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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Lo dijo Blas...

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 31 de enero de 2009, 08:14 h (CET)
Y punto redondo. Lo recordarán, es una coletilla con la que se solían cerrar las afirmaciones alguna persona con pretensiones o fama de “enterao”, y que difícilmente admitía la posibilidad de que se mantuviera otra opinión distinta a la suya; y, mucho menos, de que se le llevara la contraria. “Lo dijo Blas, y punto redondo”. Con ello, se ponía de relieve, también, su carácter poco dado al diálogo y a la tolerancia. Era preciso admitir sus puntos de vista, casi, como verdades absolutas, y una vez emitidas, ¡a otra cosa, mariposa!... lo oportuno era cambiar de tema a favor de la paz coloquial.

Algo de esto ha venido a traer la sentencia del Tribunal Supremo en la disputa a propósito de la “epc”, o al menos así se deduce de la avasalladora actitud de la peluchona ministra Cabrera Calvo-Sotelo, empeñada en que ni se discuta, desgañitándose, que dicha epc es una asignatura más dentro del programa escolar. En un ramalazo de sencillez hay que agradecerle que no haya dicho que, también, es la más importante de todas, como solía ocurrir, en tiempos, entre algunos catedráticos de la Facultad de Medicina de Zaragoza. Sabe muy bien, con ZP y su corte “progre”, que la “laicidad” se la están jugando en los pupitres, y con que se estudie, le basta. Otra cosa es que se aprenda.

Con la educación para la ciudadanía ocurre, salvando las distancias, como con la Historia: No hay historia inocente y menos en épocas tan crispadas y polarizadas como la nuestra, pero hay mucha historia. Y esta última sólo puede ser accesible y útil para la mayoría si está bien descrita, documentada e ilustrada. Es posible escribir una historia que no juzgue ni pretenda instruir al presente y que sólo "cuente lo que pasó". Sin embargo, esa historia "objetiva" no existe, ni ha existido. Nadie puede reconstruir con plenitud y exactitud lo que sucedió, ningún historiador puede evitar que sus valores e intereses influyan en sus enfoques. Así pues, no hay historia inocente, pero el buen historiador está obligado a intentar ese imposible que es la objetividad.

Si eso ocurre con una ciencia que arrastra el peso y el paso de los siglos, ¿qué decir de este novedoso “espíritu de formación nacional” en un país fragmentado por diecisiete formas de contemplar esa realidad? Añádase un Ministerio empujando una intención de ética laicista a contracorriente del pensamiento tradicional y consolidado de millones de padres que desean un tipo de educación libre para sus hijos. Ni el Estado mientras siga impregnado de moral laicista va a admitir otra conclusión que un “punto redondo”, ni los padres en su pleno e indiscutible derecho de educar a sus hijos como buenos ciudadanos, pero en plena libertad -que viene de “libre”-, pueden ceder en un terreno que les pertenece a favor de una paz coloquial. Así que, este columnista, pegado a su catalejo, seguirá observando, y se teme, deduce, o colige, que la polémica va para largo, y será menester de nuevas y aburridas columnas de opinión.

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