan a la sociedad, descoyuntándola entre la fe y el agnosticismo. Si tuviéramos cuatro millones de parados la cosa sería muy grave, porque cuatro es la imagen de la totalidad del medio en que se desarrolla la tragedia humana; mejor tres, que tiene connotaciones divinas, aunque haya que expulsar de tapadillo a algún que otro millón al ritmo de un infinito diario. Números, números, números que presentar al electorado: hemos inaugurado tantos inútiles centros, hemos condenado a tantos inocentes de este delito de moda, hemos expulsado a tantos hambrientos por delincuentes... Números que no son sino una manera de decir: hemos dilapidado nuestra humanidad en tal porcentaje, o nos hemos quedado sin tantas puertas para acceder al paraíso.

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