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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

El juez Garzón, la corrupción, la cinegética y el PP

Mario López
Mario López
sábado, 14 de febrero de 2009, 23:31 h (CET)
Estamos acostumbrados a asistir a las venerables actuaciones del juez Garzón que suelen acabar en agua de borrajas. Desde su participación en el gobierno de Felipe González (cuyo propósito, según propia confesión, fue limpiar los sótanos del Estado desde dentro), hasta el fallido juicio al franquismo, pasando por la rocambolesca operación Nécora o el mítico requerimiento a Pinochet, todos los más espectaculares casos que ha emprendido han acabado en la nada.

Muchos expertos en la materia afirman que Garzón es un mal juez instructor y eso le llevaría, irremisiblemente, a tropezar una y otra vez en la misma piedra, malbaratando ocasiones históricas de concluir una ejecutoria ejemplar y devolver a los humanos un mínimo de la confianza que hemos perdido en la justicia. Los hay –me temo que peor intencionados- que aseguran que Garzón es un magistrado provisto de un ego inconmensurable que adora los focos y que haría cualquier cosa por ocupar los titulares de la prensa mundial. Yo creo que Baltasar Garzón, como todo hijo de vecino, tiene un poco de todo. Lo importante es la resultante, que diría un profesor de Física al explicar a sus alumnos los secretos de los campos vectoriales. Pero, valorando en su justa medida la reacción que ha provocado en los líderes del PP, la investigación que ha emprendido contra algunos de sus miembros para esclarecer los límites de la corrupción que subyace en el eje popular Madrid-Valencia, me da la impresión de que los elementos antedichos, virtuales causantes de los fracasos del magistrado, cuentan con ayudas necesarias de naturaleza exógena. Dicho de otro modo, es imposible sacar un asunto adelante cuando te enfrentas con la obstrucción del principal partido de la oposición y los medios afines. Cuando la dirección del PP le recusa aduciendo una –según ellos- animadversión manifiesta del juez hacia su partido, o la presidenta de la Comunidad de Madrid se dedica a torpedear la investigación (mientras se presenta ante su público como adalid de la transparencia), o se emprende una campaña difamatoria contra el juez por el simple hecho de habérsele visto en una cacería con el ministro de Justicia; circunstancia obscena según unos y, a decir de todos, ética y estéticamente inadmisible (de verdad que a veces uno ya no sabe en qué país vive). Cuando concurren todas estas incidencias hostiles, simplemente, uno llega a la conclusión de que la tarea del juez Garzón es misión imposible. No hace falta que sea un mal juez instructor. Las instrucciones de ciertos casos, en este país, son imposibles quimeras. Muchas guapas gentes de derechas (y no sólo de derechas) siguen aún pertrechadas en el refugio de los umbríos y cálidos recovecos de sus floridos pensiles.

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