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Etiquetas:   Cultura   Historia   -   Sección:   Opinión

Un tren en vía muerta

Alguno hay en España en estos momentos, intentando jugar un papel que la ciudadanía no adivina a saber realmente cual es
César Valdeolmillos
sábado, 27 de febrero de 2016, 02:31 h (CET)
El tren de las ideas en España, es un convoy que hace ya más de doscientos años que se encuentra en vía muerta.

Don Marcelino Menéndez y Pelayo, hace la friolera de 162, años en su Historia de los heterodoxos españoles y en relación con los progresistas de aquel entonces, dejaba escrito:

“No hubieran triunfado en la revolución del 54 los progresistas sin la ayuda de varios jefes militares y de muchos tránsfugas moderados y de otras artes, que constituyeron el partido llamado de la Unión Liberal, partido sin doctrina, como es muy frecuente en España”.

Alguno hay en España en estos momentos, intentando jugar un papel que la ciudadanía no adivina a saber realmente cual es.

Y añadía don Marcelino:

“Principios nuevos no trajo aquella revolución ninguno, ni fue en suma sino uno de tantos motines, más afortunados y más grande que otros. Con todo, en aquel bienio empezaron a florecer las esperanzas de una bandería más radical, que iba reclutando sus individuos entre la juventud salida de las cátedras de los ideólogos y de los economistas. Llamáronse demócratas; reclamaban los derechos del pueblo, en el único país en que no habían sido negados nunca; clamaban contra la tiranía de las clases superiores, en la tierra más igualitaria de Europa; contra la aristocracia, en una nación donde la aristocracia está muerta como poder político desde el siglo XVI y donde ni siquiera conserva ya el prestigio que da la propiedad de la tierra”.

Añadía el catedrático español nominado al Nobel de literatura que:

“El tipo del demócrata de cátedra, tal como estuvo saliendo de nuestras aulas desde 1854 a 1868 no ha de confundirse con el demagogo cantonalista, especie de forajido político, que nunca se ha matriculado en ninguna universidad ni ha sido socio de ningún ateneo. El demócrata de cátedra, cuando no toma sus ideales políticos por oficio o modus vivendi, es un ser tan cándido como los que en otro tiempo peroraban en los colegios contra la tiranía de Pisístrato o de Tiberio. Para él, el rey, todo rey, es siempre el tirano, al que hay que eliminar, curando así de plano todos los males de la república”.

“Los progresistas viejos se encontraron sorprendidos en 1854 ante aquel raudal de oscura sapiencia. Por primera vez se veían sobrepujados en materia de liberalismo, tratados casi de retrógrados y envueltos además en un laberinto de palabras económicas, sociológicas, biológicas, etc., etc., que así entendían ellos como si les hablasen en lengua hebraica. ¡Qué sorpresa para los que habían creído hasta entonces que la libertad consistía sencillamente en matar curas y repartir fusiles a los patriotas! ¡Cómo se quedarían cuando Pi y Margall salió proclamándose panteísta en su libro de La reacción y la revolución!

Pero de todas suertes, los progresistas mandaban, y no querían darse por muertos ni por anticuados. En estas cosas de panteísmo y de economía política, les ganarían otras, pero ¡lo que es a entenderse con los obispos, eso no! … El concordato quedó roto de hecho, cerrada la Nunciatura, restablecida la teología en las universidades, suspendida la provisión de prebendas. Se dieron los pasaportes al nuncio. Se deportó a los jesuitas, se desterró al obispo de Urgel y hasta se prohibieron las procesiones en las calles”.

A mayor abundamiento, el historiador Pío Moa añade:

“Con el diputado Sr. Batllés, pidiendo la ruptura del concordato, la supresión de fiestas y el matrimonio civil, acabó de completarse el universal descrédito de aquellas Cortes reformadoras,

En este contexto fueron convocadas Cortes Constituyentes que, una vez celebradas en noviembre de ese mismo año, no hicieron sino profundizar en la legislación liberal que había sido interrumpida diez años atrás por el moderantismo. Las fuerzas progresistas, crecidas ante el éxito popular y legislativo, se embarcaron en la redacción de una Constitución (non nata, pues no llegó a promulgarse ni a entrar en vigor) que respondía al ideario progresista.

Y en tanto que así, hiriendo sistemáticamente el sentimiento católico, el sentimiento nacional y el sentimiento de la justicia, se ahuyentaba cualquier posibilidad de entendimiento…, proseguía desatándose el espíritu revolucionario en la prensa, en la cátedra, en la tribuna, levantando ya francamente bandera antidinástica los progresistas y bandera antimonárquica los demócratas. Estos no habían perdido el tiempo desde 1854. Pi y Margall, popularizando el sistema federativo, y así hasta que la revolución de 1868 provocara el destronamiento de la reina Isabel II y el inicio del conocido como Sexenio Democrático”, cuyo desarrollo tiene también para contar.

No sé si por lo que me ha demostrado la experiencia de los años, no sé si por mi inclinación a ser más un aprendiz del saber que un maestro de la ignorancia, todo esto que ocurría hace más de 150 años, me suena tan próximo… tan inmediato… tan de hoy mismo…

1- Marcelino Menéndez Pelayo. Escritor, filólogo, crítico literario e historiador de las ideas español. Consagrado fundamentalmente y con extraordinaria erudición reconstructiva a la historia de las ideas, la interpretación crítica y la historiografía de la Estética, la literatura española e hispanoamericana y a la filología hispánica en general, aunque también fue político, cultivó la poesía, la traducción y la filosofía. Hermano del escritor Enrique Menéndez Pelayo. Fue nominado al Premio Nobel de Literatura. Miembro de las Reales Academias de Ciencias Morales y Políticas, de la Lengua Española, de la Historia y de la de Bellas Artes de San Fernando.
2- Luis Pío Moa Rodríguez. Articulista y escritor español, especializado en temas históricos relacionados con la Segunda República Española, la Guerra Civil Española, el franquismo y los movimientos políticos de ese período.
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