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Otra vez, ¿a quién beneficia?

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 25 de enero de 2009, 06:12 h (CET)
Algo resulta chocante en una España castigada con la cuesta abajo de mayor deterioro desde que “la forma política del Estado es la Monarquía parlamentaria”, artículo 3º de la Constitución Española. Pero, las gentes no están más inquietas por las crecientes listas de parados, que por quién puede estar detrás de las intrigas del cuento de “espías” y “contraespías” en la Comunidad de Madrid. Sorprende que importantes “fechorías” ocurridas durante el período citado, no han tenido un claro responsable y haya que haberse recurrido a la famosa frase de Séneca: <>. Andando los años, se convirtió en una máxima de cualquier investigación policial.

Así que, si el lector todavía es de los que conserva su puesto de trabajo, o quiere distraer su pena un rato, puede leerse los medios, que, a partir de las mentiras de quien desde su origen en papel se proclamó “independiente de la mañana”, así como de sus ramificaciones en radio y televisión, obtendrá los elementos para un acertijo en que los protagonistas estelares resultan ser los primeros sorprendidos. Incluyendo a Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy.

Ahora bien, una higiénica advertencia: intenten separar el grano de la paja. Intencionadamente alguien se encarga siempre de mezclarlos en estos asuntos. Unos, por estar a favor de los que al final pueden salir beneficiados, y otros, la mayoría, para dárselas de “enterados”, que es debilidad humana muy frecuente -presumir, hacerse el importante ante los demás-; y, entre los que acostumbran a ser leídos, o escuchados, o contemplados en pantalla, más aún.

El “acertijo” parece haber sido arrojado como por una catapulta en el interior de las filas del Partido Popular desde fuera de sus murallas. Como aquellas cabezas cortadas que lanzaban los romanos de un enemigo descuidado que no le había dado tiempo de encerrarse en la fortaleza, y desmoralizaba a la población. También recuerda al sembrador de cizaña que el César envió contra Ásterix: un tipo debilucho que no combatía, pero que desde las apretadas filas de legionarios gritaba consignas que indisponían a unos galos contra otros, y hacia que se enzarzasen, descuidando la defensa de los muros y facilitando la invasión.

El refinamiento en la astucia no es matiz que predomine entre los políticos del Partido Popular, si no que recuerda más el estilo Rubalcaba. “Son como niños”, si no fuera por otras cosas, les va que ni pintado. Bien sabido es que la Comunidad de Madrid es un bastión que los socialistas ambicionan rendir desde que Esperanza hundió bajo su pupitre al pequeño Simancas a fuerza de gritarle aquello de: - Sr. Simancas, está mintiendo, usted es un mentiroso, y, además, ¡Usted lo sabe!... – y, en efecto la gruesa cabeza del aludido casi llegaba a desaparecer bajo su escaño-. El partido actualmente en el gobierno, siente pánico de que esa misma escena pudiera darse en el Congreso, pero con otro protagonista frente a la Sra. Aguirre. Más, si esta columna llegara por una oportuna casualidad (para ella) ante los chispeantes ojuelos de esta última, le repite lo aconsejado en este mismo lugar: “O se quita a Rajoy de delante, o termina de castañera en la madrileña Puerta del Sol” (17-XII-08).

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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