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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Aconfesionalidad no significa patente de corso contra los católicos

“Deja que las ideas y pensamientos sobre Dios te vengan de todas partes, hay un solo Dios con miles de nombres, rézale de acuerdo con tu religión, dando respeto a todas las demás” Mahatma Gandhi
Miguel Massanet
sábado, 20 de febrero de 2016, 10:56 h (CET)
Es evidente que puede que no sea la mejor persona para salir en defensa de la Iglesia católica, ni que, por mi condición de seglar, esté capacitado para hacerlo, al carecer de los conocimientos de los que dominan a fondo los misterios y dogmas de la fe cristiana, mucho mejor preparados para hacer una defensa adecuada de una religión que, por otra parte, no necesita que la defiendan ya que lleva siglos perdurando, a pesar del empeño de gobiernos, sectas, políticos, escritores, dictadores, comunistas y ateos, en conseguir erradicarla de sobre la tierra. Lleva más de 2.000 años esparciendo su doctrina a sus seguidores y sigue en su labor evangelizadora por todos aquellos rincones del mundo en los que haya alguna persona a la que trasmitirle la fe cristiana. No hay religión en el mundo que tenga más adeptos, que haya realizado más obras de caridad y conseguido propagar la cultura por todas las naciones en las que ha establecido sus delegaciones misioneras.

Parece que, en España, hay todavía demasiados resabiados que no han entendido que, cuando nuestra Constitución de 1978, habla de que nuestra nación es “aconfesional” no es que quiera decir otra cosa que, desde el punto de vista del Estado no existe ninguna de las distintas religiones existentes en el mundo que sea considerada la “oficial” en el reino de España. Si es cierto que hace una mención especial a la católica porque, tradicionalmente, fue la que durante muchos siglos sí tuvo el carácter de religión oficial del Estado español. De hecho, desde que la Constitución está vigente, en nuestro país han sido muchas las religiones que se han instalado en él, incluso la islámica, sin que exista otro obstáculo para ello que el compromiso que deben asumir todas ellas de aceptar cumplir la legislación española.

Ocurre que, en España, existen algunas autonomías con el prurito de ser las más avanzadas, las más cultas, las más liberales, las más libertarias y las menos religiosas. Todo hay que decirlo, las más críticas con el catolicismo aunque, y aquí existe la verdadera paradoja, los capellanes católicos ubicados en ellas, por ejemplo en el caso de la comunidad catalana, se muestran beligerantes cuando se trata de apoyar las aspiraciones independentistas que una parte de la población apoya. En Cataluña, en el pueblo oriundo, existe, como en el país vasco, un sentimiento innato de superioridad, no se sabe muy bien en qué está basado, que, en ocasiones, hay quien lo interpreta como un derecho a poder actuar, expresarse, proceder o tomar actitudes que puedan vejar, ofender, humillar o desagradar a otras personas, entidades cívicas, comunidades religiosas o, simplemente, a españoles que pretenden seguir siéndolo aunque residan, por cualquier motivo que sea, en tierras catalanas.

Algunos interpretan la libertad de expresión que nos concede nuestra Constitución, como un derecho que les concede la ley a poder usar el lenguaje, la imagen, los gestos o los actos, de modo que ello pueda ser una bula que permita injuriar o calumniar a otras personas, atentar contra su honor o contra las creencias religiosas de cualquier ciudadano, sea persona pública o privada, con plena indemnidad para aquellos que se toman semejantes libertades. Estas personas no saben distinguir el expresar un modo de pensar o el rebatir las ideas o comportamientos de los demás con entera libertad ( no quiere decir, ni mucho menos, insultando, descalificando, humillando o mofándose del contrario), argumentando y valiéndose de las pruebas que cada uno decida usar a favor de tesis; de lo que no tiene otro objetivo que hacer daño, perjudicar o dejar en mal lugar a cualquiera que piense lo contrario, profese otra religión o tenga opiniones propias que tiene derecho a defender y a que sean respetadas, como parte de su intimidad.

Y hete aquí esta señora, una tal Dolors Miguel, seguramente muy conocida por sus amigos, pero que su fama no traspasa el umbral de sus directos admiradores; que, impulsada por un afán teatral de llamar la atención, de captar la atención de ateos, laicos, anticlericales y de otros de semejante condición, tuvo la humorada de declamar, en el Salón de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, ante una concurrencia de la nueva clase política catalana, –con su alcaldesa revolucionaria, la señora Ada Colau, ex agitadora y ex activista, al frente y con la concurrencia de toda esta colección de políticos, fruto del independentismo excluyente y del comunismo bolivariano aportado por Podemos –.un poema blasfemo, titulado “Mare Nostra”, cuya autoría parece que le corresponde a la propia rapsoda y cuyo texto no es más que una burda y blasfema versión del Padre Nuestro católico, sólo que trufada de obscenidades como el decir: “Sea santificado vuestro coño…” o “hágase vuestra voluntad en nuestro útero” , expresiones que pido disculpas por reproducir, pero que ayudan a comprender el efecto perturbador que semejantes barbaridades puede llegar a producir en la mente de un católico y, por extensión, de cualquier persona de bien y sensata que sea respetuosa con cualquier religión. Evidentemente que, tampoco las aceptaría y las criticaría con la misma energía, si se hubieran tratado de una burda tergiversación de unos versículos del Corán ( por cierto que, como ya le ha retado el señor Fernández, edil del Ayuntamiento de Barcelona, esta señora no se atrevería a repetir su experimento con la religión islámica)

Pero esto es lo que hay. Esta gente, a la que le gusta dárselas de progresistas, de los que, en otros tiempos, se calificaba como bohemios o de divine gauche, a los que les gusta imitar con sus atuendos desliñados, con sus ojeras maquilladas o drogados hasta las orejas, a los antisistemas del resto del mundo; darse de incomprendidos y decididos defensores de sacar las protestas a las calles, para reivindicar su vagancia congénita; son los que, actualmente, parten el bacalao en Cataluña, los que han arrastrado a una parte de la juventud a este nihilismo de opereta y los que van a conseguir, si Dios no lo remedia, acabar con la prosperidad de la que hasta ahora venían disfrutando los catalanes, cuando los nuevos dirigentes han demostrado su empeño en acabar con la iniciativa privada y convertir a esta nueva Cataluña en una cueva de incompetentes, indisciplinados, defensores del desorden y capaces de acabar, en unos pocos meses, con todo lo que ha costado años al pueblo catalán construir con su trabajo y esfuerzo. Pero si resulta que les dejan y, por si fuera poco, los votan; poco se va a poder hacer para remediarlo. O esta es nuestra impresión.

O así es como, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos que quejarnos amargamente de que estos ataques que, por desgracia, se vienen repitiendo con demasiada frecuencia, en contra de la Iglesia católica; algo que llama la atención porque parece que, como ya ocurrió cuando se proclamó la II República, en abril de 1931, las víctimas de estos odios, represalias, escarnios e insultos, cuando no, como ocurrió entonces, los asesinatos que se llegaran a cometer y las torturas a religiosos y católicos en manos de las turbas descontroladas, azuzadas por los gobernantes socialistas de aquel primer gobierno del señor Azaña. Muchos tenemos la desagradable sensación de que se están repitiendo en España y en Cataluña demasiados hechos coincidentes con aquellos que nos llevaron a la situación insostenible que acabó con el inicio de la Guerra Civil de julio de 1936.
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