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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Lesa justicia

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 4 de febrero de 2009, 11:35 h (CET)
Cuando la autoridad moral no existe; cuando quien arguye que lo que decreta e impone por la fuerza es por el bien común, aunque sea forzando, torciendo la voluntad del que disiente, se cae en un totalitarismo que, como tal, abomina del debate, del diálogo, del intercambio de ideas. El penoso panorama de la política española ha cerrado con mala prosa –la del leguleyo- el que parece ser, de momento, el último capítulo de una mala historia: la que ha enfrentado a unos padres que luchan por que sus hijos no sean adoctrinados, imbuidos del “pensamiento único”que se intenta imponer desde el Poder, sino que se vayan formando conforme a una tradición, a un estilo de vida, que ellos están en su perfecto derecho de adoptar.

Durante los meses que ha durado la polémica, se ha escuchado de todo; pero acaso lo que ha llamado más la atención es la desproporción entre quienes buscaron refugio en la objeción de conciencia para no tener que comulgar con ruedas de molino, y los que desde el poder trataron de vejar y ridiculizar una opción que es tan legítima como la de negarse a empuñar un arma. El monstruo de Hobbes ha lanzado su fuego, achicharrando un derecho que, paradójicamente, ampara nuestra tan traída y llevada Constitución. Y no pasa nada porque, en realidad, la Constitución sirve de muy poco.

Los “iluminados de siempre” (políticos del partido en el poder, periodistas del pesebre, los que defienden a ultranza la dictadura de la progresía) trataron de explicar que los programas de estudio no son debatibles, ya que si las asignaturas pudieran aceptarse o no según unos eventuales principios morales, no habría modo de evitar el caos en la escuela. Enorme falacia (esto es: mentira con apariencia de verdad) porque equivale a decir que las matemáticas, las ciencias naturales, la gramática o la física son materias equiparables a las normas de conducta; lo que antaño se llamaba “urbanidad”.

El Principio de Arquímedes, la Ley de la Gravitación Universal o la Teoría de la Relatividad, parecen ser menos aptas como objeto de controversia que el darwinismo, el estructuralismo o las teorías de Freud, pero aun así no parece muy probable que un grupo de padres cicateros vaya a escudarse en el derecho a la objeción de conciencia para que sus hijos no aprendan lo que es el “principio de causalidad” o la sublimación de los gases.

La rimbombante Educación para la Ciudadanía es, en tardoprogre, lo que fue la Formación del Espíritu Nacional durante el franquismo: un intento de manipular las mentes tiernas, de hacerlas dóciles y sumisas al Sistema. No se trata de enseñar los principios constitucionales, los valores de la democracia, el respeto a los derechos humanos –aunque todo esto se incluya, como no podía ser menos, para disimular lo que en realidad se desea transmitir- sino de extraer de raíz cualquier fundamento moral que pueda ser inspirado en la fe cristiana.

Este sutil proceso de enajenación de un derecho tan obvio –que los padres puedan elegir el tipo de orientación ética que desean para sus hijos- persigue encorsetar, troquelar, imprimir el carácter de las personas, condicionando decisivamente su conducta.

El Estado es un mal tutor; nunca podrá sustituir a la familia en un negociado donde se redactan leyes, decretos (papel) que pasados unos años carecerán de valor. Y, sin embargo, es tal el daño que se puede ocasionar a toda una generación, que su implantación por medio de un “ucase” repugna a la conciencia; con independencia de las ideas políticas o de las creencias religiosas que cada cual profese.

Resulta incomprensible la reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre los casos de objeción de conciencia a la asignatura en cuestión. Se ha pronunciado sólo sobre cuatro, pero es fácil prever que la decisión del Alto Tribunal creará jurisprudencia.

La lucha de los padres objetores se convierte en resistencia numantina.

Y los que amamos la libertad deberíamos desearles mucha suerte.

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