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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Dogma de ciencia

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 14 de febrero de 2009, 23:31 h (CET)
La tensión entre la verdad revelada y la verdad científica ha sido una constante en la evolución de ésta. Parece cierto que la ciencia no ha estado siempre en posición de combatir la realidad religiosa y, en muchas ocasiones, cuando sí lo ha estado, el prestigio de la religión era tal que la contradicción entre una y la otra se decantaba siempre concediendo validez a lo religioso.

En occidente, dos de las amenazas a la verdad de las Escrituras han coincidido con las teorías de dos hombres que amenazaron al mismo tiempo el ego inconmensurable del ser humano.

Copérnico representa el primer revés al absolutismo eclesiástico de la realidad. Las observaciones y los cálculos copernicanos establecieron que la perspectiva geocéntrica no cuadraba con la objetividad de la medida matemática a la que fue sometida. El sol fue situado en el centro y la Tierra no era sino un planeta más. El hábitat del hombre (el centro de la creación) dejó de ser el centro del universo.

Con la teoría de la evolución de Darwin (del que se conmemora el bicentenario de su nacimiento en este año), el ser humano dejó de ser también el centro de la vida. En efecto, al pensar la existencia del hombre como el resultado de un proceso aleatorio e inacabado, la creación entera se ponía en tela de juicio.

El final de Copérnico no anuló la fuerza de su teoría, que inició la era de la matematización de la naturaleza que daría paso a la física matemática de Newton. Pero al no estilarse ya la hoguera para rebatir el peso de la ciencia, la redacción de la ‘creación inteligente’ y aferrarse a ella ha sido la nueva manera de combatir la evolución

En una creación inteligente, Dios habría detallado el diseño, las funciones y la posición de todos y cada uno de los seres que habitan la Tierra que, a pesar de no estar en el centro geométrico del universo es sin duda el Centro de todo cuanto existe. Sería el equivalente cientificado del texto bíblico. Al fin y al cabo se usan las técnicas de la ciencia para presentar una visión divina del mundo.

Parece cuanto menos complicado expresar los dogmas de fe por medio de un método científico que se basa en unos axiomas totalmente diferentes. La cuestión es que una lectura radicalmente literal de cualquier texto sagrado implica el anclaje en el tiempo en que fue escrito y anula la transtemporalidad que pueda contener, las verdades perennes.

La ciencia y la religión ocupan parcelas distintas por referirse a dimensiones distintas del ser humano: las necesidades racionales del hombre no se contradicen con sus necesidades espirituales, pero tampoco son expresables las unas mediante los conceptos y las imágenes de las otras.

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