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Etiquetas:   Cartas al director   -   Sección:   Opinión

Crónica de una muerte anunciada

Ecologistas Extremadura
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viernes, 19 de febrero de 2016, 13:22 h (CET)
Todos sabíamos que la Mina de Aguablanca no duraría mucho más de diez años y ha durado algunos más. Pero también sabíamos que la empresa Río Narcea, de capital canadiense, destruiría nuestras dehesas, contaminaría el agua con metales pesados, para irse a otros sitios a seguir explotándolos, dejándolos destruidos, en cuanto acabaran con el filón para ellos rentable.

Hemos visto auténticas salvajadas en Monesterio. Hasta un trasvase de agua encubierto entre Guadiana y Guadalquivir, cuando ni se llenó la piscina municipal en Monesterio por la sequía.

La minería a cielo abierto es totalmente lo contrario al desarrollo sostenible que son nuestras dehesas y que se han cargado en aquella zona de Monesterio. Una de las mejores zonas para el ibérico de España y del mundo. El potencial es enorme. Por eso no podemos entender que se diga que no hay futuro allí como se dice. ¿Cómo que no? Será que no se gestiona bien. Es muy sencillo de ver, allí al lado mismo (a menos de cinco kilómetros), en el complejo de zona de descanso, restaurantes y tiendas, pegando a la Autovía de la Plata, el gran negocio que tienen los propietarios con los productos ibéricos. Pedimos en su momento que la explotación fuera en galerías subterráneas, para minimizar el impacto ambiental de la destrucción de cientos de hectáreas de dehesa. La dehesa es el ibérico de verdad.

Si no hay dehesa no hay ibérico del bueno, el de bellota. Es el factor verdaderamente limitante.

Cerdos ibéricos se pueden criar en cualquier sitio. Pero los de bellota solo en la tierra de dehesas. Si acabamos con ellas nos quedamos sin el sustento de miles de familias. Buscarán futuras explotaciones en otros emplazamientos de nuestro país. Y tratarán de hacer lo mismo, destruir, sacar todo lo que puedan para ellos y acabar con los mineros en el paro. Ese no es un buen modelo de desarrollo; si al menos se tratara de explotar los yacimientos con cooperativas propias y no con capital extranjero, o con empresas públicas que no regalen nuestras riquezas a cambio de una limosna, podría entenderse; pero de esta forma es la crónica de una muerte anunciada.
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