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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

A propósito de Federico

Mario López
Mario López
miércoles, 28 de enero de 2009, 08:22 h (CET)
Tengo por cierto que Federico es un gran periodista, informado, culto y facundo. No me cabe la menor duda de que sabe distinguir entre Heidegger y Kierkegaard, entre Góngora y Quevedo, entre el cubismo analítico y el sintético, entre Schumann y Schubert, entre Friedman y Galbraith, entre Ortega y Gasset: entre un polígono y un poliedro. Me consta que tiene un conocimiento profundo de historia y una comprensión científica de la misma de lo más relevante. De tal manera que no le es extraño el prolijo mundo de Abbasid –sátrapa de Samarcanda que se adueñó del secreto de la fabricación de papel que obtuvo de la confesión de dos prisioneros chinos a los que capturó en la Batalla de Talas y les dio someramente por culo-, pero tampoco es ajeno a las teorías cíclicas del desarrollo de las civilizaciones de Arnold Toynbee.

De hecho, Federico no ha hecho otra cosa en su vida que poner en práctica esta teoría, personalmente, de forma cotidiana y con gran celo. Además, tengo al gran periodista de la COPE como hombre de mundo. El sí que vivió la bohemia. En la bulliciosa, loca y cosmopolita Barcelona de los setenta –eso sí, del siglo pasado-. Conoció a Sisa, la sala Zeleste, los porros, los tripis y lo único que rechazó fue que le dieran por culo, porque él siempre ha sido muy hombre –incluso en esa edad fundamentalmente ambigua que llamamos adolescencia- y bajito; la enculada en su caso sería felación. Es tan mundano que siendo ateo dirige el programa más puntero y propagandista de la Conferencia Episcopal. Pero es que Rouco y él son tal para cual: dos hombres de mundo. O, como el llorado Paul Newman y su colega Robert Redford, dos hombres y un destino. Lo que no está claro es cuál va a ser su destino. Les deseo de corazón que no acaben como la famosa pareja de cuatreros –en mi vida vi semejante acribillamiento. Bendito sea el señor y albado el santísimo, sea-. Lo de santísimo viene a ser como lo de generalísimo pero más abstracto; vaya como la merienda en el campo de Manet y la mujer con abanico de Picasso. Algo así. Pero volviendo a Federico, que es realmente el objeto principal de mi interés –y conste que no le quiero dar por culo-, tengo que decir que, al igual que la mayoría de los hombres de talento –tales como Sánchez Dragó, Boadella o el propio Tales- guarda en sí mismo una contradicción metafísica y la inverosímil experiencia de la iluminación: Pablo se calló del caballo y descubrió a Dios; Federico se calló de la progresía y descubrió a Esperanza Aguirre. Yo ya tengo dicho que los porros y los tripis hay que dejarlos poco a poco, porque si no puedes trastornarte. El caso es que la lideresa más liberal de su familia ha resultado ser una experta en juegos de rol –además del póquer, como ella misma confesó en su día hablando del rey de Roma-. Bueno, pues Federico está con ella a muerte. No sé, pero este hombre, entre las muchas multas que tiene que pagar por lenguaraz y lo que se va a comer con la lideresa, no nos va a llegar al 2016 y, entonces, dígame usted quién nos va a contar las olimpiadas del alcalde Gallardón –que tiene mucha ilustración- ¿Pedro Jota? No… Ni de coña.

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