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La pirámide y los egipcios

Ana Morilla
Ana Morilla
sábado, 7 de febrero de 2009, 14:48 h (CET)
El imperio egipcio dominó el mundo más desarrollado entre el cuarto y el primer milenio antes de nuestra era. Los avances científicos logrados bajo su influjo y supremacía cultural nos convierten en deudores de su civilización en no pocas parcelas de la vida cotidiana. Así, los egipcios, como cristianos y judíos hoy, ya adoraban a Horus, una deidad nacida el 25 de diciembre de madre virgen que tras ser denunciado por un discípulo fue asesinado para resucitar al tercer día.

Sus proverbiales avances en astrología y matemática supusieron conquistas definitivas sobre los que hoy se cimientan nuestras modernas economías real… y financiera. Además, entre otras tantas cosas, los egipcios nos regalaron el secreto de la fermentación de la cebada, y con ella la invención de la cerveza con la que milenios más tarde, pasamos mejor los malos tragos.

Pero, con todo, si hubiéramos de elegir uno solo de sus más señeros y vigentes legados tendríamos que quedarnos, claro, con sus pirámides: Keops, Kefrén, Micherinos… Madoff.

La pirámide de Madoff ya supera a la de Maslow en entradas de Google y, al incorporar la filantropía en su esquema, habremos de disculpar a los futuros alumnos de la LOGSE por confundirlas. Sobre su diseño discreto y funcional, sobre el labrado halo de exclusividad que le rodeaba o sobre los flagrantes fallos de supervisión del sistema se ha vertido mucha tinta y sus secretos nos seguirán siendo desvelados según avancen los sumarios. Como el relativo al sospechoso peso del dinero español en el montante total de la estafa, un porcentaje no indicativo del peso de la inversión nacional en el exterior, aunque tal vez sí el del “dinero epatable”; del dinero sin cultura y ansioso de retornos, del dinero de nuevos ricos, a los que Mr. Madoff se aprestó a dispensar el tratamiento de panolis-VIP.

Ha caído, pues (se ha tirado, mejor, pues se entregó él), el gran muñidor del timo, tras superar en audacia a Ponzi, su inspirador… Pero realmente ¿quién construyó el fraude en su día a día?

Un agujero negro piramidal de 50.000 M no se monta desde el despacho del gran ingeniero. Requiere la dedicación abnegada de un ejército de egipcios, colocados como muestran los viejos papiros: de perfil, con los antebrazos desplegados y ambas muñecas en torsión, casi dislocadas por el peso de las comisiones. Una codiciosa tropa no de mercaderes, sino de intermediarios a pelo. Una grey de comisionistas que, dicho sea de paso, acumulaba décadas de bonanza, a pesar de unir, en más de uno y de dos casos, a su carencia de escrúpulos la de conocimientos… aunque no la de buenos modales, trajes y apellidos, todo hay que decirlo. Ay, los egipcios. Por cierto, la tradición española llamó a quienes creía errabundos herederos de aquel lejano imperio “egipcianos”, gentilicio que con el tiempo quedó en el actual gitano.

Sucede que aunque alguno de los constructores de la estafa faraónica, como era preceptivo en el ritual, haya sido sepultado bajo sus escombros, son más los que no solo han salido indemnes del cataclismo, sino que se consideran a sí mismos meros espectadores ¡cuando no damnificados! Sencillamente, no es aceptable que quien se ha lucrado regular y sistemáticamente con comisiones superiores al 2% anual de las cantidades colocadas a terceros pase —y pose— ahora como víctima en lugar de como colaborador necesario de una estafa. El caso Madoff es la puntilla a un sangrante proceso de destrucción de valor que el macabro humor de la city define, por la condición judía de muchos de sus afectados, como un segundo holocausto. Ante él, los gobiernos y muy particularmente el nuestro, pese a la reivindicación de nuevo keynesianismo mesiánico, debiera hacer un ejercicio de discriminación para intentar que los estafadores no vuelvan a llevarse, vía impuestos o déficit público, el dinero de los estafados. No es demagogia, ni hace falta tirar mucho del cabo de las ayudas, subastas de liquidez o avales del estado para comprobar a quién está beneficiando la desbocada política fiscal (y no fiscal) del gobierno.

Malos tiempos para la gestión de fondos y peores aún para la llamada Banca Privada. Sin entrar en el caso de Lehman o en el de otros fraudes desestructurados, quien recomendó a los inversores españoles los vehículos del tal Bernie Madoff ganaba cada año —solo por ello— 13.000 millones de pesetas. Sin conocimiento, sin trabajo, sin responsabilidad.

Ningún gestor de fondos del mundo puede garantizar que vencerá —en cualquier año— al índice del mercado de referencia en el que opera. Ítem más: el cien por cien de los gestores pierde a largo plazo frente al conjunto de índices más sus comisiones. Lo mínimo que puede exigirse a estos ejecutivos de banca es que realicen el trabajo por el que cobran y la transparencia debida: cualificación profesional, horas de supervisión y due dilligence.

Hoy más que nunca, la asignatura pendiente de esa lucrativa industria pasa por encima del supuesto glamour de pertenencia a la elite y, por encima de atenciones e invitaciones, por demostrar su utilidad. Justificar sus emolumentos es tarea ardua, pero el sector debería intentar convencer, si no a la sociedad, al menos a sus clientes, de que su función de intermediación, al estilo egipcio, aporta valor. Algún valor.

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