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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los toros van a la universidad

Julio Ortega (Vigo)
Redacción
lunes, 2 de febrero de 2009, 09:23 h (CET)
La educación es un concepto muy amplio y que puede definirse de diferentes modos pero, sea cual sea la descripción de la misma que escojamos, hay una serie de factores invariables y necesarios que deben ser contemplados para no desvirtuar su naturaleza. Me refiero a aquellos que la entienden como un proceso para la transmisión no sólo de conocimientos, sino también de valores y costumbres que permitan asimilar normas de conducta orientadas a la socialización, esto es, el aprendizaje e interiorización de pautas y principios para vivir en Sociedad y siempre basados en el respeto a los demás.

Pues bien, parece que desde una Universidad, un Centro Educacional dedicado a la enseñanza en su grado superior, están desde hace unos meses “marcando paquete” en detrimento del cerebro y tratando de enmudecer la inmortal voz de Aristóteles al ritmo de pasodobles, descabellando sin el menor rubor el pensamiento del filósofo griego cuando hace más de dos mil años afirmó que: “La Educación consiste en dirigir los sentimientos de placer y dolor hacia el orden ético”.

La Institución que está llevando a cabo una acción tan indigna es la Universidad a Distancia en su Centro Asociado de Guadalajara y el motivo, un Ciclo de Conferencias que comenzaron en Noviembre del pasado año y finalizarán en Mayo de 2009. El título de las charlas formativas coincide plenamente con el espíritu que debe impregnar el proceso educativo: “Valor y valores”. El ámbito en que se desarrollan ambas nociones en estas jornadas universitarias constituye una estocada rastrera y sangrante asestada al mismo: “Ponencias taurinas”.

Así entramos entre sorprendidos, desengañados y asqueados en el mundo del esperpento. El lugar concebido para hacer del conocimiento la más preciada de las herramientas al servicio no sólo del hombre, sino del entorno en el que transcurre su existencia, lo vemos convertido en plataforma de apoyo y difusión de la estulticia y de la miseria humana. Un engendro en el que se confunden cultura y atraso, donde conviven respeto y desprecio, ética y ruindad, humanismo y antropocentrismo, libros y atavismos, palabras y espadas, formación y deformación, o lo que es lo mismo: educación y tauromaquia. Las aulas transformadas en la arena mil veces empapada por el vómito y la sangre de una criatura agonizante; los docentes enfundados en trajes de luces y los alumnos, aprendices de bestias pero no es su acepción de animales sino en la referida a seres humanos, que es la más terrible y vergonzosa.

Supongo que esas mentes lóbregas en las que se aposenta el más absoluto desdén hacia la vida de otros, esos personajes mediocres y dañinos que hallan placer en lo que provoca repulsión a la mayoría, esas lacras de la Sociedad en forma de personas cuya existencia gira en torno a un culto a la muerte (de otros), capaces de utilizar cualquier argumento por falso o mezquino que sea para defender dicho comportamiento sádico y verdaderos adictos a la crueldad y a la violencia, supongo, decía, que estarán muy ufanos y orgullosos comprobando cómo en esta ocasión, su conducta brutal está amparada y divulgada desde un Foro tan influyente como es la Universidad.

Me causa una tristeza infinita comprobar que aquel lugar que en tantas ocasiones ha sido pionero en la lucha social y en la defensa de los derechos, del que surgieron movimientos y voces de protesta en contra de totalitarismos e injusticias, que a menudo se puso del lado de las minorías y en el que algunos dejaron hasta la vida, convertidos en mártires, en héroes, en adalides de la libertad que pagaron un precio muy alto por su compromiso, hoy y al menos en el caso de la UNED de Guadalajara, ha degenerado hasta el punto de mudar en antro tabernario donde la ferocidad y el ensañamiento quieren cobrar categoría de disciplina académica.

Es de sobre conocido como a lo largo de la Historia, los mayores brutos que en Ella han sido han tratado a menudo de enmascarar sus delirios y excesos tras una más que calculada legitimación cultural o didáctica. No se escapan a esa estrategia ladina los taurófilos que no dudan en justificar la tortura y el crimen cometidos sobre animales por mor de la diversión, a través de las aptitudes literarias, pictóricas, musicales o de cualquier otra manifestación artística de aquellos que las han poseído y al tiempo, han mostrado inclinaciones tauromáquicas. Pero semejante táctica, que representa una tortuosa bufonada para hacernos bailar al son de un “trágala” sangriento, no puede al fin negar una realidad que ha de resultar intolerable a quien escoja la razón y la justicia como normas ineludibles en su comportamiento: que la tauromaquia significa el sometimiento, suplicio y muerte de un animal a manos del hombre, lo que convierte a éste último en la única especie que martiriza y mata por delectación y entretenimiento. Si a este encanallamiento de la conducta le sumamos el hecho de ser racionales, el resultado es que ciertos hombres son como una metástasis en las Sociedad, tratando de extender en la misma la enfermedad que les corroe juicio y sensibilidad.

Cuando la Universidad se presta a una mascarada sanguinaria y lacerante como esta, cuando pretende elevar el sufrimiento gratuito e inútil de seres vivos a la condición de erudición, es el momento en el que con tristeza nos damos cuenta de que la miseria moral no hace distingos a la hora de escoger donde habitar, siendo igualmente huésped de letrados que de analfabetos, de potentados que de menesterosos, de monosabios que de rectores.

La UNED en su Centro Asociado de Guadalajara se está transformando durante seis meses en un patíbulo donde ajusticiar a la ilustración, en un auto de fe en el que arden la cordura y el sentido de la justicia, en un ruedo donde con alfileres clavados en sus testículos, con sustancias irritantes impregnadas en sus ojos, sus pulmones atravesados, sus vísceras desgarradas, sus vértebras tronzadas, su médula seccionada, con múltiples heridas por la que brota la sangre y entre estertores agónicos, es martirizado y asesinado una y otra vez, seis cada tarde en mil plazas diferentes y un día tras otro el gran Aristóteles y con él, todos los que creíamos que la Universidad jamás podría prestarse a ser un vehículo de transmisión de la sinrazón, de la crueldad, de la violencia, de la injusticia y de la muerte como espectáculo, todos ellos ingredientes de la tauromaquia.

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