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Etiquetas:   Buñuelos de viento  

Garzón, la foto, los venados muertos

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 14 de febrero de 2009, 23:29 h (CET)
Nunca he comprendido la caza, nunca he comprendido a los cazadores. No estoy exento de contradicciones, hubo un tiempo en que veía las corridas de toros televisadas y me entretenía una tarde con ello. Pero hace diez años me regalaron a Fermín, mi perro de agua. Y con él todo cambió, y con él cambié todo.

Fermín y yo llevamos casi once años juntos, paseando por la orilla de nuestro río, paseando por el camino de Santiago, paseando por el camino de la vida. Y a través de él he aprendido a sentir más la existencia, a valorarla más, a defenderla más. En todas sus posibles manifestaciones, especialmente en los animales, casi siempre indefensos, casi siempre a nuestra merced, casi siempre nuestras víctimas. Fermín me mira directamente a los ojos, sin tapujos, casi impúdicamente, y se detiene el mundo. Me mira directamente a los ojos y a través de los suyos veo el valor de la vida. De la vida animal. Pueden ustedes no comprenderme, pero por los dulces ojos de Fermín llegué a la salvaje mirada de un toro de lidia y no comprendí cómo a uno se le puede querer y mimar y cuidar y atender y al otro se le puede matar ante diez mil espectadores. Y torturar.

Rechazar la caza fue más fácil, ya digo que nunca me gustó, nunca la entendí, nunca le encontré el encanto, nunca vi la diversión. No he llegado a encontrar sentido en ella, nunca me he asomado al placer que puede producir matar un animal benigno e indefenso, cuya sola existencia es un don natural, cuya vida es una manifestación de la Naturaleza, un regalo para la vista, una ofrenda para la inteligencia. Quitar la vida es algo intrínsecamente malo, negativo, ofensivo al buen gusto, contrario a las leyes naturales. ¿Por qué iba a querer un hombre dotado de inteligencia, del don del discernimiento, de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, quitar la vida a un animal inferior sólo por el puro placer de matar? ¿Por el puro placer de qué?

Algo en mi interior me dicta que matar a un animal que crece inocente y libre en un bosque, sin mayor trabajo que encontrar alimento en cualquier época del año, sin mayores ataduras que encontrar hembras en época de celo, es sólo propio de animales salvajes. O de hombres brutos, incultos y sin capacidad de raciocinio. Y tal vez envidiosos de la libertad del otro. Sin embargo sé que no es así, sé que estoy equivocado. Conozco personas infinitamente cultas, asombrosamente inteligentes que son cazadores; hay personas a las que admiro y que son apasionados de los toros.

Incluso hay jueces prestigiosísimos que acuden a cazar decenas de venados y una vez terminada la matanza pasean erguidos y orgullosos entre los despojos, tal vez pavoneándose de su hercúlea hazaña. He visto mil veces esas fotos, en periódicos o revistas de hace veinte o treinta años, en películas antiguas... y nunca las he comprendido. No se me alcanza ni de lejos qué sentimientos puede albergar un ser humano cuando se pasea entre los cadáveres que su habilidad mortífera ha ocasionado. Cuando cae el sol y la jornada de caza ha concluido, cuando se exhiben los trofeos, mi ignorancia presupone que para ser repartidos, y los cazadores comentan las incidencias de la matanza... ¿qué piensan esas mentes preclaras, qué conclusiones sacan esas cabezas privilegiadas? ¿No pasa por ellas el destrozo que han ocasionado, la muerte que han acarreado, simplemente llegan a casa y proclaman "Ay, cariño, qué día más bueno hemos tenido en el coto"?

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