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Productos españoles

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 5 de febrero de 2009, 10:05 h (CET)
En casos tan graves como los que nos conciernen (esta crisis que nadie en el mundo entiende o quiere explicar), la sangre debe hervir de sentido patriotismo, inflarse el aliento de banderas y, rascándonos el bolsillo a dos manos, comprar productos genuinamente españoles, de esos que nuestras patrióticas empresas fabrican en China, Turquía, India o Marruecos, adonde se las llevaron para no tener que pagar tanto como a los compatriotas españoles, escaquear resultados del fisco patrio y aumentar así su beneficio.

¡Ah, el patriotismo!... Para nosotros, las gentes de a pie, los que soportamos sobre nuestras espaldas el peso en bruto de la patria, el patriotismo es otra cosa que no tiene nada que ver con todo eso. Para nosotros —¡fíjense qué tontería!- hacer patria es conseguir lo necesario para que los compatriotas, todos los españoles, vivan cada vez mejor. Sin embargo, para los poderes patrios el patriotismo es otra cosa, y por ello mismo (o por lo que sea), consintieron que las patrióticas empresas españolas se movieran adonde los salarios eran más bajitos y los empleados más obedientes, llevándose la riqueza patria de España a los confines del planeta al mismo tiempo que con las empresas patrias que quedaban sobre esta vieja piel de toro (roja y gualda) las otras empresas se traían a famélicas legiones de extranjeros que redujeron los derechos laborales de los compatriotas patrios a esta risión que tanta risa produce. ¡Vivan los EREs patrios! ¡Vivan los patrios cierres a cal y canto por sorpresa y las indemnizaciones de baratillo (si las hay)!

¡Ah, la patria!... Buena la hizo Eneas con aquella manifestación espiritual de conveniencia que procuraba generosas donaciones sanguíneas entre sus súbditos. La patria, el patriotismo, es morir cuando el caso llega, y cantando a ser posible; la patria, el patriotismo, es sufrir en silencio cuando la hora de la crisis nos alcanza, y si es posible con una sonrisa de enfático orgullo blasonando el semblante; y la patria, el patriotismo, es sentirte extranjero en tu casa en los tiempos de bonanza, quedarte a la luna de Valencia cuando hay qué repartir y ver cómo tus hijos son sometidos a la ignominia del mileurismo y al saqueo hipotecario cuando el sol patrio luce en lo alto y los empresarios patrios y los bancos patrios y las constructoras patrias se beben los vientos por forrarse el hígado a base de bien. Luego, santa Rita, Rita...

Cuando en estos días oigo a ministros y líderes económicos hablar de arrimar el hombro, de ser patrióticos con generosa abnegación y comprar a tutiplén productos españoles, la verdad es que tengo dudas sobre de qué están hablando. La patria política sigue derrochando a base de bien, porque si les faltara subirían los impuestos, y listo; los que hicieron su agosto, todos esos empresarios de firmas Mont Blanc y todo eso, se han llevado sus dineros a otros paraísos patrios, o los han escondido bajo los ladrillos de sus mansiones sin hipotecas; y los voceros del reino, todos esos que corean como una clac los mensajes del poder, se saben dignamente pagados para que sus gritos lleguen con buen ritmo a los oídos de los patriotas que en verdad pagarán la crisis..., y los chalés..., y el caviar..., y los coches blindados..., y los despachos de lujo..., y los visos de modernidad..., y la demagogia pedestre... y todo lo que se tercie, que para eso está su patriotismo, faltaría más. Item más, es posible que, aun quitándose el mendrugo de la boca o arrancándoselo a sus hijos, adquieran con el monto que obtengan una buena tarrina de mantequilla (¡qué menos!), para lo que se les tercie a sus patrióticas autoridades.

Pronto, cuando la crisis que nos anega dé uno o dos pasos más —¡ya lo verán!-, flamearán de nuevo las banderas, enseñas y pendones patrios, editándose nuevas gestas de Conquistas, resistencias a invasores o de firmezas heroicas ante la adversidad: “los españoles nos crecemos ante el infortunio, como los toros, y morimos envistiendo”, como si lo viera. Volverán las gloriosas golondrinas... patrias, por supuesto, a colgar de nuestros balcones y televisores su trino rojo y gualda..., hasta que el viento fatal de la desgracia pase y se supere la crisis, momento en el cual nuestras autoritarias autoridades patrias, patrióticamente volverán a las andadas y consentirán que los ricos empresarios se lleven sus emporios a la Conchinchina para vendernos como español o europeo lo que está producido por esclavos, y los otros, los que queden, que se traigan a parias de toda esquina y rincón planetario para que nos bajen los humos, que no es patriótico aspirar a otra cosa que sufrimiento, dolor y sangre por la patria de todos esos de antes.

Y así está la cosa: vuelven los conmovedores gallos de las gestas patrias a ejercer inflexiones en las voces de nuestros dirigentes, hombres y mujeres de mucha patria, de mucho patriotismo y de mucho, mucho, pero mucho amor por la patria y los compatriotas. Vuelven, vuelven los arpegios del solemne sacrificio de las masas animándonos emotivamente a construir un reino de libertades (que cuando haya será para los otros), ofertando en holocausto propiciatorio la propia sangre y la de los hijos (la patria devora a sus hijos como Saturno a los suyos), su sufrimiento y, si tercia, la vida.

Nada raro, después de todo: con el imponente excedente de cemento, algunos no tienen que preocuparse más del maquillaje. ¡Eso sí que es un producto genuinamente español: la cara dura! Por mi parte, ya estoy haciendo un cursillo de Chino. El otro día me compré una prenda de Zara: “Made in Malasia”, ponía en la etiqueta. ¡Viva la patria!, ¡arriba España!..., y cuando esté bien arriba dejen caer a unos cuántos, a ser posible sin paracaídas.

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