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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

La deriva de Rajoy

Domingo Delgado
Domingo Delgado
martes, 3 de febrero de 2009, 13:20 h (CET)
Desde que Mariano Rajoy perdiera su segunda cita electoral, su liderazgo en el Partido Popular es algo cuestionado entre bambalinas, pues oficialmente todos reconocen que se ponen a disposición de su líder nacional. Y así lo escenificaron en el genuino congreso nacional celebrado en Valencia, donde los compromisarios convinieron en proclamar de nuevo a Rajoy.

No obstante, esa última decisión parece que no estuvo exenta de “maniobras del aparato”, por un lado, y por otro, de la escasa convicción de los votantes en forma de compromisarios, la mayoría de los cuales, asumían vicarialmente la consigna.

Desde que Aznar desvelara el secreto de su “cuaderno azul”, que no era ni más ni menos que su “soberana decisión” de ser sucedido personalmente por Rajoy, todo lo demás ha sido una escenificación “aparentemente democrática” de un acto antidemocrático. Pues sabido es que aunque fuera refrendado posteriormente por los órganos del partido, era un candidato impuesto jerárquicamente por el jefe, en vez de ser el candidato del partido, elegido democráticamente por las bases –que no es lo mismo que los compromisarios-.

Evidentemente, tal hecho no hizo sino presentar una fractura entre los distintos aspirantes a la sucesión de Aznar, y con ello, los grupos y equipos de unos y otros, larvándose luchas intestinas, por la frustración de no haber tenido siquiera opción de presentarse a una elección democrática, y pública. Y cuando algo así sucede, el germen de la discordia está sembrado, máxime si no se alcanzan los objetivos esperados por el elegido. Pues aunque los resultados electorales hubieran sido igualmente desfavorables para el candidato, si este hubiera surgido de una voluntad clara de las urnas de la militancia del PP, su legitimidad en el liderazgo no se hubiera cuestionado de forma tan decisiva como se está cuestionando. Máxime con los movimientos torpes que le han caracterizado, al desprenderse de colaboradores inmediatos –tras los últimos resultados electorales- como Zaplana, Acebes, o incluso prescindir de María San Gil. Y lo que es peor, relevarles por personas de segunda fila como Soraya Saénz de Santamaría, o Dolores de Cospedal. Esta última designación para la Secretaría General, no sólo fue un error estratégico sino una “bofetada sin manos” al PP de Levante (Murcia y Valencia), que tan victoriosos resultados habían obtenido, frente al personal fracaso de Cospedal en Castilla- La Mancha, pero sin embargo accedía a un cargo de capital importancia política en el PP una persona que cuestionaría una de las políticas señeras del Levante español (los trasvases). ¿Así le pagó Rajoy los éxitos electorales a Valcárcel y a Camps?.

Esos incomprensibles movimientos de Rajoy le hicieron granjearse más enemistades, pese a parecer un buen hombre, moderado, e incluso haber demostrado ser un gran parlamentario y un buen ministro. Pero eso por sí solo no le ha garantizado ser un buen líder de la oposición. Y es que como refiere el “principio de Peter”: ser un buen mecánico no ha de suponer que se sea un buen jefe de taller.
Así que la conjunción de fuerzas internas en el PP, actualmente difusas, en forma de “baronías del aparato genovés”, y “baronías periféricas”, empiezan a activarse, para tomar posiciones ante la flojedad del líder, dando lugar a “guerras fratricidas” como el nuevo episodio de confrontación entre Aguirre y Gallardón –que fue incapaz de solucionar Rajoy-, y que está poniendo de manifiesto el lamentable espectáculo de confrontación por el poder tribal, que Cospedal se ve incapaz de acotar, y que está dilapidando el escaso crédito ganado por Rajoy en una crisis económica brutal, en la que el principal partido de la oposición debería estar más atento a la solución del problema de los españoles que de los intereses de “casta” partidista.

De todo lo cual, creo que se puede desprender una lección, en relación a los procesos internos de formación de la voluntad de los partidos políticos, que no es bueno que se adulteren, edulcolorando sus resultados con una apariencia democrática, cuando han evitado el debate interno y la conformación de la mayoría necesaria en torno a un liderazgo vital, pues los resultados están a la vista. Si la confrontación interna no se encauza adecuadamente, acaba saliendo en forma de “aguas residuales”.

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