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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

¿Quién nos debería gobernar?

Mario López
Mario López
domingo, 25 de enero de 2009, 06:12 h (CET)
Desde siempre se nos ha planteado la cuestión de cómo tendría que ser la persona que nos gobernara ¿Está todo el mundo preparado para hacerlo? ¿Tiene todo el mundo derecho a ser presidente de un gobierno, tenga o no tenga estudios, dinero o carisma? Las respuestas que se han venido dando a lo largo de la Historia responden a paradigmas muy claros y que, en definitiva, son corolarios de nuestro modelo de convivencia.

Existe el paradigma aristocrático que postula el gobierno de los mejores, entendiendo como tales a los ciudadanos que reúnen en sí fortuna económica, posición social, erudición y autoridad moral. Esta claro que este paradigma es extraordinariamente injusto porque perpetúa el sistema de castas, impide la justicia redistributiva y permite el trato discriminatorio a la ciudadanía, así como los tratos de favor. Una variante más moderna de este paradigma es el tecnócrata que, manteniendo en lo esencial los postulados del paradigma aristocrático, hace especial hincapié en la capacitación técnica de los gobernantes. Contrario a estos dos el paradigma revolucionario que ve en el líder carismático al gobernante idóneo. Tenga o no estudios, fortuna o estatus; lo que se le pide es valor, sinceridad, compromiso con la causa y carisma. El último paradigma que más éxito ha tenido y es el más extendido hoy en día en el mundo occidental es el liberal. El paradigma liberal, como no podría ser de otra manera, es una fusión de los otros paradigmas. Defiende el gobierno de los mejores, como el aristocrático, a lo añade la capacitación del tecnócrata, la posibilidad de "hacerse a uno mismo" y el carisma del revolucionario. El liberalismo, paradójicamente, cree en dos cosas que no existen: el centro y la fusión de ideas antagónicas. Es sorprendente que, basándose en una especie de hermenéutica falaz, tenga tanto éxito. Pero sólo tiene éxito en ciclos económicos boyantes y siempre con un fuerte apoyo publicitario. Mi opinión particular, si es que sirve de algo, es que, mientras sigamos teniendo la necesidad de contar con un presidente que nos gobierne, este ha de ser, en principio, una persona dotada de una inteligencia suficiente y una cultura general aceptable. Puede tener estudios superiores o ser un trabajador sin titulación, pero ha de acreditar una gran experiencia en la vida. Ha de ser una persona con las ideas tan claras como para saber en cada momento lo que debe hacer y ha de tener el espíritu de servicio que le permita atender puntualmente a las demandas de la ciudadanía. Ha de contar con el talento necesario para elegir a las personas idóneas que le ayuden en su tarea de gobierno y fomentar un sistema laboral que permita que cada trabajador ocupe el puesto para el que esté mejor preparado, sin permitir que las recomendaciones y los favores corrompan la actividad productiva. Y, finalmente, ha de ser capaz de cambiar el mundo cuando así lo demande la ciudadanía y cambiar él mismo con el mundo, cuando el mundo realmente haya cambiado. Se podrá valorar también sus conocimientos de idiomas, disponibilidad geográfica, coche propio y saber jugar al mus y al dominó. No es preciso que cultive la copla o la cantaución, ni que de niño fuera un as jugando al fútbol o un torero con un par. No sé si el gobernante que acabo de dibujar está en nuestro horizonte. No lo creo.

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