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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mexan por nos

Pilar Izquierdo y Julio Ortega
Redacción
sábado, 24 de enero de 2009, 12:01 h (CET)
En Galicia hay un dicho que reza así: “Mexan por nos e temos que decir que chove (orinan encima de nosotros y tenemos que decir que llueve)”; discúlpennos que no traduzcamos el primer verbo de forma literal, pero aún convertidos en urinarios queda muy feo ser soez; ya saben, ser “políticamente incorrectos” no se perdona excepto cuando el autor es un fenómeno de masas, en ese caso la zafiedad se denomina moda.

Pues así es, unos cuantos, la mayoría, nos vemos sometidos continuamente a una pertinaz lluvia dorada y el recurso del que echamos mano es abrir el paraguas, los que lo tengan, claro; otros, con la hipoteca empapada, el crédito del coche sumergido y la cesta de la compra transformada en barreño, ni eso se pueden permitir y ven como la marea renal se lleva sus escasos bienes y les trae flotando botellas que guardan en su interior requerimientos de pago, invitaciones forzosas a clubes de morosos y amenazas de embargo, documentos todos ellos muy secos, eso sí, que ya se sabe que los bancos y las financieras son como islas en medio de un mar embravecido; lástima que en ellas sólo encuentren cobijo los que arriban a bordo de un yate; el resto, náufragos de galeras, a duras penas podrán alcanzar a nado la orilla, porque no son pocos los tiburones que merodean su costa, preparados para convertir en cliente RIP a todo el que no pertenezca a la categoría de cliente VIP.

Pues eso, que mientras el chaparrón no cesa, nosotros atendiendo con cara de besugos al hombre del tiempo, o al Solbes de turno, que para el caso es lo mismo. Si la meteorología no es una ciencia exacta también es casualidad que las borrascas siempre se formen sobre los mismos. Y es que contemplando el mapa significativo del tiempo apreciamos que mientras encima de los mileuristas, de los pequeños comerciantes, de los obreros y de los que son carne de ETT, los cumulonimbos permanecen inmóviles día tras día sin que por ello detengan su desarrollo vertical, sobre los políticos con capacidad para decidir, los que en su momento lo fueron – algunos “empleos” son como aquel premio de una marca de café: un sueldo para toda la vida -, los presidentes y accionistas de grandes empresas, los banqueros, La Zarzuela y sobre unos cuantos apellidos de rancio abolengo, luce un sol espléndido de forma permanente. Algunos empresarios de postín, tumbados en su jardín bajo el “Lorenzo” musitan: “¡Hay que ver la que está cayendo!”, entonces llevan a cabo un ERE argumentando que su nave se va a pique; no es cierto, pero han descubierto que arrojando por la borda a unos cuantos trabajadores y haciendo que los que continúan remen con más fuerza, llegarán a puerto igualmente y tendrán que repartir las migajas sobrantes de su botín con menos miembros de la tripulación. Total, en medio de un temporal nadie se va a fijar si su embarcación zozobraba realmente o no y en todo caso, ¿quién discute la autoridad del Capitán?. No hay enfrentamiento entre pares con intereses comunes.

Tenemos por otra parte al Estado, que vistas las torrenciales lluvias ricas en urea decide repartir flotadores para que nadie perezca ahogado; lástima que en vez de lanzárselos directamente a los pobres ciudadanos que desesperados bracean para no quedar sumergidos entre cloruros, cetosteroides, fósforos y creatinina, se los entregue directamente a los bancos en forma de fabulosas sumas de dinero. Y es una pena porque estas entidades, con todas sus obras sociales y sus “queremos ser tu banco”, siguen respondiendo con un “No cumple Vd. el perfil” o “Su préstamo me sale rechazado en el programa, lo siento” a casi todos aquellos que les imploran uno de los salvavidas otorgados por la Administración.

Y aunque el caudal de las micciones a las que nos vemos sometidos es variable y ahora parece que estamos en época de crecida, lo cierto es que no llegan jamás periodos secos; hace mucho tiempo que nos riegan aunque no siempre lo hayamos apreciado engañados por la presencia de unos tímidos rayos solares que en todo caso, han servido para que con su engañoso resplandor, no advirtamos la coloración amarillenta de los goterones que se estampan en nuestras cabezas, reduciéndonos a anfibios conformistas y creyéndonos que esa es nuestra condición natural, cuando no es así; el de resignados batracios es un papel asumido y aceptado, el de eternos perdedores, el de sojuzgados, el de orinados, el de simples marionetas bailando al son que unos pocos tocan.

Hay un Ser muy poderoso con una vejiga de dimensiones infinitas que nunca se vacía, se llama Capitalismo. Este monstruo centenario con capacidad para mutar sin perder su esencia y asegurarse así la supervivencia y continuidad, dispone de un buen número de uretras para descargar sus interminables reservas sobre la mayoría de los mortales. Estas “pililitas” al servicio de un Sistema que es probablemente el más injusto de los posibles, pertenecen a los que por cuna, arribismo, amiguismo e incluso suerte, siempre están por encima del techo de nubes, a salvo de las intensas precipitaciones a las que no vemos sometidos el resto.

Seguirán “mexando por nos” y continuaremos esperando con el paraguas abierto a que escampe, con la conciencia enajenada y la voluntad domesticada hasta tal punto, que estamos convencidos de que nada podemos hacer por cambiar las condiciones meteorológicas. Lo triste es que mientras sigamos permitiendo que regueros de “pis” nos surquen el rostro, estamos abonando el camino para que nuestros hijos sean asímismo los destinatarios de tal desecho líquido. Por supuesto que los que en el futuro ser orinen sobre ellos serán los vástagos de los que ahora evacuan sobre nosotros, porque esa es una de las reglas sagradas del Capitalismo: que el Poder no cambie de manos. La otra es asegurarse de que aquellos que tienen espíritu de letrina porque esa es la herencia que se les ha legado y la educación que han recibido, crean imposible que exista alguna alternativa a su condición y por ello jamás se subleven. La revolución se evita graduando convenientemente el flujo de orina según las circunstancias.

Hala, a seguir tan contentos, que mientras nosotros tengamos un paraguas, ¡qué nos importan los demás!. En vez de mirar hacia arriba y comprobar cómo nos cae el chorro, vamos a ver si somos capaces de ponernos de puntillas y aliviarnos encima de alguno que esté peor que nosotros, tal vez así no reparemos en que unos y otros flotamos dentro del mismo retrete.

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