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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

El Gran Guayomin, el Gran Falangista

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 5 de febrero de 2009, 09:28 h (CET)
Lo que menos me gusta del Gran Guayomin no es que se llame Gran Guayomin pudiendo llamarse Gran Castilla o Magna Grecia. Vaya tontería buscarse un nombre en extranjero para... ¿para qué? Esto ya lo solucionó Miguel Ríos hace varios decenios cuando pretendieron obligarle a llamarse Mike Rios y se negó. Pero Guayomin se sigue llamando Guayomin ya en el siglo XXI, aunque se llame José Miguel Monzón, mesetario nombre del que bien podría sentirse más orgulloso. Será que Miguel Ríos es un moderno al lado del Monzón este.

Pero ya digo que lo peor de Guayomin no es que se llame Guayomin. Lo peor de
este tipo de gente es lo pesaos y sectarios que se hacen, se parecen
extraordinariamente a unos de la Falange con los que compartí cinco o seis
horas de viaje en una lejana ocasión. Sólo admiten la más estricta
fidelidad, la más rigurosa adhesión, la más absoluta afección. Aquellos
falangistas podrían pasar por las armas a todo el que respirara
desacompasado. La peripatética troupe zapaterista encabezada por los restos
de la familia Bardem resulta ser exactamente igual de cargante, igual de
fascista, igual de despectiva para quienes nos empeñamos en no vestir el
uniforme oficial, para quienes nos ciscamos en los becerros de oro
oficiales, para quienes nos acordamos de la madre de los que se empeñan en
hacernos pensar como ellos quieren que pensemos.

Estos personajillos tan orgullosos como vacuos, tan pagados de sí mismos
como hueros, tan orondos como insustanciales, se consideran los reyes de la
Creación ("civil", por supuesto) porque una sociedad zafia, sanchopancesca,
acomodaticia, con la barriga llena y la cabeza vacía, inculta, barriobajera
y cuya inactividad cerebral les lleva a inyectarse en vena con devoción de
militante neocatecúmeno programas como los del Gran Guayomin, les ha
encumbrado a los altares de la modernidad.

A esta clientela ignorante que los adora a pesar de no ir jamás al cine; a
este público zarrapastroso que los persigue a pesar de no leer jamás un
periódico; a estos acólitos de la ineptitud cuyas limitaciones culturales
quedan deslumbradas por el cartón piedra de este Jólivuz casposo y ruin que
es el mundo del espectáculo español; a esta muchedumbre cuyo atraso
formativo alimenta física y anímicamente a estos falangistas de izquierdas;
a esta recua de conciencias adormecidas que sigue con interés baboseante las
peripecias de estos histriónicos espíritus dictatoriales no le importa la
intransigencia de este falangismo de izquierdas, lo aplauden como si en ello
les fuera la vida.
En su aturdimiento mental confunden "progre" con "izquierda", "imposición
cultural" con "modernidad" y "comportamiento barriobajero" con
"desinhibición". De esta humillante forma siguen la estela de la
"hipo-gresía" mediática, creyendo que profesar la estulticia, la vanidad y
el egoísmo que a cierta farándula distinguen les llevará algún feliz día a
olvidar su triste vida gris repleta de esperanzas fracasadas y anhelos
incumplidos.
A éstos vasallos de lo políticamente correcto, que han olvidado que una vez
fueron seres humanos dotados de discernimiento, capacidad de decisión y
voluntad propios, les parece divertida la intransigencia "granguayominiana"
o "bardemiana" ante los descarriados que no seguimos su militancia
falangista, les retroalimenta su intolerancia ante aquellos que nos
atrevemos a desafiar su infalibilidad de papas laicos de la modernidad del
siglo XIX. Sólo admiten la más estricta fidelidad, la más rigurosa adhesión,
la más absoluta afección sin darse cuenta de que intolerancia e
intransigencia son armas esencialmente fascistas (y estalinistas también)
aunque se disfracen con el vestido oficial del progre reino zapateril.

Como les advertí lo que menos me gusta del Gran Guayomin no es que se llame
Guayomin pudiendo llamarse Gran Castilla o Magna Grecia. Pero ello no quita
que los de Intereconomía sean unos pringaos a los que han pillado en una
broma infantil.
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