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Etiquetas:   Paraguay   Francia   Historia   -   Sección:   Opinión

La batalla más absurda de la historia

Hace 205 años, en un perdido paraje paraguayo, se enfrentaron entre sí las armas de Fernando VII, mientras España era ocupada por Francia
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
lunes, 7 de marzo de 2016, 08:57 h (CET)
Recuerdo que durante los años que viví en San Miguel de Tucumán, donde fue proclamada en 1816 la independencia argentina, solía frecuentar la Plaza Manuel Belgrano para disfrutar de la calma del espacio público y de mis lecturas predilectas.

Recuerdo que por entonces una novela de Maria Esther de Miguel, “Las Batallas Secretas de Belgrano”, había logrado despertar mis sospechas de que una expedición militar del creador de la bandera argentina al Paraguay, en marzo de 1811, había sido tan absurda como la resistencia de los luego próceres paraguayos.

Para marzo de 1811 los franceses habían ocupado a la desgraciada España, que recién marzo de 1813 volvería a tomar posesión de su propia capital, merced a la ayuda de Inglaterra y Portugal.

Las cortes del Rey de España, sin gobierno, territorio, rey ni ejército, habían decidido un año antes retirarse a deliberar en la isla de León. Allí habían concluido hacia marzo de 1810 que las colonias españolas en América ya eran libres. Es decir, el pronunciamiento del 25 de mayo de 1810 de Buenos Aires era ya innecesario, pero ya sabemos que la política es el arte de crear problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar un remedio equivocado.

Más innecesario era, para la Junta de Buenos Aires de 1810, jurar lealtad a Fernando VII en medio de tanta confusión, y de manera provisoria, hasta que se aclaren los confusos hechos que se daban en la península ibérica. Jurar lealtad a un rey expulsado manu militari de su trono es algo que los políticos de hoy día considerarían “poco pragmático”.

A pesar de que aparentemente la situación ya no podía empeorar, como en tantas otras veces, se sumó un problema gestado en Paraguay.

En el fondo, Buenos Aires pecaba de poco realista, pues estaba defendiendo la intangibilidad de las fronteras del virreinato de la Plata, cuando que era algo que habían dibujado en su inexacto mapa los súbditos de un rey ahora sin trono, de un país ocupado, y cuyas cortes habían expresado en Cádiz que ya no le interesaban sus colonias americanas ni como regalo.

Obviamente, las pretensiones porteñas no podían ser tomadas en serio ni siquiera en una comarca tan poco seria como Paraguay. En Asunción las circulares emitidas por Buenos Aires fueron calificadas irónicamente como “asunto nuevo e interesante”, y tras deliberar muy poco como es costumbre nacional, se resolvió desconocer toda autoridad a la Junta de Buenos Aires hasta que el expulsado Rey de España cuyo paradero se desconocía, estuviera en condiciones de “resolver lo que es de su soberano agrado”.

Fue entonces que algún brillante estratega porteño decidió enviar una expedición militar al Paraguay.

Así se gestó la batalla más absurda de la historia, conocida como batalla de Tacuary, y librada en inmediaciones de la localidad paraguaya Carmen del Paraná, el 9 de marzo de 1811. La baja más destacada de la homérica epopeya de argentinos y paraguayos, fue el niño que tocaba el tambor para las tropas del jefe militar de la expedición, Manuel Belgrano.

Este prócer argentino, destacado por su honradez, era en realidad un doctor en Derecho graduado en Salamanca, que había tomado las armas compelido por las circunstancias. Había dudado durante todo el trayecto de Buenos Aires hasta el Paraguay de la misión que se le encomendaba, y fue escribiendo varias cartas dirigidas a Buenos Aires antes de llegar al rio Paraná.

Como es común cuando un soldado, además de ser amateur, no está muy convencido de su propia causa, Belgrano sufrió algo así como la peor derrota en el peor momento y en la batalla más absurda.

El creador de la albiceleste venía con una lista de personajes a los que debía fusilar, encargo que no pudo cumplir dado que fue tomado prisionero por el jefe paraguayo Manuel Atanasio Cabañas, quien al servicio de las tropas realistas había derrotado así a las armas de Fernando VII. Ya que no había podido valerse de la fuerza, Belgrano intentó catequizar a su oponente, y según algunos historiadores argentinos lo convenció con su locuacidad aunque se ignora de qué.

Por si faltaba un detalle para que conste en actas que fue la batalla más absurda de la historia, hace pocos años los gobiernos de Paraguay y la provincia argentina de Corrientes inauguraron en Carmen del Paraná un espacio público donde luce una estatua de Belgrano abrazado con Cabañas, hecha con hormigón y oscurecida con óxido.

Uno de los misterios insondables de esta historia es dónde ocultó Belgrano su correspondencia, pues leer que estuvo a punto de morir fusilado no hubiera sido muy reconfortante para Cabañas.

Se había gestado con una batalla absurda el destino de una isla rodeada de tierra, con las armas de Fernando VII esgrimidas por un prócer independentista argentino, mientras en España las cortes de Cádiz ya habían dicho que las colonias españolas en Sudamérica eran libres.

El principal responsable de todo el enredo que condujo a ello, Napoleón Bonaparte, lo anticipó alguna vez cuando dijo que la independencia, igual que el honor, es una isla rocosa sin playas.
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