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Año 30 d.R.

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
jueves, 19 de febrero de 2009, 12:26 h (CET)
Acaba de cumplir 30 años, y aún se le ve con las ganas y el entusiasmo de un chaval. Y no es que no lo sea, sino que la mayor juventud de buena parte de sus oponentes en la parrilla hace que casi le consideremos hasta un viejo. Bueno: eso, y que lleva toda una vida con nosotros, sin que por otro lado parezca que haya rivales preparados para heredar de modo definitivo el trono del mítico 46. Valentino Rossi llegaba el pasado lunes a la treintena, y no se vislumbran en él demasiados cambios, a ningún nivel. Sigue siendo ese niño grande que se divierte cada vez que se sube a una moto, y por supuesto el piloto más espectacular y con más carisma. Aunque es verdad que, como habitualmente sucede, cometamos siempre la imprudencia de valorar las cosas desde la perspectiva actual, como si el pasado directamente no existiese. Es materialmente imposible comparar pilotos de épocas diferentes, al igual que sucede en cualquier otro ámbito, aunque tengamos esa inevitable tendencia a jerarquizarlo todo, como si realmente fuera necesario. ¿O acaso colocar a Rossi por encima o por debajo de Hailwood, Schwantz, Rainey o Nieto supone alguna diferencia a la hora de disfrutar de cada carrera de “Il dottore”?

Hay cuestiones subjetivas, es cierto. Precisamente por eso, entrar a discutir si es o no el mejor de la historia no supone nada más que una absurda pérdida de tiempo. De hecho, es además altamente probable que cada postura permanezca, tras la discusión, exactamente igual que como estaba antes de la misma. Pero es indudable que también hay cuestiones muy objetivas, y por tanto indiscutibles, como son sus impresionantes números, que aún están por ensancharse: ocho títulos mundiales en todas las categorías, 210 carreras, 97 victorias, 151 podios, 51 poles y un total de 3.720 puntos, desde su debut el 31 de marzo de 1996. Los karts y las minimotos habían llamado su atención siendo niño, y además (y para confirmar que nos encontramos ante un ser especialmente dotado para todo deporte que tenga relación con el motor) ha hecho asimismo sus pinitos en el mundial de rallies o a bordo de un Ferrari, aunque lo de competir en la F1 parezca cada vez un sueño más lejano.

Admirador confeso de pilotos de leyenda como Mike Hailwood, Kevin Schwantz, Jeremy McGrath o Ayrton Senna, Rossi se propuso en 2004 uno de los retos que tanto le apasionan, aunque en este caso parecía el triple salto mortal, y sin saber bien si había o no red debajo. Pero se trataba, ante todo, de un reto que tenía mucho que ver con demostrar algo que le corroía por dentro: responder a los que aseguraban que era su Honda la que ganaba las carreras, y no tanto él. El italiano no se lo pensó dos veces, y cambió la ganadora Honda por la muy discreta Yamaha, a la que hizo ganadora ya en la primera carrera, llevándose también ese año el mundial: “Ganar con la M1 me permitió dar respuesta a la eterna pregunta, algo que yo tenía claro en mi cabeza: si un piloto es el ganador porque marca la diferencia en las curvas, o porque posee la moto más rápida en las rectas”. Rossi terminó por aclarar las dudas…… de los demás. Y así llegó el sexto título, y el séptimo, antes de ceder el cetro mundial por dos años.

“Scusate il ritardo”. Con ese simpático lema (“Perdonen el retraso”), y con las manecillas de un reloj marcando las 8, celebró la conquista de su octavo título mundial, con el que además buscaba el “perdón” de sus incontables aficionados tras recuperar el trono después de dos años de travesía por el desierto, en los que vio cómo su Yamaha y los Michelín arruinaban sus deseos y sus opciones, y cómo Hayden y Stoner le arrebataban su lugar como el mejor, a pesar de pelear cada metro de asfalto como es norma en él. Y es que, si por algo se caracteriza Valentino, es por su determinación a la hora de no darse por vencido jamás, así como por asumir retos; y el de volver a coronarse como campeón mundial lo era, sin duda. El de Tavullia (donde llegó a ser alcalde por un día, como homenaje de todo el pueblo a su más famoso vecino) es de esas personas a las que no les importa lo que hayan hecho en su vida: siempre tienen ganas de seguir disfrutando con lo que hacen y, en su caso, de seguir ganando: “He aprendido que, si uno acepta un desafío, debe probarse a fondo. Esto es algo muy importante no sólo en el deporte, sino también en la vida. Para mí, las motos no son un trabajo, sino una pasión”, ha afirmado “Il dottore”.

“Imagina si no lo hubiera intentado”. Con ese inquietante título publicaba Vale su biografía. Menos mal que la frase se queda en mera hipótesis. Qué habría sido de nosotros sin sus espectaculares derrapadas, sus adelantamientos imposibles, sus frenadas al límite, sus inigualables celebraciones, su ritual antes de subirse a la moto, sus extravagantes cascos, su simpatía natural, así como su grandeza en las victorias y en las derrotas. Eso sin contar, claro, que jamás habríamos llegado siquiera a conocer a su bulldog Guido (al que “congeló” en uno de los dibujos de su moto, y que solo fue recuperando su temperatura normal a medida que la diferencia de puntos con Hayden en el campeonato de 2006 iba disminuyendo), a su tortuga Valentina, o a su pollo Osvaldo. En definitiva, todo ese imaginario, ese universo loco y maravilloso de un piloto que se encuentra en el olimpo de los dioses del deporte, y a quien agradecemos profundamente que lo intentara. Grazie, Vale. Ché spettacolo!

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