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Etiquetas:   Sociedad   -   Sección:   Opinión

Objetivar el cuerpo

La mujer, u hombre objeto degrada la sexualidad y una vez obtenido el placer se los humilla publicando imágenes que jamás deberían haberse hecho
Octavi Pereña
martes, 1 de marzo de 2016, 08:40 h (CET)
Creo que una mujer como Cristal Huyben piense que “la modestia siempre ha sido importante para mí, creo que la sexualidad es un don maravilloso de Dios, algo que debe protegerse, no exponerla para que todos los ojos la vean”, difícilmente podrá sentirse desolada como Terelu Campos por la posible comercialización de un video con imágenes eróticas, o avergonzada como Olvido Hormigos por la publicación de imágenes suyas que no deberían haberse colgado en Internet. Según afirma la expareja de Terelu Campos no se trata de imágenes robadas, sino fotos que le había enviado la misma madrileña hacía unos años cuando su elación iba viento en popa.

Luís Izquierdo y Celeste López comentando la moda del sexting el envío de fotos eróticas hechas por uno mismo, dicen: “Todo está en la red, su nombre, sus fotos más personales, su visión del mundo, de sí mismos, sus comentarios cotidianos más banales y también muchos muy comprometidos. Han crecido con un móvil en las manos y el mundo sin Internet les parece un mundo de segunda categoría…En la red desnudan su día a día sin pudor, exhibiendo su rutina o su estado emocional a través de explicaciones, fotografías o breves secuencias. Esta realidad no dejaría de tener una mera perspectiva sociológica si no fuese como el caso del video sexual entre menores difundido esta semana a través de las redes sociales”.

La mayoría de los protagonistas de estas imágenes que comprometen que han terminado viendo millares de personas buscan un minuto de gloria para compartir en entornos reducidos. Esta puesta en escena delante de una cámara busca también gozar de un protagonismo que normalmente no se tiene. Sin calcular los riesgos de una difusión pública, los lamentos llegan cuando el mal es irreparable y lo peor es que borrar estas imágenes es casi imposible. Que se lo pregunten a los adolescentes y celebridades que en su insensatez se han dejado fotografiar por el amor de su vida, el príncipe azul que debería llenarlas de felicidad. Cuando el amor eterno que habían jurado guardar se ha desvanecido porque otro amor lo ha sustituido, aparecen públicamente las fotografías que jamás deberían haberse hecho y, en todo caso se debería proteger la intimidad y destruirlas.

La degradación moral a la que se ha llegado ha conducido a banalizar el sexo, rebajándolo por debajo del sexo animal, convirtiéndolo en una relación de placer fruto de la objetivación del otro, el cual se convierte en un objeto de usar y tirar. Convertir a las personas en objetos es la consecuencia de que dichas personas han abandonado a Dios. La condición de las tales se hace carnal y la consecuencia de dicha carnalidad es: “Adulterio, fornicación, impureza lascivia” (Gálatas 5: 19). La voluntad de Dios es nuestra santificación: “Que nos abstengamos de la fornicación, que cada uno de nosotros sepamos poner nuestro vaso (cuerpo) en santificación y honor, no en pasión de concupiscencia como los gentiles que no conocen a Dios” (1 Tesalonicenses 4: 3-5).

El hombre actual ha perdido el entendimiento. A pesar de las consecuencias negativas de objetivar a las personas: incremento de enfermedades de transmisión sexual, rupturas conyugales que causa mucho dolor a familiares e hijos, que engendran comportamientos como el de la mujer a la que se refiere, se puede referir también al hombre, Proverbios 30:20: “El proceder de la mujer adúltera (el hombre también) es así: Come y limpia su boca y dice: no he hecho maldad”. La ducha después del sexo ilícito no limpia la impureza moral, da pie a seguirlo realizando ante la creencia de que el agua y el jabón la han limpiado. Se precisa la intervención divina para que nos haga dar cuenta de que no podemos decir: “No he hecho maldad” y nos conduzca a reconsiderar nuestros caminos: Arrepentirnos sinceramente ante Dios por el pecado cometido y no repetirlo. Si no se cambia de conducta, limitarnos a decir que nos hemos equivocado al objetivar el cuerpo ajeno no sirve de nada, seguimos alimentando la “concupiscencia como los gentiles que no conocen a Dios”.
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