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La Escopeta Nacional

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 16 de febrero de 2009, 11:52 h (CET)
Como todos los pelotilleros, oportunistas y buscadores de favores para hacer negocietes no cabían en el Azor ni podían poner todos al mismo tiempo los atunes en el extremo del sedal del Generalísimo cuando echaba la caña al mar, se inventó la cosa de las monterías, que eran una suerte de comunión de sangre y muerte que hermanaba a los participantes, naciendo así para la posteridad la famosa Escopeta Nacional. En esas tramposas cacerías, entre tiro y tiro, se reproducía taz a taz el drama de la existencia, y quienes habían pagado el precio del puesto podían, así en los refrigerios como en la misma refriega, trasegar favores, cerrar acuerdos, hacer recalificaciones, ajustar acuerdos legales o judiciales o pujar por las licitaciones públicas. Después del óbito de Franco la cosa pareció variar, y, como eran tantos los que conformaban ya el chiringuito de la Escopeta Nacional y sabían que debían variar las apariencias para adaptarse a los nuevos tiempos, trasladaron el circo a las verdes praderas de los campos de golf, cambiando escopetas por palos del siete y los lametones al Generalísimo de los Ejércitos por otros de semejante fruición a quien ostentara el poder, ahora dimanado de las urnas, fueran cargos públicos, funcionarios de carrera o altos directivos colocados en sus puestos por las influencias de su partido. La Escopeta Nacional, sin mostrarse a las claras, sin embargo, continuaba presente en el alma de todos los que estaban en el ajo, y cada uno de ellos la tenía siempre cargada y lista para abatir el ansiado negociete o la perseguida prebenda. Pasó la furia de los club golferos, y de nuevo, por lo que se ve, vuelven las monterías, desenfundando cada quien aquellas maneras trasnochadas y aparentemente anacrónicas que, adempero, tienen toda la vigencia del mundo, quien sabe si porque la liturgia de estas misas negras del poder ya forma parte de la genuina manera de ser española, de su más rancia tradición.

A nadie que tenga la cabeza sobre los hombros para cosa distinta que el ornato no le pasa desapercibido que las dos Españas siguen vivas, coleando y en constante confrontación, como no podía ser de otra manera. Ambas, allá donde gobiernan, benefician siempre a los empresarios de su cuerda, a los prohombres o produjeres de su credo o simpatía, tienen su propio y particular elenco de jueces y otorgan las licitaciones públicas a quienes oportunamente conviene, sea o no por caminos torcidos como la siempre bien recibida mediación de sobornos en crudo, favores medio de tapadillo o promociones ocultas. No hay más que ver que en Madrid se concedieran 25 licencias oficiales de apertura en un año cuando abrieron en semisombra miles de negocios, que hayan surgido por doquier, y a menudo en espacios protegidos, enormes urbanizaciones de chalés, pisitos y hasta complejos turísticos de prepotente manufactura que han cercado el Mare Nostrum, o que incluso las televisiones públicas sean instrumentos para ensalzamiento de ciertos dirigentes públicos, aunque democráticamente elegidos. La corrupción ha sido y es tan galopante —ya lo he dicho muchas veces desde ésta y otras columnas—, que bien merecería la distinción de contar con un ministerio propio.

Ahora, la Escopeta Nacional —adversaria— ha disparado contra una trama que parece hundir sus raíces bien hondo en el partido de la oposición, sembrando, además, serias dudas sobre muchas Instituciones y hasta en altos cargos de ese mismo partido. Desacredita, que algo queda. Es un universo sin inocentes, sin embargo, porque en este país sobrará lo que sea, menos hormigón para maquillajes faciales y cojos, y aquí, el que no corre, vuela. Más allá de las responsabilidades de esos personajes —que conviene investigar de modo justo e imparcial—, resulta particularmente curioso que casi siempre se destapen los grandes escándalos y las dudosas proscripciones de ciertos partidos políticos cuando se atisban elecciones en el horizonte, y tanto más en este caso en particular, acaecido a renglón seguido del escándalo de las cigarras espía madrileñas de las que escrito en estos días de atrás. Curioso, porque los pillos suelen serlo a tiempo completo, y los ilegales terroristas, también; sin embargo, no es difícil constatar cómo cuando comienza una legislatura todo son buenas palabras con todos, paciencias trinitarias, acuerdos y hasta conversaciones de paz con los esforzados luchadores de esos independentistas, y cómo cuando se empiezan a dibujar las urnas, todo eso deriva en encarcelamientos, prohibiciones y hasta escándalos mayúsculos como el que nos concierne, y todo a renglón seguido de una montería. Raro, raro, raro.

La trama que de forma no se sabe qué tan clara ha caído en estos días es demasiado próxima al PP, lo mismo que el caso aún coleante de las cigarras espía —quién sabe si la una delatada por la dos—; pero sería un error enorme considerar que son los inocentes los que cazaron con la Escopeta Nacional a los culpables, porque ya digo que aquí no hay cojos, y, mucho menos, inocentes. Basta con echar un vistazo atrás y ver qué sucedió con los que ahora están bien a cubierto en sus puestos disparando al adversario que han levantado de sus nidos los ojeadores, y qué oportunamente han sido tocados o heridos al mismo tiempo que otras escopetas han limpiado parte del camino que puede allanar al acceso al poder de los francotiradores en la Vasconia de los unos y el Euskadi de los otros. Raro, raro, raro, ya digo.

A poco que se tire de hemeroteca queda claro que todo esto no es más que un episodio más de la soterrada contienda entre las dos Españas, y como en esta ocasión parece haberse ido demasiado lejos y que hay involucrados, aunque sea de boquilla, altos cargos —desacredita, que algo queda (bis)—, las elecciones se prometen como una auténtica conflagración donde nos vamos a enterar de más de dos cosillas. En fin, que la Escopeta Nacional, lejos de ser arrinconada por causa de los palos de golf, ha estado siendo aceitada bien a fondo por sus propietarios para que, en los días que se avecinan, no falle. Es más, la mayoría de ellas, lejos de ser de dos tiros, son ya de repetición, e incluso seguro que no falta quién use balas en vez de cartuchos y ametralladoras en vez de humildes escopetas. Veremos: va a ver todo un espectáculo.

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