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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La cigarra espía y la hormiga

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 11 de febrero de 2009, 11:29 h (CET)
Ni hay un novelista que sea original, ni un suceso que no sea un revival de alguna añeja fábula. Los humanos somos así: nos repetimos incesantemente creyendo que reinventamos el mundo o la vida, siendo que ambas son como el Lazo de Moëbius, una cinta sobre la que caminamos creyendo ir hacia delante, cuando hacemos el mismo camino de forma obsesiva y reiterada, perpetrando los mismos aciertos e idénticos errores una vez tras otra. Los novelistas, en realidad, disfrazan como personajes vulgares y contemporáneos a Era, Hermes, Júpiter, Herakles o cualesquiera otros dioses o personajes mitológicos del Olimpo o de más abajo, y los sucesos que nos conciernen ya fueron descritos y cartografiados por Esopo, Jean Marie de la Fontaine o Samaniego. Nada nuevo bajo el sol, en fin, como reiteradamente apuntaba Qohólet en ese memorable Eclesiastés que debiera ser de obligada lectura en la EGB.

Adaptaciones, nada más que eso: en eso consisten nuestros días. Durante los dos últimos decenios, en plan Midas, los gobiernos y las grandes empresas españolas se han dedicado a la liquidación de cuanto España había estado ahorrando durante siglos, convirtiendo en efímero oro los granos de trigo que fuimos acumulando las hormigas del populacho con paciencia trinitaria. Buenos tiempos para algunos en los que, cometiendo lo que a juicio de muchos ha sido la mayor estafa que vieron los siglos (sin que fiscalías, jueces o listos de ninguna índole intervinieran de oficio o de rabia), no sólo dilapidaron el tejido industrial español y nos sometieron a todos a una suerte de empleados de servicios de otros que tenían más y miraban hacia el futuro, sino que además se dedicaron en cuerpo y alma a hacer trampas por doquier, realizando regulaciones de empleo y poniendo en planta bribonas jubilaciones anticipadas de legiones de hombres y mujeres en la flor de la vida laboral y onerosos estipendios, los caules fueron sustituidos por imberbes becarios cientoeuristas. Así, ni más ni menos, ha sido la cosa.

Pero ¿qué va a hacer una hormiga a la que entregan sin piedad en los brazos de la indolencia, la desidia y la galbana?... Pues comprarse unas alas y utilizar el instrumento musical que tenga más a mano, claro, y entretenerse cantando mientras las hormigas transpiran a latigazos. Muchos de éstos, en fin, se convirtieron en cigarras. Algunos prejubilados, rehenes de cerebros vagos, se asociaron al Inserso y patean playas solariegas; otros, hartos de que su cónyuge les controlaran hasta los pensamientos, se buscaron empleos que denigrar, se colocaron en negro como los agentes comerciales y, al mismo tiempo que se liberaban del yugo conyugal por unas horas cada día y se ganaban unos eurillos para el sostenimiento de sus vicios, se fueron de tapadillo a quitarles el empleo a los comerciales de nómina y carrera, degradando a esa digna profesión hasta convertirla en el mercadillo de infames comisionistas en que ha dado; y los demás, casi todos provenientes de los Cuerpos de Seguridad del Estado, gentes a quienes los poderosos habían dejado prematuramente en los ejidos de la jubilación con una salud de hierro y una larga vida por delante, se dedicaron a espiar a sus semejantes por unos realillos que no necesitaban sino como hobby: sus haberes estaban más que asegurados. Así nació, se gestó y proliferó esta turba de cigarras espía sin escrúpulos que se entrometen y hurgan en las vidas de todos nosotros, las hormigas.

Hoy, hay un enorme lío en la Comunidad de Madrid con lo de que si Aguirre espía, si lo hace Gallardón o vaya usted a saber quién. Lo más seguro es que lo hayan hecho todos, porque aquí casi nadie se libra de las intromisiones, no sé si legales, de estas cigarras espía. Lo han hecho y lo hacen los partidos (incluso mientras gobiernan, y utilizando incluso a los agentes de la Inteligencia), lo hacen los padres a sus hijos, los periodistas a los famosos, los esposos a sus cónyuges, los empresarios a sus rivales o socios y el diablo a Dios. Aquí todos espían a todos, porque hay mucho ocio, excesivos intereses y demasiada cigarra espía en oferta y saldo. Información es poder en los tiempos que corren, y es necesario tener información sensible del enemigo, para desprestigiarlo, fastidiarlo... o quien sabe si en casos extremos..., ya se imaginarán. A algunos no nos importa demasiado. Después de todo, si cada uno de nosotros se tuviera que carear con su propia vida en pleno, ¿quién sería inocente?... Nadie, claro, no sólo porque nuestra sombra es consecuencia de nuestra luz, sino porque estas despreciables cigarras espía saben mejor que nadie hurgar en lo inconfesable y poner a la luz de los adversarios lo que no son más que ordinarias sombras, pero que adecuadamente magnificadas semejan tinieblas. Espían y fotografían a los niños, hocican en los cubos de la basura del pasado, se meten en intimidades que debieran ser inviolables, hacen trampa para obtener los resultados bancarios de sus víctimas o los datos del Fisco, ponen a la luz los flirteos de un día de mucha hormona y escaso bromuro y presentan como villano al ordinario, como criminal al inocente y como abyecto al santo. La cigarra espía es así de miserable y de esos detritus se alimenta, y quien la contrata, es aún peor. Demasiadas cigarras. Cigarras que no hacen equilibrios en los límites de la ley, sino que se lo saltan alegremente como si jugaran a la comba, tal vez empleando el confianzudo amiguismo gremial de quienes, siendo ahora hormigas al servicio del Estado, pronto serán cigarras también.

Viajo mucho por el mundo y estoy acostumbrado a mirar cada tanto a mi alrededor, por si un asalto o cosa por el estilo, en esos países tan hostiles con los extranjeros; pero eso no es nada comparado con estar en España: aquí sí que te vigilan de verdad, fotografían tu casa, a tus niños, te intervienen los teléfonos, se cuelan en tu ordenador con programas de hacker, impunemente revuelven en tus cuentas, hablan con tus vecinos, remueven tu basura y los ves ahí, disimulando, metiditos en su coche y empuñando de tanto en tanto unos prismáticos o una cámara con mucho zoom, y hasta sientes sus pasos veinte metros más atrás, ignorando ellos que su hedor de insecto inmundo les adelanta y que su baba va dejando un rastro maloliente que dibuja sin remilgos sus pérfidas intenciones. Luego, al amo que le regaló la guitarra, le cantarán tu copla para que pueda airear tu sombra y tu tiniebla, desconocedor de que importa un ardite, porque sabes que todos los mortales arrastramos cosida a nuestra luz nuestra su sombra y que no hay inocentes bajo el sol, que ya no quedan, y que entre ellos, los que contratan o los que espían, posiblemente seamos santos.

Ahora quiere ponerse luz y taquígrafos al espionaje que se han regalado mutuamente los tiburones del poder. No sé qué sacarán claro más allá de acusarse unos a otros de lo que es práctica habitual en esta fea España que están construyendo; pero si de veras quisieran arreglar este despelote y respetar lo que la Constitución canta sobre la intimidad, lo que debieran hacer es ponerse de acuerdo y habilitar un generoso presupuesto para adquirir ingentes cantidades de insecticida... y fumigar a todas esas cigarras y a quienes las contratan: ellos son, precisamente, la mítica plaga de las langostas que devora los campos de los derechos civiles en este país con derechos civiles de boquilla. A juzgar por su indeseable proliferación, vivimos tiempos apocalípticos.

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