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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Una nueva cultura del delito en España

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 19 de febrero de 2009, 12:25 h (CET)
Es difícil pensar cuál sería nuestra reacción ante una situación desfavorable por la que nos fuere preciso atravesar. En muchas ocasiones uno se ha preguntado cómo reaccionaría ante un atraco a mano armada o una situación de alto riesgo, en la que se viese involucrado un allegado próximo (la esposa, un hijo o un nieto), en la que, la propia actuación entrañase un evidente peligro muerte. Dudo que haya una persona capaz de contestarse a tales preguntas, al menos a contestárselas de una forma objetiva y, no como uno desearía que fuera su verdadera reacción. Existen factores determinantes, circunstancias imprevistas, pánicos inevitables e histerias emocionales que surgen cuando uno menos lo piensa, capaces de condicionar las reacciones de cualquier persona que se viera enfrentada a alguno de estos trances. Hemos tenido ocasión de conocer casos en los que el comportamiento heroico de una persona, incluso de alguien ajeno por completo a la víctima a la que ha salvado, con evidente peligro de su `propia integridad ha intervenido eficazmente en el salvamento de una persona; se ha producido de una forma espontánea y natural, sin que el salvador tuviera tiempo de plantearse la disyuntiva entre actuar o inhibirse. Por el contrario, es corriente que veamos sucesos que se producen a la vista de docenas o cientos de personas que, sin embargo, se hacen los distraídos, se giran hacia otro lado o se desvían del camino para evitar verse involucrados en aquella situación aunque, de ella, se pudieran derivar graves resultados para alguna persona, incluso, la pérdida de la vida.

Una noticia, de estas que suelen ocupar las páginas interiores de los periódicos, y que, debido a la especial situación por la que está pasando este país, adquiere, a mi juicio especial relevancia. Es evidente que el hecho de que un atracador asalte una entidad bancaria no es algo que llame la atención en nuestros días y, tampoco, que el atracador sea reincidente; eso lo vemos, habitualmente, reflejado en las noticias de sucesos de todos los periódicos y ha sido un tema recurrente de muchos productores de películas, que han sabido sacar beneficio económico de un tema que, generalmente, es causa de la excitación del morbo en una buena parte de la ciudadanía. Pero vean ustedes como puede cambiar la situación y nuestra valoración de un suceso semejante cuando, quien lo comete, no es un sujeto del hampa, ni un delincuente habitual, sino que el que empuña el arma, quien se persona, revolver en mano, para hacerse con un botín a costa de la caja de una entidad bancaria; no es más que una persona normal, como usted o yo, una persona que, si hace unos meses, se le hubiera pronosticado que iba a cometer una acción semejante se hubiera puesto a reír y, sin duda, calificaría de loco a quien hubiera manifestado tan “descabellada” observación.

Un empresario de la construcción, agobiado por las deudas, sin trabajo, sin que se le pagara lo que se le debía y enfrentado a un concurso de acreedores, del cual, con toda probabilidad, se hubiera derivado su propia ruina; impulsado por la desesperación y agarrándose a la última tabla de salvación que su mente obsesionada le brindó, decidió aligerar a los bancos (aquellos que seguramente le negaron el crédito que, quizá, le hubiera ayudado a capear la situación y salir del atasco) convirtiéndose en un nuevo Dick Turpin o un Raffles, sólo que con la particularidad de que, en lugar de robar para ayudar a los necesitados, este ladrón improvisado, lo hacía para ayudarse a sí mismo.

Un caso curioso, pero creo que muy representativo de una situación que sólo ha hecho que empezar a dibujarse, en lo que es esta España en la que estamos viviendo. Tres millones y medio de parados oficiales, cuatro millones largos de desocupados reales; de los cuales más de un millón y medio no cobran ninguna clase de subsidio y, a medida que transcurran los meses, cada vez serán más los que se incorporen a este grupo de gente que no tendrá retribución alguna que le permita vivir, aunque fuere bajo mínimos. Los auspicios que nos llegan desde todas las estancias económicas nos presentan el problema de las empresas bajo los tintes más oscuros y, no parece que se haya hallado el medio de evitar que siga la sangría de quiebras y suspensiones de pagos; de lo que se derivarán nuevos ERE’s y más desempleo. Así pues, a nadie le pudiera chocar que, a finales de este año 2009, las cifras del paro bordearan los cinco millones. Si tomamos en cuenta que la inmigración ha sido la que ha copado los puestos menos deseados por los trabajadores españoles y, si admitimos que, mayoritariamente, fueron enrolados en el sector de la construcción y en el agrícola, ambos duramente golpeados por la recesión; no sería difícil sacar la conclusión de que es, entre este sector de la población, donde con más frecuencia y con mayor virulencia se han producido los casos de pérdidas de trabajo.

Es pues obvio que son, precisamente, estas personas las que en peor situación se encuentran para enfrentarse a la recesión. Añadamos a ello que, en muchos de los países de Suramérica, de los que proceden gran parte de los inmigrantes, existe, a causa de su pobreza endémica, una cultura de robos, atracos, asesinatos y secuestros que es asumida, como algo natural, por el sector más pobre de la ciudadanía; no es difícil que podamos hacer una previsión de, cómo va a afectar a nuestro país, el hecho de que una masa tan notable de nuestros ciudadanos haya entrado en un estado cercano a la indigencia y, por añadidura, no vean una solución a corto plazo que les permitiera albergar la esperanza de una pronta recuperación de sus opciones de trabajo.

Corremos el riesgo de que, mientras nuestros gobernantes y parte de la ciudadanía, por qué no decirlo, están dando el deplorable espectáculo de estarse tirando los trastos a la cabeza, ocupándose de sus intereses electorales y olvidándose de la triste realidad de millones de persona que están esperando que alguien se ocupe seriamente de ellas; en los reductos de la miseria y los semilleros de los odios se está gestando un cultivo de descontento que, poco a poco se irá generalizando hasta que, cuando las autoridades se quieran dar cuenta, ya será tarde para remediar lo que, con un poco más de comprensión, con una buena dosis de inteligencia, con menos jactancia y fanfarronería y con más sentido del deber y de patriotismo, se hubiera podido solucionar; aplicando las medidas que ya lograron salvar a España en otra época que tan reciente en el tiempo, sin embargo, parece que ha sido olvidada por quienes con tanto desacierto nos gobiernan. Esperemos que la mala mano de algunos no nos lleve a agravar, aún más, los efectos de la crisis.

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