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Las lágrimas de un campeón

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 4 de febrero de 2009, 13:01 h (CET)
Hay deportistas que marcan épocas, y rara es la vez en que este honor se lo reparten dos, dentro de una misma disciplina. Ese es el caso actual del tenis, con dos jugadores que convierten cada enfrentamiento en una lucha sin cuartel, convirtiendo cada tanto en un instante inolvidable. Y es por ello que debemos sentirnos dichosos. El domingo asistimos a la enésima final entre Rafa Nadal y Roger Federer, en esta ocasión con Australia como escenario, y volvimos a sentir cómo las 4 horas y media de juego pasaban casi sin darnos cuenta. Y ese fugaz paso del tiempo siempre ha sido buena señal.

A decir verdad, en los últimos tiempos estos dos magníficos deportistas nos han brindado bellísimas batallas, en las que ambos han llegado al límite de sus fuerzas, en esa loable lucha por lograr la victoria. Y también nos han regalado un buen número de imágenes para el recuerdo. Pero, muy posiblemente, una imagen de esa última final será la que nos quede durante más tiempo en la memoria. Las lágrimas del tenista suizo, tras ver cómo su enésimo épico esfuerzo ante Nadal quedaba de nuevo desactivado por el mallorquín, demuestran que Federer es, no solo uno de los mejores tenistas de todos los tiempos (quizá el mejor), sino que es asimismo ese buen tipo que todos pensábamos que era.

Dicen que la cara es el reflejo del alma, y en este caso (y aún sin demostración oficial de la existencia de dicha alma, aunque tampoco importe demasiado) lo que sí podemos confirmar es que, en efecto, Roger es la clase de persona a quien cualquiera dejaría entrar en su casa, y hasta le daría las llaves. Al margen, claro, de que se trate de un tenista excepcional, que lo es, y el jugador con más clase de la historia de este deporte. Ese día, y como casi siempre, se vieron las caras los dos tenistas más en forma del circuito profesional y que, de no mediar una hecatombe de por medio, seguirán luchando muchos años por cada torneo en el que participen: los 27 años de Federer y los 22 de Nadal así lo auguran. Además, hoy por hoy, nadie está a la altura de ellos, y jugadores como Djokovic o Murray han demostrado, a partes iguales, su calidad y también su irregularidad.

Porque no solo se trata de ser un extraordinario tenista, sino de ser regular y estar siempre luchando por los títulos. Y eso solo lo cumplen ellos en la actualidad, aunque sea con estilos bien diferentes. Nadal es la fuerza bruta, la capacidad física, la extenuación. Pero, sobre todo, es la fortaleza mental más dura que se haya visto en un deportista. Federer es otra cosa: es la clase, la elegancia, la precisión. Un jugador extraordinario que, al margen de los títulos que alcance al final de su carrera, pasará a la historia de este deporte como el ejemplo de tenista más completo, y el más cercano a la perfección. Y eso es algo que, al igual que en el caso de Nadal, o lo llevas en los genes, o mejor te dedicas a otra cosa: no se aprende en ninguna parte.

La cuenta atrás para la próxima batalla ha comenzado, y desde ahora sabemos ya que será otra prueba de que nos encontramos ante dos tenistas que han entrado en la historia del deporte por la puerta grande. Y que en esa próxima cita poco importará en el fondo quién gane, y que al final veamos lágrimas en los ojos de Roger, y a Rafa morder el trofeo; o, por el contrario, al mallorquín felicitar a su amigo, y al suizo recuperar su habitual sonrisa. Y es que debemos estar orgullosos de contar con dos deportistas extraordinarios, que además (y esto es lo más importante) también lo son como personas. Nadal, mostrando siempre su respeto y admiración por su eterno rival. Federer, regalándonos esas honestas lágrimas que demuestran lo que alguien que lo ha ganado todo siente al llegar la hora de la derrota.

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