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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

La ONU

Pascual Mogica
Pascual Mogica
sábado, 24 de enero de 2009, 08:09 h (CET)
Cuando uno contempla la imagen de la imponente mole que conforma el edificio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lo primero que le viene a la mente no es la cantidad de millones que hubo que invertir en su construcción, que es muy importante, sino que lo que uno piensa es en que si vale la pena que se gasten a diario cientos de millones para mantener todo el entramado burocrático y de organización interna, aunque no es solo lo que alberga el edificio en cuestión sino también la enorme cantidad de apéndices que tiene a lo largo y ancho de este mundo. Inmediatamente después de pensar en la cuestión crematística que es en lo primero que solemos pensar los humanos, también pasamos a pensar en la utilidad del edificio en cuestión y si el mismo sirve para conseguir los fines para los que fue creado, para a continuación plantearnos si vale la pena seguir manteniéndole o por el contrario cerrarlo.

En cientos de ocasiones hemos podido comprobar la falta de efectividad y de autoridad de lo que representa y pretende ser la ONU. La ocasión más cercana la tuvimos cuando la guerra de Iraq. Un gobernante prepotente y con un grado de inteligencia bastante bajo, se pasó por el arco de triunfo a la ONU y a todo lo que este organismo intenta representar e invadió un país basándose en el engaño y en la mentira y no sufrió sanción alguna. Al contrario, al cabo de un cierto tiempo, escaso tiempo, la ONU se plegó a los deseos del poder absoluto y “bendijo” la invasión de Iraq.

Ahora, con el reciente conflicto de Gaza, hemos podido comprobar como un pequeño país, Israel, “pasa”, con el consentimiento, el amparo y los mimos de los EEUU, y se le sube a las barbas a toda una organización de naciones del mundo y no solamente es que no atendió las recomendaciones de esta sociedad con respecto a un alto el fuego, el frágil “arreglo” ha venido por otro conducto y otros mediadores, sino que por el contrario bombardea en la zona de conflicto sus escuelas, su sede y mata a uno de sus empleados que conducía un camión con ayuda humanitaria.

Hablamos del hambre en el mundo, pues bien, para combatirla hay organizaciones que no cuestan tanto de mantener como puede costar la ONU que hasta el momento y en lo tocante a evitar enfrentamientos armados, no ha hecho más que ser copartícipe a la hora de crear situaciones verdaderamente lamentables, bochornosas y vergonzosas, por tanto el dinero que se emplea en mantener la antes llamada Sociedad de Naciones podría dedicarse a intentar erradicar el hambre en el mundo o al menos a que millones de personas no murieran por inanición.

Es lamentable que las guerras entre distintos países no los pueda resolver una organización de naciones y que por el contrario, en el caso de la antigua Yugoslavia, por citar uno en concreto, evidentemente hay más, tenga que ser una institución armada, la OTAN, la que resuelva las disputas. Metidos ya en el siglo XXI comprobamos con amargura como los hombres, los políticos, siguen sin entenderse y que, como siempre, todas las diferencias entre naciones se siguen resolviendo a tiros. Debería darles vergüenza.

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