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Los cristianos en la iglesia

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 5 de febrero de 2009, 09:28 h (CET)
Me entristece ver que hay cristianos que se declaran partidarios de Jesús pero critican y atacan constantemente a la Iglesia. Para ellos la Iglesia es una institución de poder que oscurece y deforma el mensaje de Jesús, a la que hay que combatir y criticar sin descanso. Pienso que anda extraviados sin entender la naturaleza y el misterio de la Iglesia.

Cuando Jesús resucitado se aparece a Pablo, el fariseo que quiere acabar con los seguidores del Crucificado, en el camino de Damasco, no le pregunta por qué persigue a sus discípulos, sino por qué lo persigue a Él. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pablo entiende que entre Jesús y sus seguidores, la iglesia que nace de su muerte y resurrección, hay una unidad misteriosa cuya naturaleza tratará de explicar a las comunidades que va formando.

Jesús habló de su Iglesia con un edificio levantado por Él mismo sobre la piedra de Pedro. Pablo desarrollará esta idea de edificio en su carta a los de Éfeso para explicar que la Iglesia edificada por los apóstoles sobre la piedra angular que es el mismo Cristo, se va formando por todos los fieles que entran en ella como piedras vivas, para ser por medio del Espíritu Santo, el templo de Dios.

Para los de Corinto Pablo compara la Iglesia con el Cuerpo mismo de Cristo. Jesús es la cabeza y los cristianos los miembros de este Cuerpo que viven su misma vida a través de la Eucaristía. Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Cristo. Como miembros de ese Cuerpo ocupamos un lugar en la Iglesia. Si no queremos estar en la Iglesia tampoco estaremos unidos a Jesús, ya que su presencia real y el anuncio del evangelio a través del tiempo y del mundo en su integridad se realiza en la Iglesia.

Cuando Pablo escribe a los de Éfeso sobre el matrimonio aprovecha la ocasión para hablar de la Iglesia como Esposa de Cristo. El mismo Jesús se había comparado con el novio, con el esposo. Cuando los fariseos le reprochan a Jesús que sus discípulos no ayunan como hacían los de Juan el Bautista, le responde que mientras el novio está con ellos no tienen que ayunar. En el Antiguo Testamento el amor de Dios a su pueblo se presenta muchas veces como amor esponsal. El amor de Cristo a su Iglesia por la que entregó su vida y la regeneró con el agua y la palabra, muestra una vez más la íntima unión que existe entre Jesús y su Iglesia.

No se pueden separar las dos realidades, Jesús y la Iglesia. Rechazar la Iglesia invocando a Jesús me parece un dislate que no se sostiene. Cuando confesamos nuestra fe decimos que creemos en la Iglesia. Quien no crea en ella no comparte nuestra fe.

Pero si la Iglesia es santa porque tiene por cabeza a Cristo y está vivificada por el Espíritu Santo, los que formamos parte de ella no lo somos. Cada vez que asistimos a la Eucaristía tenemos que comenzar confesando nuestros pecados y arrepintiéndonos de ellos, aunque es posible que muchos lo hagamos de forma rutinaria e incluso hayamos perdido conciencia de que somos pecadores, necesitados de perdón y misericordia. Lo mismo cuando rezamos el Padre nuestro pedimos perdón de nuestras ofensas y en el avemaría pedimos la protección de la Virgen alegando nuestro pobre título de pecadores.

Formamos parte de una Iglesia santa, pero todos somos pecadores a quienes se nos ofrece el regalo del perdón y la misericordia. Si nos critican por nuestra falta de coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, tenemos que aceptarlo. Pero los que merecen el reproche y la crítica somos las personas, individualmente consideradas, pero no la Iglesia que nos urge a amarnos, a amar a nuestros enemigos, a servir a todos, a anunciar la buena noticia de que Dios nos ama y nos regala su perdón.

Quisiera animar a los cristianos a amar a la Iglesia apasionadamente y a seguir a Jesús con fidelidad, y que las ocurrencias de los que atacan a la Iglesia no hagan vacilar nuestra fe.

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