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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Eluana

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 11 de febrero de 2009, 11:19 h (CET)
Las fotografías nos muestran la cara fresca, de rasgos muy latinos; la sonrisa de alguien complacido con la vida: la juventud de Eluana. De no ser porque el mundo se ha convertido en una suerte de corrala, de aldea o triste posada (“Una mala noche, en una mala posada”) donde todos sabemos, o creemos saber, todo de todos, y nos pensamos con derecho a opinar sobre cómo vive o actúa el prójimo, jamás habríamos visto el rostro joven de Eluana, ni habríamos oído de su triste destino.

La tragedia se nos cuela demasiado a menudo, como el viento invernal, por las rendijas de la conciencia. A veces a uno le gustaría no saber, no enterarse, no tener que hacerse una idea de situaciones que están fuera de nuestro alcance, para no tener que opinar…

¿Pero es que opinar es inevitable, sobre todo cuando se nos presenta una historia urdida de medias verdades, sutiles manipulaciones que procuran condicionar lo que sentimos?

Opinar es acaso inevitable; dar veredicto, no.

Desde hace diecisiete años ese rostro no sonríe. Eluana yace muerta en vida, sin que el tictac de su corazón decida detenerse. Ya no es aquella mujer joven, guapa y risueña que se comía el mundo. Es –y por eso sus padres han invitado a Berlusconi y al Presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, a que la visiten en la clínica- una masa inerte de huesos, piel y órganos que se alimentan por el bombeo de un excelente corazón. Todo lo demás de Eluana pertenece al recuerdo, a la memoria de sus padres, de sus amigos, de cuantos la quisieron.

No parece que ese Hugo Chávez a la europea llamado Berlusconi tenga derecho a inmiscuirse en la vida –y la muerte- de Eluana. Tampoco el Papa…; ni usted…; ni yo…

Los avances de la medicina son maravillosos si sirven para curar o paliar el dolor. Cuando son empleados para prolongarlo, no tienen sentido.

Eluana habría muerto plácidamente hace menos de cien años; cuando no existían la respiración asistida, ni la alimentación nasogástrica, ni los antibióticos. Esos métodos, que han salvado millones de vidas humanas, ¿de qué le han servido a Eluana?

Me había propuesto no juzgar una situación que me excede por completo y ante la cual me quedo sin palabras. Y ,sin embargo, no puedo evitar que me asalte una que para mí define la actitud de Berlusconi y de quienes se rasgan las vestiduras, ante la opción de que la Naturaleza –no el Hombre- ponga punto final a una agonía que dura casi veinte años: impiedad.

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