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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los titiriteros usurpadores de Goya

José Luis Palomera
Redacción
lunes, 9 de febrero de 2009, 14:22 h (CET)
"El arte es crear, sin duda, y la mayor creación terrena es la vida, basándonos en estos principios incuestionables, no hay duda alguna. Los humanos somos parrandistas de vidas y artistas de muertes" -Ivanla-

Extraviado de magna urbe, transitaba yo entre las heladas y nocturnas farolas de itinerario Goyesco: Francisco Goya, si creo recordar bien, que en la gélida placa que al caminante indica la vía donde se halla, decía, “Calle Francisco Goya”.
Miré a lo largo de la calle entre los recovecos de los copos de nieve que caían, un lugar donde poder resguardarme. No tardé mucho en visualizar un portal que aprecié abierto. Una vez frente al mismo empujé la pesada puerta de madera..., y allí estaba él, aferrado a la sombra del portal, trepidando frío. Mediaba febrero y eso se nota incluso en los muertos.

-¿Puedo pasar?- pregunté.
-Pase, pase usted que siendo este portal tan grande, sin duda, dos abrigan más que uno sólo, esperanzas y calores.-
Él se movió, un paso apenas, de su lobreguez a la tenue luz
que entraba sórdida por el resquicio de la puerta. Y le vi, mejor dicho vi, su impávido esqueleto presente y su sombra casi ausente.
-¿Qué hace usted aquí, repleto de ataviado difunto?- pregunté.

-Pues verá usted- me dijo- como vengo haciendo muchos años ha, una vez los extintos vecinos me dan permiso para tomar apenas un soplo de ausencia, me echo encima mis huesos y otras quimeras de resurrección y parto sin más esqueleto que lo que usted ve con la intención de fustigar a la elitista corporación de bufones y bufonas, que sin mi consentimiento han tomado mi nombre para gratificar sus perneras, glúteos y pechos, básicas herramientas carnales éstas, de sus sátiras interpretaciones.-
-¿Y quién es usted si se puede saber?-
-Yo soy Francisco José de Goya y Lucientes..., para servirle-
-Nada de servirme, maestro- respondí inmediatamente -evocar su nombre ya halaga en mí el aroma de su Universal Arte. No dudo que si usted ya de muerto, esta terrible noche de frío padece, es que merecer bien debe, su presencia en cuestión.-
-Así es- me respondió -llevo años viniendo y ellos persisten en ignorarme.-
-¿Ellos?.., ¿Quiénes son ellos, maestro?-
-Los titiriteros, los saltimbanquis, los pollos y las pollitas que los ignorantes incapaces de pensar por sí mismos adoran, mantienen, y llaman actrices y actores del séptimo arte..., escupitajos me caen de la quijada, como puede ver usted, de sólo pensarlo.-
-Verdad era, todo escupitajo su calavera.-
-Yo que siempre- continuó -me incliné ante el Arte he de desenterrar año tras año por estas fechas mi paz entera de henchido difunto, hastiado de muerta impotencia originada por pésimos titiriteros que osan usar mi digno apellido para halagarse el metano de sus vientres. Puro metano corrompido, envasado para fétido deleite del mórbido ser humano actual que entiende por Arte la blasfemia, la vagancia, la depravación y las más ácidas lujurias.-
-Pues si que le han dado “tumba mala” estos quincalleros parrandistas- le dije.
-Así es, tiempo llevo inquiriendo que se olviden de mi nombre, que respeten mi dignidad de muerto.-
-Difícil quimera sin duda es que estos logren observarle. Usted, huero de toda carne, mientras ellos mercadean con la misma..., ya lo creo, le respondí, ya lo creo.-
Después de un mártir y lánguido asentimiento facial, que en su calavera se suponía, continuó.
-Si al menos estos poseyeran el más mínimo sentido de reflexión, se darían cuentan de lo que son, lo que hacen, y lo que producen...
Sus supinas bobadas vanas de la viva realidad únicamente engendran violencia, toda clase de violencia, incluso falta de raciocinio en aquellos muchísimos seres humanos incapaces de saber distinguir la realidad de la ficción... Hace falta ser incultos, monstruosamente incultos, para hacer de mi apellido y Arte, galardón de sus malandrinas bufonadas.
¿Quiénes creen ellos que son... para tomar de mí, Francisco José de Goya y Lucientes, apellido y nombre como epígrafe para su más preciado evento cinéfilo carnal, mancillando la memoria de los por antonomasia actores de
la vida? ... Aquellos trotamundos de antaño que iban de pueblo en pueblo levantando pasiones sin otros medios que sus manos y sus gestos. Sin más “banda sonora” que un simple organillo y por pantalla, todo el cielo hecho Arte. Aquellos artistas, artistas de vida, recibían cual mayor galardón unas pocas docenas de aplausos y alguna perras chicas para que pudieran comer en la rancia taberna del pueblo y cebar a la mula que tiraba de la carreta que llevaba casa y bártulos.
Aquellos en verdad se podían decir actores, actores de sentimientos y gozos, de lágrimas y miedos, de ilusiones y añoranzas, ellos únicamente pueden ostentar el nombre de Actores... -
-Verdad es y es verdad- respondí, entre otras cosas para que él no colmase de palabras todo el contenido de este narrado pasaje que ahora enseguida concluyo- los que hoy se conocen como actores-actrices no son otra cosa que simples parrandistas, tíos o tías muy guapos que venden sus barnizadas carnes a la vorágine del consumismo del hombre sabio, donde todo es lícito incluso destripar vísceras mientras produzca dinero, vil dinero. El ser humano actual, ilustre maestro -continué- para “crear arte” precisa de extremas aberraciones tanto éticas como carnales, siendo normalmente las más excretoras estupideces, y otras mugrientas escenificaciones cinéfilas, reflejo de la actual sociedad, las “obras” más premiadas.

-¡Bien!- Exclamó Don Francisco- veo en la opinión de usted hacer de mi ofensa su caso -me dijo.
-Pues sí- respondí- así es, pienso idénticamente como usted.-
-Verá - continuó, entre cavilaciones óseas - el año pasado, harto ya de que estos bufones usaran mi nombre decidí presentarme en el evento y exigirles que dejaran mi nombre en tumba y paz..., pero- intercedió esta vez amargo, harto amargo su verbo- nada conseguí, a nadie vi, sólo oscuridad entre un haz de luz que reflejaba sobre una tela blanca gentes en movimiento entre los cuales destacaba una mujer de carne flaca, nada que ver con la Maja Desnuda que yo pinté cual oronda y bella
Luego se encendió la luz y con ella llegaron los aplausos, a continuación la misma mujer recogía el busto que representa mi cabeza, luego lo besó gozosa de poseerme supongo... Fue horroroso, horroroso, -repitió de nuevo- ver en manos de becerras y becerros mi digna cabeza esculpida en metal...
Después de un rato de silencioso lloró- terminó por decir- yo les vi con mi mente y ni tan siquiera ellos me vieron a mí con sus miradas, supongo que incapaces de ver otras cosas que no sean sus perniles.
Si Dios me diera nada más que el justo pescuezo de carne para que mi voz se oyera, les diría:
-“Dejen de difamar mi nombre, míseros histriones del sexo fácil, violencia gratuita y vocablos apestosos. Nada de lo que ustedes hacen se asemejan a las insignes obras de mis aragonesas manos. Ustedes, no crean más arte que el de enseñar a los neófitos seres humanos, aberraciones mentales, como son la utilización de la carne de la mujer por el hombre, la sumisión, la violación y el asesinato gratuito, incluso con justificación en algunos argumentos, además de la más satánica sarta de improperios y otros vocablos merecedores de cloacas.
Ustedes, bajo excepciones, no son otra cosa que histriones mantenidos que comen y viven como los dioses a cuenta y cuento de idiotas que les procesan adoración cual divinidades con tripas “ - acabó por decir Don Francisco, sensatamente malhumorado.

-Pues mire usted por donde -le dije- yo les diría palabra por palabra todo lo dicho por usted, ilustre maestro, sin embargo, yo no soy otra cosa para ellos que un analfabeto vivo y usted un maestro muerto que no puede levantar voz, aunque la cabeza bien alta la tiene, para defender su apellido a espada y pincel, la espada mejor no decir cómo la usaría, el pincel sin duda para hacer un cuadro nuevo en lienzo de piel culera, cuyo título bien merecería ser: “Los titiriteros usurpadores de Goya”.

-Así es, amigo, así es.- me respondió con toda la certeza llena de nítidas lágrimas que yo percibí de su recio e insigne pudor cadavérico. Luego desapareció justo en el mismo momento en que yo desperté a la vida de los parrandistas humanos.

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