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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Las malas noticias

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 23 de enero de 2009, 07:22 h (CET)
Indicios y demoras intencionadas: ésa es la manera al uso de transmitir las malas noticias. Cuando se le da aviso a una persona de la desgracia que ha tenido un familiar o un conocido próximo, rara vez se va por la directa dándosela de sopetón, sino que se le sueltan algunos indicios por aquí o por allá que le vayan poniendo en lo peor mientras se le calma con dulces palabras; el tiempo que tarde en presentarse ante la realidad de la desgracia, hará lo duro del trabajo. El tiempo es el mejor aliado. Incluso cuando la mala noticias se da cara a cara siempre se dejan ciertas pausas que le permitan al afectado ponerse en situación.

Esto, ni más ni menos, es lo que sucede con esta mal llamada crisis, que para algunos de nosotros no es sino el primer albor de la III Guerra Mundial, pues que alguien ha socavado en un solo embate toda la estructura financiera de Occidente, al tiempo que ha infligido millones de víctimas en forma de desempleados. A falta de explicación más coherente, ésta tiene todos los visos de ser la correcta. Sin embargo, debido a su gravedad, no se puede dar la mala noticia así como así, y los dirigentes hablan de poner remiendos que propaguen la esperanza, aunque dejando caer los suficientes indicios como para que nos pongamos en lo peor. Por eso cada vez que abren el pico la cosa está más fea, y si hoy dicen que se perderán tantos millones de empleos y que decreceremos un no sé cuántos por ciento, mañana dirán que será el doble como poco. Y así estamos desde ese marzo del 2008 en que vivíamos en Jauja y sólo podíamos esperar del porvenir parabienes y enriquecimiento a paletadas.

Algunos, quizás porque vivimos extrarradios del orden de los ingenuos, ya apuntábamos por escrito antes de esas elecciones que acabaríamos el 2008 con no menos de tres ni más de cuatro millones de parados, y somos los mismos que decimos que no llegaremos a diciembre de este año con menos de nueve millones de desempleados, que son unos pocos. ¡A ver qué hace el Gobierno con nueve millones de menos de contribuyentes y nueve millones más de perceptores! Pero, en fin, esto no es así por una cuestión de jugar a adivinos, sino porque la cosa es de cajón. De ninguna manera es deglutible que esta crisis arranca en una cuestión inmobiliaria: demasiadas casas sin pagar serían necesarias como para torpedear de punta a término la economía de todo Occidente; tantas que ni siquiera cabrían en el planeta y nuestro satélite bien urbanizadito. No; esto es enormemente más grave. Occidente y su codicia jugaron a creerse dios, y el diablo vino a enredarlo todo con el rabo. Las guerras, hoy, ya se sabe que se hacen de otro modo, aunque, eso sí, los daños son los mismos.

Si a todo esto le sumamos la eónica codicia del empresariado en general, especialmente el de las grandes empresas, pues queda claro que el efecto bola de nieve multiplica los daños, pues que aprovechan las circunstancias para esconder sus dineros, poner caritas de pena y aplicar impiadosos EREs por doquier o salir pitando a las Chimbambas Orientales mientras quiebran sus empresas para no hacer frente a las deudas que tienen con sus proveedores más débiles. Quien atentó contra el sistema financiero Occidental ya contaba con este inestimable aliado: es la onda expansiva de la detonación que produjeron, y de sobra es conocido que la onda de choque hace tanto o más daño que la propia deflagración.

En fin, que la cosa es grave de verdad, y todo esto que acontece no son sino los primeros dolores de la enfermedad que nos afecta. Lo bueno viene a renglón seguido, cuando el daño se multiplica porque los sobrevivientes tratan de prolongar sus horas a cualquier precio, que es decir que se desata la delincuencia por la supervivencia. El Paraíso se acaba, amigos míos, y es más que probable que, ante esa ola de terror que ya está en ciernes, algunos promuevan la libre circulación de armas cortas como medio de autodefensa, lo que vendrá a elevar a la enésima potencia el daño primero, siguiendo ese mismo efecto de bola de nieve. Incluso todo sea que, por nuestro bien, las autoridades restrinjan los derechos civiles, se desenvainen los sables y las botas pateen las calles, creando un Orden Policial.

Pero ¿y qué si nos detenemos por un instante a contemplar lo que sucede en España?... Después de haber dilapidado durante los últimos treinta años nuestro tejido industrial en pleno, malvendiéndolo a quien fuera para que nuestras autoridades se dieran viso de nuevos ricos, la más sólida estructura financiera de Occidente y todas esas petulantes infatuaciones que ahora se vuelven contra ellos, sólo nos queda la nada, la imaginación o, lo que es más incierto, el Dios dirá. Las empresas que tenemos son servidoras de las empresas que vinieron o de las que vendimos a precio de saldo, y, cuando éstas se vayan (que lo harán, y no tardando), no tendrán utilidad alguna. Nos hemos convertido en un país de servicios en un mundo que no precisará servicios. Ni siquiera nuestro sol atraerá a los turistas, sencillamente porque no los habrá.

Con mayor o menor velocidad, ésta es la mala noticia, la verdad que nuestros dirigentes irán descubriendo entre pausas: el ángel de la espada flamígera nos expulsó del Paraíso..., que es como decir que sonó el despertador y tendremos que dejar de soñar, bajar de la cama y pisar la realidad. Una realidad en la que comerá sólo quien sea más feroz y tenga los dientes más afilados que sus semejantes. El Paraíso queda atrás, y fuera de sus muros, extiende su dominio el Infierno.

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