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La venganza de la cigarra espía

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 12 de febrero de 2009, 12:43 h (CET)
Repudiada la cigarra espía por las hacendosas hormigas debido a su infame oportunismo y manifiesta vagancia de parásito asimbiótico, a cualquier cosa estaba dispuesta menos a dejarse morir de frío en lo más crudo del invierno, y tanto más a hacerlo sin usar la herramienta que quienes la contrataron la dejaron en prenda. Bien sabía que sus amos habían usado sus coplas para someter a sus adversarios a su conveniencia, bien sabía para qué usaron los contenidos de las informaciones que sonsacó a las hormigas o a los adversarios de su amos mientras parrandeó bajo el sol del grato estío y bien sabía que aquellas notas que sus amos patentaban como propias les valían jugosos beneficios, oportunidades únicas para librarse de opositores incómodos y asegurarse un porvenir de días cálidos en el invierno y con mucho aire acondicionado en el verano.

La cigarra espía no es lista. Es más, probablemente sea uno de los insectos más asquerosos y estúpidos del universo; pero, a la fuerza ahorcan, tiene buena memoria, esa misma que le sirve para aprenderse las copillas de quienes espía y almacenar datos que vende a quien le compre instrumentos y le regale vicios. Hacía frío, mucho frío, y la cigarra espía tenía hambre, tanta como para que asomara en su estupidez ciertas notas de filosofía, así como le sucediera a Rocinante; y, entonces, entre y copo y copo de nieve de la tormenta que arreciaba, cayó en la cuenta y se acordó de sus antiguos ancestros, aquéllos que sirvieron con inefable música y letras exquisitamente entretejidas a los gobiernos socialistas, y se decidió a emularlas. De algo habían de servir las experiencias heredadas. Su estupidez soberana, pues, por virtud de su memoria dio un giro prodigioso hacia la picardía, y pensó en cómo librase de aquellos amos perversos que en pleno invierno pensaban ya en contratar sus funerales para librarse de la picota mientras la señalaban con el dedo, pudiendo ver en su horizonte, si no hacía algo pronto, un porvenir de calabozos y cadenas... o una tumba anónima. Si sus amos chantajeaban con sus coplas, algunas se sabía ella que no había cantado todavía... y no sólo de los adversarios de sus amos. En las buenas horas, entonces cuando la primavera, entre copa y copa se confesaron las hormigas tramposas y le dijeron para qué querían sus canciones. Era la hora, pues que cigarra espía era, de morir cantando... o de cantando seguir viviendo.

La imagen de Amedos y Domíngueces iba y venía en su sueño, mezclándose en su rabia con Veras, Barrionuevos, Serras, Gonzáleces, Inteligencias en pleno y un matalotaje infernal de cigarras espía con maletines apostados a las puertas de las sedes de los partidos políticos o las casas de sus líderes, captando conversaciones de teléfonos móviles, asaltos nocturnos a despachos, incendios de edificios, trampas orquestadas con señoras negras de mucho corsé y algún que otro consolador como el obelisco de Buenos Aires..., y mil asuntos más, y su rabia fue creciendo, hinchándose como una pústula maligna que enceguecía su entendimiento. “¡Basta!”, dijo al fin, “A mí no me sucederá como a mi tío abuelo.” Y, al punto, avisando y coordinándose con otras cigarras espía, se reunieron en la tiniebla de una alcantarilla, pegaron espalda con espalda para protegerse del frío, y decidieron juntar sus coplas para construir un concierto que embelesara a la sociedad en pleno. “Iremos paso a paso”, arguyó la más lista, no por ser lista que no lo era, sino por ser vieja, que viene a ser casi lo mismo. Las demás, claro, aceptaron enseguida, porque así les daban a sus amos la oportunidad de arrepentirse y protegerlas, o que, en el peor de los casos, velaran por ellas los enemigos de sus amos y su invierno no fuera excesivamente riguroso, como sucediera con Amedos y otros tíos abuelos.

Dicho y hecho. Algunas coplas pretendidamente anónimas, pero que en realidad eran propias entregadas a los enemigos de sus amos para que las airearan y obtuvieran beneficio gratis, saltaron enseguida a las ondas, se vistieron de tinta en los diarios, de imágenes en las televisiones y de indignación en el Parlamento. Se reía por lo bajini el concilio de cigarras espía, y no sólo por los estertores que les producía el frío, del escándalo organizado, de los gélidos sudores de sus antiguos amos y de las voces impostadas de dignidad de sus novísimos aliados. Los antiguos amos tiritaban de pánico ante la que se les venía encima; y los otros, los nuevos, tomaban sentida revancha de aquello mismo producido por sus ancestros, que llegó a costarles mucha cárcel, mucho deshonor y hasta el poder mismo. No era traición, desde luego, eso lo sabía bien el concilio de cigarras espía, porque siempre trabajaban, al menos, para dos amos, a fin de tener distintas guitarras.

La tracamundana fue fenomenal. Las cigarras espía no son listas, sino tramposas; las cigarras espía no son un arma contra otros, sino contra todos, les contraten o les espíen, y al final, si la picardía se les despierta, son capaces de envenenar el juego de aliados y enemigos.

No; no murió de hambre la cigarra espía de este cuento. Si los ancestros pasaron algún tiempo en el cobijo templado y oscuro de algún penal (aunque fue por poco tiempo), a las de nuestro cuento enseguida les invitaron al Ritz y les regalaron toda clase de vicios, obsequiándolas sobre una lujosa mesa con mantelito blanco toda suerte de ambrosías y néctares que hubieran enloquecido a Baco. Ni cantaron siquiera: ése era el precio. Amos y adversarios, que era decir hacendosas hormigas tramposas, pagaron su penitencia y en este cuento compensaron los desvelos de todas las cigarras espía cantando y bailando para ellas, hasta que murieron de éxito... o de cansancio. La cigarra espía, por una vez y pese a su cortedad luces y a lo repugnante de su naturaleza, se vengó así de todos los cuentos.

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