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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La hora de tomar nota

Pedro J. Piqueras (Gerona)
Redacción
lunes, 26 de enero de 2009, 06:51 h (CET)
Obama, entre otras cosas llenas de sentido común, dijo en el discurso de toma de posesión, que ha llegado la hora de reafirmar el espíritu americano, de elegir los mejores momentos de su historia, de hacer realidad la promesa divina de que todos somos iguales, libres y con la misma oportunidad de alcanzar la felicidad, de enfrentarnos a una nueva era de responsabilidad, del reconocimiento "de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestra nación y el mundo"...

Ante palabras como estás me pregunto ¿Cuando hemos oído algo de esto en nuestros dirigentes europeos, especialmente en los españoles, que han convertido la hipocresía en una virtud política? "La grandeza, dijo Obama, nunca se nos da hecha: hay que ganarla". ¿Cómo? Ese será el trabajo de Obama y, por extensión, de todos los pueblos amigos de Estados Unidos si es que de verdad están dispuestos a ganar la batalla de las crisis. Creo que es la hora de que tomen nota todos aquellos a los que se les hace la boca agua cuando hablan de Obama. Él ya ha empezado, ¿a que espera nuestro Presidente?

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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