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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

Un error táctico de Albert Rivera afianza a Rajoy como líder del PP

“Uno de los trucos de la vida consiste, más que en tener buenas cartas, en jugar bien las que uno tiene.” (Josh Billings)
Miguel Massanet
viernes, 4 de marzo de 2016, 08:20 h (CET)
Es evidente que, el joven Albert Rivera, es una buena promesa política y, hasta ha habido tiempos en los que muchos llegamos a pensar que ya había madurado bastante para poder enfrentarse al resto de políticos, forjados en años de práctica al frente de sus respectivos partidos, acostumbrados a lidiar con toda clase de eventualidades y bregados en los rifirrafes parlamentarios y en los oscuros y tenebrosos sótanos de los acuerdos secretos, en los que se venden honras por poder y amigos por gobiernos. No obstante, mucho nos tememos que la fama le haya llegado, a este joven, con demasiada rapidez y haya confundido la política de una comunidad, evidentemente dificultosa por sus ramalazos separatistas y sus problemas lingüísticos, en la que su partido, Ciudadanos, ha tenido un meritorio comportamiento en defensa de la unidad de España y la vigencia del castellano; con lo que pudiéramos definir como entrar en la política nacional, política con mayúsculas, la verdadera y farragosa política de enfrentamientos y jugadas sucias, en la que ninguno concede tregua ni otorga clemencia cuando se trata de la defensa de sus intereses o los de su propio partido.

Las circunstancias del desgaste de los dos principales partidos, que han venido alternándose en el poder, prácticamente, desde que la democracia se instaló en nuestro país, el PP y el PSOE; unidas al hecho de la llegada de la crisis de las sub-prime americanas y el derrumbe de la burbuja inmobiliaria, con sus letales consecuencias para la economía española y la necesidad de implantar medidas extraordinarias que repercutieron en los bolsillos de la ciudadanía, en el derrumbe de cientos de miles de empresas grandes y pequeñas y en el aumento vertiginoso del desempleo en nuestro país; ha llevado aparejado que, una parte importante de los españoles, hayan perdido su confianza en los partidos tradicionales, salpicados de casos de corrupción y criticados por no haber encontrado caminos menos duros para salvar a España de ser rescatada.

Estas circunstancias y la duración inusual de la crisis, han cambiado en muchos españoles las simpatías que sentían hacia los partidos tradicionales y les han hecho buscar, en las formaciones de nuevo cuño, lo que estimaban que les habían negado los directivos de los dos grandes partidos en los que habían depositado su confianza. De ello se ha derivado que, una parte importante del voto de centro derecha o derecha, decidiera pasarse al único partido que defendía la unidad de España y que lideraba, en Cataluña, la lucha contra el independentismo catalán; algo que, incomprensiblemente, le había cedido el PP de dicha autonomía, en manos de una ineficaz y mejorable Sánchez Camacho. Ciudadanos del señor Rivera fue la que se benefició de los desertores del PP y lo que le permitió a Rivera dar el salto a la política nacional, recogiendo los votos de aquellos que, el descontento por los recortes provocados por la crisis, se les entregaban voluntariamente como único refugio de la derecha en un panorama político totalmente copado por la izquierda. El PSOE ha sufrido el mismo rechazo cuando ha tenido el peor resultado de su historia en las pasadas elecciones del 20D y una parte importante de sus votantes se han trasladado a partidos de izquierdas, especialmente a Podemos.

El rompecabezas resultante de los complicados resultados de los citados comicios, ha hecho difícil que se formaran las mayorías precisas para poder optar a la investidura como presidente del gobierno y ello ha propiciado que, Ciudadanos, aún sin haber conseguido lo que las encuestas le auguraban, haya podido asumir una función, si no como bisagra, porque no ha tenido suficientes escaños (40) como para dar mayorías a los partidos mayoritarios que pactaran con ellos, al menos han podido contribuir a tomar parte activa en todas las quinielas para intentar formarlas. Y, hete aquí, que esta posición, haya creado en el señor Rivera la sensación de ser el que tenía las riendas de la investidura en sus manos lo que, por raro que parezca, ha contribuido a que el buen sentido que le caracteriza, haya cedido para ser sustituido por una actitud de una cierta soberbia, por una autocomplacencia que lo ha convertido, como le ha sucedido al propio P.Sánchez, en un personaje que ha contribuido a una de las escenas más ridículas de las tantas que se han producido en estos días pasados; con una escenificación absurda y pedante de la firma del pacto entre el PSOE y Ciudadanos, como si se hubiera tratado de la firma de un acuerdo internacional de suma trascendencia para el País. Engallados, envarados y más tiesos que un uso, ambos protagonistas fueron la muestra más caricaturesca de lo que puede hacer, en personas normales, el creerse por encima de los demás.

Pero fue ayer cuando, señores, el señor A.Rivera cometió un error de estrategia en su primera intervención en el Parlamento de la nación, cuando, seguramente impulsado por el augurado fracaso de la investidura del señor Sánchez, quiso utilizar uno de los trucos más viejos de la humanidad, el conocido “divide y vencerás”, sólo que no tuvo en cuenta el carácter español y, seguramente, lo quiso comparar con el catalán, que en nada se asemeja al del resto de ciudadanos del resto de España, en el que el orgullo no tiene la importancia que le damos el resto de españoles y, cuando creen que les conviene, no tienen inconveniente en despojar de su puesto al líder ( vean el caso del señor Artur Mas) cuando esperan que, con ello, van a salir beneficiados, sea políticamente o económicamente. A.Rivera pronunció las palabras siguientes: “¿Los votantes del PP están de acuerdo con la corrupción que corroe el partido, de acuerdo con que todo siga igual?” Uno más que se ha valido del tema de la corrupción, cuando ha venido pidiendo insistentemente, al PP, colaboración para el gran pacto. Pero si la pregunta anterior fue impertinente, todavía lo fue más cuando intentó hacerles un guiño a los siete millones y medio de ciudadanos, que votaron al partido de Rajoy y a los cuadros del partido que, según él, “estaban avergonzados por la corrupción”, a los que pidió que se rebelasen contra el líder del partido “antes de los lleve al precipicio”.

Craso error, señor Rivera, y peor estrategia si lo que pretendía era aislar a Rajoy del resto de votantes del partido porque, verá usted, yo mismo, en muchas ocasiones he pensado que el señor Rajoy, una excelente persona por otra parte, debiera de haber dejado su puesto hace mucho tiempo, pero ahora, cuando usted emplea esta añazaga de mal gusto y peor educación, tenga usted la seguridad de que voy a apoyarle para que consiga sacar al PP de la situación de aislamiento total en el que parece que algunos intentan dejarlo. Nada hay que un español bien nacido odie más que el juego sucio, el utilizar los golpes bajos para librarse del adversario político. Lo mismo tengo que decir y no me duelen prendas, respecto a las palabras del señor Iglesias cuando habló de Felipe González y “su pasado manchado de cal viva”. Trucos chapuceros, de mal gusto e impropios de un parlamentario que, seguro, si sus votantes lo han escuchado, se habrán sentido avergonzados de él.

No, señor Rivera, no está usted todavía preparado para asumir la dirección de un partido nacional si no aprende a dominar sus nervios, no analiza sus palabras y no entiende que, de volverse la tortilla hacia más a la izquierda a España, no a usted, le puede representar, y esta vez en serio, acabar volviendo a la ruina. Y ya que estamos en ello ¿qué decisión tomaría usted si los de Podemos decidieran apoyar la candidatura del señor Sánchez?, si ha advertido por activa y por pasiva que nunca, fíjese bien, nunca, estaría en una coalición en la que estuvieran presentes los de Podemos. A muchos nos gustaría escuchar de su propia voz si, en la actualidad, sigue pensando de la misma manera. Ya sabe usted aquello de que: todo hombre es esclavo de sus propias palabras.
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