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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Al PSOE de ZP se le agotan los cartuchos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 27 de enero de 2009, 09:32 h (CET)
Llama la atención la aparente calma con la que algunos miembros del Ejecutivo se están tomando el escalofriante dato del aumento del paro durante el pasado 2008 y la no menos preocupante cifra de 4.719 expedientes de regulación de empleo que se tramitaron en el mismo periodo. Y digo que me llama la atención, no sólo por la importancia de la cifra acumulada que alcanza los 3.200.000 parados, sino por el no menos alarmante y conocido hecho de que, en el resto de Europa, las cifras son sensiblemente más bajas; como está ocurriendo en Alemania que, aún teniendo una cifra de desempleados que ha hecho que se disparen las alarmas del gobierno de la señora Merkel, vean ustedes que su tasa de paro está a la mitad de la española. Y es que, desatendiendo la referencia, hecha por Obama en su discurso programático, a la necesidad de todo gobierno de actuar con claridad y con sinceridad ante sus ciudadanos; en el gobierno del señor Zapatero parece que han preferido optar por intentar ocultar, a los españoles, la verdadera situación por la que estamos pasando. No es de recibo que se nos pretenda dorar la píldora como parece estar empeñado el señor ZP, cuando dice que en Marzo o Abril se notará una reactivación del empleo y cuando, a los dos días, lo posponga para finales de año y, apenas sin poder reaccionar, venga el Tío Paco con la rebaja, encarnado en las estadísticas anuales del paro del 2008, a atizarnos el notición de que el paro ha alcanzado el récord de 3.200.000 de desempleados.

Para entendernos. Las empresas, incluso las que están bien estructuradas, tienen una buena productividad, y se desenvuelven bien dentro del mercado, sufren, a causa de la recesión y del alto grado de morosidad, del problema de falta de circulante. Los clientes se retrasan en los pagos, cuando no se olvidan definitivamente de sus compromisos, alterando el flujo de recursos que permiten a las empresas atender a sus proveedores, al pago de los salarios de su personal y a sus compromisos con la Seguridad Social y la Hacienda Pública. Hay otro tipo de empresas que, por el contrario, no están basadas en sólidos cimientos, no tienen con qué responder por carecer de un patrimonio saneado y que están condenadas a desaparecer. El Gobierno del señor Zapatero, actuando según sus principios socialistas y, como no, presionado por el lobby de los banqueros, cayó en la trampa que le tendieron y optó por destinar 50.000 millones de euros para apoyar a la banca, en la creencia que ésta ampliaría sus líneas de crédito y ello permitiría dar un globo de oxígeno a las empresas en dificultades. No obstante, lo que ha sucedido es que los primeros que estaban en situación precaria eran los propios bancos. No se fían los unos de los otros y el dinero que se prestan es poco y caro. El leñazo que les ha representado, a muchos de ellos, el derrumbe de la construcción y la alta morosidad de aquellos a los que les concedieron hipotecas les han situado en una situación precaria.

El resultado ha sido que las entidades financieras han utilizado las ayudas del Estado para reparar sus desperfecto internos y han hecho la vista gorda en cuanto a lo de conceder créditos a particulares y empresarios. El otro día pude oír a la hija del señor Botín, la que preside el Banesto, hablar de la dificultad de encontrar empresas solventes a las que conceder créditos, como una excusa para justificar los escasos que se conceden. Es evidente que los resultados de la inversión del Gobierno no ha tenido el efecto que ellos supusieron que tendrá. No dudo de que algunos ya les indicaran, al señor Zapatero y los suyos, que el conceder sin ton ni son, sin una vigilancia directa respecto a la utilización de los mismo y sin fijar el porcentaje mínimo de la parte de la ayuda recibida para ser destinado, obligatoriamente, a créditos nos puede dar la medida del grado de inconsciencia y falta de rigor de los proyectos del Gobierno para paliar la crisis.

Si se hubiera partido de otro ángulo, si se hubiera dejado la política aparte y se hubiera mirado por el bien de los españoles, todo esta importante masa de dinero se podría haber destinado a aquellas empresas de confianza, con sólidas estructuras y que emplean a gran número de trabajadores, para concederles créditos directamente, actuar sobre el impuesto de Sociedades con desgravaciones, aplazamientos o disminuciones de tarifas que, sin duda, hubieran servido de aliciente para que el capital invirtiese en ellas, que se mantuviesen los puestos de trabajo y, en consecuencia, el consumo se hubiera reforzado. De todos es sabido que, el desempleo, es uno de los factores determinantes de la caída del consumo; al generarse el círculo vicioso de que la disminución de consumo equivale a menos ventas y estas a menos demanda que repercute en la marcha de las empresas y estas dificultades repercuten, a su vez, en la actividad de sus proveedores, desembocando, todo ello, en nuevos y masivos despidos y ERE’s como está sucediendo ahora en España.

Menos actividad industrial equivale a menos beneficios o a pérdidas y esto significa pagar menos impuestos y disminuir gastos para subsistir. Generalmente se empieza por disminuir personal, que es el mayor componente del gasto en la mayoría de entidades. Más desempleo, para el Estado representa el pago de los correspondientes subsidios y, por otra parte, menos recaudaciones para la Seguridad Social. Menos riqueza nacional y la necesidad de acudir al endeudamiento, lo que requiere la emisión de Deuda Pública que, a la vez, significa comprometerse al pago de más intereses. Con el problema añadido de que, fuera de España, ya no se fían de nuestra solvencia y, en consecuencia, los ratios que las sociedades de calificación nos otorgan han bajado la credibilidad de nuestra deuda, pasando de la triple A a la categoría inferior, la doble A. Si no podemos vender nuestra deuda se debe acudir a otros socorros, como pudiera ser el BCE, pero, como era de suponer, tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe y, el señor Trichet, ya ha advertido que no va a hacerse cargo de más deuda exterior. Queda el mercado de deuda interior, pero esto supone acudir a la ciudadanía, a los ahorros de los españoles y, para ello, es preciso que éstos confíen en el Estado y que dispongan de suficientes posibles para hacer frente a la crisis, a un posible despido o a cualquier otro imprevisto que pudiera surgir para lo que necesitasen sus reservas; dado que, la seguridad que les proporcionaba la posesión de un inmueble, se ha esfumado y nadie puede esperar vender un inmueble, sino está dispuesto a hacerlo a un precio muy bajo y a aguardar un tiempo para hacerlo, lo que descarta esta solución para casos de urgencia.

Y ante una situación tan comprometida nos encontramos con un Gobierno despilfarrador que otorga el dinero a manos llenas, sin un objetivo claro, sin cuidar de la situación a la que está dejando España, hipotecada para varias generaciones; ocupado en cubrirse las espaldas y en lanzar cortinas de humo para desviar la atención de aquellas personas que, todavía, no han sido capaces de quitarse la venda de los ojos y permiten que se nos esté llevando a la catástrofe final. Nos lo tendremos merecido.

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