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Federer no es trucha

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
sábado, 7 de febrero de 2009, 14:51 h (CET)
No, no y no. No podemos pasar de Don Juan a Juanillo. En este país, tan iconoclasta como irrespetuoso, se pasa de un extremo a otro con una alarmante facilidad. Con una pasmosa velocidad. Nos sucede en todos los órdenes de la existencia, pero en el deporte, ese laboratorio de ensayo de la vida, se da con un paroxismo crítico. Lo que hoy es blanco, mañana es negro y pasado gris. Pero lo más grande es que al otro ya es rojo.

En España, en sus medios y en sus bares, se ha venido ensalzando a Roger Federer como una figura inalcanzable del deporte de la raqueta de todos los tiempos. Nadal jamás lo batiría. Se le ha comparado con Agassi, con Lendl, con Bjork y con Sampras (y con toda justicia, pues está a un solo Grand Slam de igualar al greco-americano). Se le ha señalado como un auténtico señor de las pistas, y fuera de ellas, es el tenista que más gana en publicidad y uno de los que más gana en el mundo del deporte.

Cuando se habla de su tenis, las delicias de sus movimientos no parecían tener parangón con ningún tenista vivo o muerto. Se ha ponderado su técnica hasta la saciedad, se ha comentado la elegancia de su porte sobre cualquier superficie y la eficacia de su drive. Es, según parecía, el dios del tenis.

Bueno, pues dado el lamentable estado de la antenización por TDT, en mi domicilio no se veía La Cuatro, cadena que echaba en abierto la final del Open de Australia. Me dirigí a cierto bar, y en el momento de mayor tensión e ilusión tras el final del partido, cuando Roger Federer se deshizo en lágrimas ante la impotencia y la pena de no haber alcanzado el record de Sampras y la constatación de que nuestro Nadal es mejor que él física y mentalmente.

Exactamente, entonces, cuando el suizo creía que no podría nunca con el de Mallorca y se vino abajo, alguien comentó: “Parece que el Federer este es sospechosamente sensible, no?” Yo miré de hito en hito al parroquiano aquel, y achaqué su malévolo comentario a un exceso de patriotismo o de euforia por Nadal. Pero cual no sería mi sorpresa, cuando observo que su comentario es tomado en consideración por el resto de sus contertulios y empezaron a subir el tono de sus intervenciones. El más joven apostilló: “Sí, siempre me ha parecido que este tío arroja muchas dudas”. Y el siguiente vino a confirmar: “¿Pero no lo sabéis? Este es un delicadito”. Lejos de romper en risas malvadas o comentarios jocosos, el más mayor de ellos, que llevaba un polo de un club de tenis, añadió: “Sí, sí, es bien conocido que el Roger este es un coqueto irredento.

Vamos, que es un poco rarito”. En ese momento me preguntaba yo de que sabría el señor del polo esa información. ¿Qué contactos de alto nivel poseería aquel tipo? Pero por desgracia no me dio tiempo a seguir preguntándomelo, pues alguien, ya a voz en grito y desde la otra punta del bar, se atrevió a afirmar: “¿Pero no veis como llora? Este tío es un fino. Vamos, que tiene la rosca volteada” Ante mi creciente estupefacción, a mi otro lado, un grupo de personas ya debatían abiertamente sobre los aspectos más sórdidos de su supuesta condición. “Si, sí, que pierde aceite. Una trucha, Mariano, una trucha. Mira como llora. ¿Eso es de tíos?” A lo que el tal Mariano, el barman del antro que se había convertido en el cuartel general de la quintaesencia del macho ibérico sentenció. “¿Este? Un trucha. Ya me lo dijo mi cuñao cuando salió el suizo. ¡A Federer se le moja la canoa!”.

No pude más, pagué religiosamente y salí dando grandes zancadas, más por poner de manifiesto mi hombría al caminar que por que tuviera auténtica prisa. (No quería que se confundieran y me lapidaran) Y mientras me alejaba, reflexioné sobre cuán breve es la fama, qué corta la fortuna en la vida y en el deporte, y que pronto las cañas se tornan lanzas. Vivir para ver: en España, qué pronto un drive elegante y con clase se vuelve un golpe con loca fortuna.

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