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Etiquetas:   Crítica de cómic   -   Sección:   Libros

’13, Rue del Percebe’, las entrañas de una finca, la mirada inmutable de un sastre

Herme Cerezo
Herme Cerezo
sábado, 18 de abril de 2009, 11:13 h (CET)
Desde hace apenas un par de semanas, RBA ha comenzado a publicar la colección ‘Clásicos del Humor’, dirigida por Antoni Guiral. En ella, planea recopilar un montón de historietas de los personajes que poblaron durante décadas las páginas de las publicaciones de la famosa (y extinta) Editorial Bruguera. Y esta semana, desde el jueves, está ya en los kioscos, tradicional punto de venta de los tebeos en este país y a mucha honra, el volumen dedicado a ’13, Rue del Percebe’ de Francisco Ibáñez.




Portada del cómic.


Hay muchos lectores de prensa que siempre guardan para el final lo que más les gusta. Y así reservan el hueco más sabroso de su lectura diaria para bocados selectos con los que conservar buen sabor de boca durante un rato. Por ejemplo, Manuel Rivas o Manuel Vicent que aparecen en las últimas páginas de ‘El País’ de los fines de semana o los artículos de opinión de Javier Marías en ‘El País Semanal’ suelen ser un espléndido colofón a las lecturas de los periódicos. Sí, ya sé que es mucho "País", pero la cosa viene así. Bueno, pues, con ’13, Rue del Percebe’ ocurría algo parecido. Además de ser una de las páginas de lectura más apetitosa de nuestra "infanciadolescencia", cerraba ‘Tío Vivo’, revista fundada primitivamente en 1957 por un grupo de dibujantes independientes y fagocitada y relanzada en 1961, con nuevos formatos y contenidos, por Bruguera. Lo mismo pasaba con el semanario ‘TBO’ y las célebres andanzas de ‘La familia Ulises’, que también cerraban revista hasta la semana siguiente.

Hurgando por aquí y rastreando por allá, especialmente en las webs ‘Lady Filstrup’ y ’13, Rue Bruguera’, uno se entera de que tal vez la idea original de la historieta de "la Rue" partiera no de Ibáñez sino de otro dibujante también de la casa: Manuel Vázquez (‘La familia Cebolleta’, ‘Las hermanas Gilda’, ‘Anacleto’ o ‘Angelito’). E igualmente descubre que el nombre puede provenir de una viñeta del ilustrador, cómo no también de Bruguera, Raf o, quizá, como afirma Miguel Fernández Soto en su libro ‘El mundo de Mortadelo y Filemón’ (Ed. Dolmen, 2005) del título de una película ’13, rue Madeleine’ o de una tira cómica, ’13, rue de l’espoir’ publicada en el periódico galo France-Soir desde 1959. Da igual el origen. Lo que importa son los resultados. Y lo que resulta evidente es que ’13, Rue del Percebe’ de la mano de Francisco Ibáñez alcanzó un éxito extraordinario, hasta tal punto que la presencia de la pagina se hizo patente incluso en el habla popular. "Vete a la rue", "¡Hale, hale, a la rue" o simplemente "A la rue", por no emplear algún que otro epíteto complementario rotundamente malsonante, se convirtieron en frases de uso corriente y moliente.

Y bien, ¿qué era ’13, Rue del Percebe’? Pues no era ni más ni menos que la dirección y el número de un inmueble, al que le faltaba la fachada, gracias a lo cual permitía hacer algo que a los seres humanos, en general, nos gusta mucho: fisgonear, meter la nariz, escudriñar. En efecto, carentes del tabique encubridor, quedaban al descubierto las entretelas de un montón de personajes: Manolo el moroso; el ladrón Ceferino; una señora adscrita a la inefable Liga protectora de Animales, Plantas y Bestezuelas; un veterinario; una madre y sus cinco retoños; un tendero exento de escrúpulos; la portera; doña Leonor, experta en realquileres; don Hurón, que habita una alcantarilla próxima y un inventor de monstruos, que desapareció de la serie por insinuación de la censura, sustituido por un sastre del que hablaremos luego. Semejante "encuentro de culturas" sólo podía producir situaciones disparatadas e hilarantes: realquileres en condiciones infrahumanas; estafas en el género o en el peso del colmado; animales "cenados" por su veterinario; ninguneo de acreedores a cargo del moroso mediante imaginativos recursos; torturas de adultos por parte de cinco sádicos niñitos; aparición de criaturas híbridas entre la robótica y Frankenstein y chapuceros apaños del gremio del corte y confección. La interacción de todos estos ingredientes, a pesar de lo dificultoso que resultaba generar una historia de una sola viñeta por vivienda, semana tras semana, fue el motor que dio vida a este edificio incomparable.

Con todo, ‘13, Rue del Percebe’, todavía guarda para mí un as en la manga: su característica más definitoria: los pequeños detalles. Alrededor de todas esas vidas, un conjunto de elementos ínfimos redondea y armoniza la convivencia del inmueble. Las gamberradas del avieso ratón sobre un gato pánfilo; las transformaciones funcionales (desde una atracción de feria hasta un ataúd, pasando por piso realquilado) del ascensor, arteria comunicadora de todos los pisos; árboles que crecen regados por una mano sin dueño hasta invadir alguna vivienda; la pareja de novios que, semana tras semana, buscaba piso para alquilar y poder casarse, convirtiendo su amor en una promesa eterna; los gendarmes, porque son gendarmes y no guardias, dispuestos a intervenir en cuanto se reclame su presencia ... Todos estos elementos se perciben sólo después de haber visitado puntualmente cada vivienda, de haber entendido la barbaridad semanal de cada familia o de cada inquilino, cuando la vista se regodea en las aristas más recónditas del edificio sin tapa. Extraordinarios detalles. El amigo Ibáñez se lució en ello, ¡vaya si se lució!

Ahora que ha transcurrido mucho tiempo y cuesta mucho recordar, uno tira de su memoria y rescata algún fogonazo, algún chispazo que desencadene el recuerdo completo. De ’13, Rue del Percebe’, cuya reedición sólo puedo celebrar con alborozo, siempre acude un detalle a mi memoria: el sastre del segundo derecha. Curiosamente este personaje se coló de rondón en la historieta. La censura, tan atenta ella, tan coactiva ella, tan escrupulosa ella, tan censora ella, recomendó a Bruguera y, a su vez, la editorial a Ibáñez que la figura del inventor de monstruos no era precisamente ejemplarizante, ya que como dice Antoni Guiral en su libro ‘Cuando los cómics se llamaban tebeos. La Escuela Bruguera 1945-1963’, "sólo Dios puede crear vida". Fue de este modo como, después de que la desabrida portera mostrase el piso a un montón de aspirantes – curiosamente la eterna pareja de novios no alquiló la vivienda –, un sastre se instaló en él. Pero no se trataba de un sastre cualquiera, no, qué va. La capacidad para el gag de Ibáñez no admite dudas, imaginación fecunda la suya allá donde las haya. Creo que si hubiera tenido que dibujar el fin del sastre, jamás lo habría hecho morir víctima de un infarto. Su gesto, ese gesto que recupero de mi memoria, grabado como una fotografía, es el de un tipo tranquilo, con los ojos semientornados que contempla, impertérrito, mirada inmutable, la pulcritud de las uñas de su mano derecha. A menos de un metro, el cliente de turno, inevitablemente agitado, contrariado, colérico, le está recriminando a voz en grito ("¡Le dije de pana, traje de pana y no de rana!") su pésimo trabajo. Unas veces las mangas serán largas, otras cortas o un traje carecerá de pantalones o la espalda de una chaqueta será una hoja de periódico, lo que sea. Lo bien cierto es que el sastre, con el cojín de alfileres cogido de su manga, no se inmutará y dará su mercancía por buena. Y esa inmutabilidad abarca un desprecio hacia el cliente, un pasar de todo, un "a mí me importa un bledo" que, en lugar de irritar, invita a la risa. Impagable personaje, tremendo, demoledor, inasequible al desaliento.

RBA con esta colección, snif, snif, nos ha permitido recobrar un trozo de nuestro pasado. El libro, la colección en general por ahora, está muy bien presentado. Quizá la calidad del papel pudiera ser algo mejor, pero el esfuerzo ha valido la pena. Cuentan los que de esto saben que las páginas han sido escaneadas de revistas antiguas, porque de los fotolitos originales nunca más se supo y que, por ello, los colores o se pasan de vivos o no llegan. A mí me parece que las hojas de menor calidad son las que se han editado en blanco y negro – porque así fueron publicadas en su día – y que en conjunto la cosa tiene un nivel más que aceptable, notable incluso, y que las notas introductorias de cada volumen son interesantísimas, todas ellas escritas por Antoni Guiral que de Cómic sabe un rato y de Bruguera y su escuela todavía más. Ignoro por qué no firma estas introducciones y nos tenemos que contentar con averiguar su autoría gracias a una minúscula nota que han impreso en una de las primeras páginas.

No pierdan el tiempo, mis improbables, y si su infancia transcurrió entre los años 50 y 70 del pasado siglo vayan a su kiosco. Corran y cómprense este ’13, Rue del Percebe’. Verán cómo, a pesar del tiempo transcurrido, todavía son capaces de soltar más de una carcajada. Sí, sí, carcajada. La sonrisa ya va incluida en el precio.

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’13, Rue del Percebe’ de Francisco Ibáñez. Colección Clásicos del Humor. Editorial RBA, febrero 2009. Precio: 9,95 euros.

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