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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El color de la crisis

Fabricio de Potestad
Redacción
sábado, 14 de febrero de 2009, 16:14 h (CET)
La actual crisis económica tiene un color plomizo de tedio y atardecer, aunque esta tragicomedia colectiva del crédito subprime o los hedge funds lleva camino de tornarse rojiza, minimalista, pero rojiza. Y es que el mercado ha demostrado su total incapacidad para regularse a sí mismo de forma automática. Necesita de una constante intervención estatal, tan activa como una de esas performance del Guggenheim de Nueva York.

Marx, a fin de cuentas, especuló con la plusvalía, la opresión, la explotación, la lucha de clases, las grandes mayúsculas de siempre, y vendió todo eso muy bien, pero aquí no pasó nada. Su prosa enaltecida, esa manera de decir las cosas para exaltar los ánimos y conducir las expectativas, suscitó la adhesión por la utopía y todo eso, aunque no dejó muy claro cómo se iba a lograr el paraíso comunista. Lo cierto es que en una sociedad en la que existían tan dramáticas desigualdades, la utopía parecía estar al alcance de la mano, pero nada cambió. Vamos, que los ricos lo siguen siendo por derecho y los pobres por necesidad. El optimismo de la concepción capitalista del mundo se incrementó con la caída del muro de Berlín. Hoy el Checkpoint Charlie es tan sólo un punto turístico muy visitado, en el que a un precio módico se puede adquirir un pequeño fragmento del muro de la vergüenza. Lo que nadie hubiera podido imaginar es que el Checkpoint Wall Street lleva camino de convertirse en algo similar, y quizá con el tiempo se pueda adquirir un trozo de dólar como souvenir de una era dorada que quizá toca a su fin.

El liberalismo pragmático y utilitarista creyó que -mediante la ciencia y la tecnología puestas al servicio de su eficiente economía de mercado- se producirían inevitablemente resultados muy razonables y sustanciosos. Es más, existe la convicción, orgullosa y temeraria al mismo tiempo, de que nuestro sistema económico es el mejor de los posibles. No tardó, sin embargo, en ponerse en evidencia que esa fe en el mercado no era más que una sobreestimación absurda e interesada, muy alejada, por cierto, de la historia real y empírica. La expansión planetaria del capitalismo, avariciosa y descontrolada a la par, nos llevó a un mundo hobbesiano en el que se puso de manifiesto la inevitable pecaminosidad de la acción humana de la que nos habló san Agustín, un mundo en permanente conflicto de clases, expuesto a las convulsivas recesiones económicas, desbordado por las dramáticas injusticias y atribulado por crueles guerras. Y es que la crisis económica ha abierto un paréntesis histórico en el que se ha puesto de manifiesto el parentesco oculto entre el egoísmo vicioso de los más poderosos y las virtudes de los intelectuales aparentemente más honrados, que con su silencio cómplice les allanan el camino. Los intelectuales –desdichados que piensan, según palabras de Paul Valéry- atrapados en la reflexión recurrente y melancólica, se lamentan del injusto estado del mundo, pero ni se adaptan al juego de las aburridas y rutinarias actividades de la política, ni arriesgan su vida en abierta rebeldía, por lo que su aportación no ha sido otra que concebir y soñar otro mundo mejor. Y así surgió la utopía, un género literario de cuño romántico que duró hasta que chocó con el filo mellado de una economía de mercado triunfante y globalizada. Y ahora, tras la crisis económica, esa misma plutocracia mercantil se enfrenta a unos desafíos sin precedentes.

El capitalismo que parecía tener una inagotable capacidad de reciclaje, pues cualquier novedad, por subversiva que fuese, la hacía suya, y la convertía en mercancía, parece que ha quedado también obsoleta. No deja de ser cínico y paradójico que, en una colosal operación de rescate financiero, el mismísimo Bush -presidente del país capitalista más poderoso del mundo- inyecte cientos de miles de millones de dólares en la misma trama financiera y especulativa que ha erosionado la económica mediante un mercantilismo tramposo. A nadie se le escapa que este intento de reflotar una economía descalabrada, haciéndose con el control de las dos mayores entidades hipotecarias del país –Freddie Mac y Fannie Mae- es en realidad una forma sui generis de nacionalización encubierta. Hasta tal punto cunde el desorden monetario que Fukuyama -influyente politólogo estadounidense de origen japonés- pronostica que un nuevo sistema económico va a reemplazar al actual. En fin, todos los tópicos que denunciaban la hipocresía del discurso neocon se han hecho realidad al mismo tiempo: saneamiento público de las pérdidas privadas; privatización de beneficios y socialización de pérdidas... Y todo ello, al parecer de modo irremediable. La caída del muro de Wall Street -que puede tener consecuencias tan importantes como la caída del muro de Berlín- ha producido un colapso del capitalismo especulativo de tal envergadura que probablemente haga cambiar el rumbo del descontrolado liberalismo especulativo hacia un mayor intervencionismo estatal en la economía y las finanzas. Entre tanto, en nuestro país, los trabajadores y los parados padecen la crisis en blanco y negro -no llega para más- mientras que los ricos la sienten en color chaleco y corbata a juego, que les cae muy bien a su exceso de maneras y de euros.

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Fabricio de Potestad Menéndez. Médico-Psiquiatra y escritor.

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